Entró en esto en la venta un grupo de hombres cuyas indumentarias y modales delataban venir de fiesta, cantores de seguidillas y aires populares manchegos con laúdes y bandurrias acompañados que acaso traían, algunos de ellos tambaleándose y no de flaqueza o debilidad que alborotaron a los asistentes.
Pero luego al punto sosegáronse los ánimos y el huésped preguntó al que parecía más joven qué gentes fueran aquellas y cuál el motivo de tan alegre celebración, a lo que el novicio, que se presentó diciendo llamarse Victorino, natural de un lugar próximo a aquellas tierras conocido como La Dehesa, tras pedir permiso a los asistentes e informarles de ser todos aquellos santos varones miembros de la verdadera, ilustre y en todo el orbe reconocida Hermandad de los Pandorgos, expuso la historia de sus cuitas y el feliz remedio con que a ellas dio fin de esta manera:
Ni al nacer yo tronaron los cañones
ni repicaron fuerte las campanas,
croaron por error algunas ranas
en medio de cencerros y esquilones.
No crecí regalado entre algodones
ni me durmieron ayas con sus nanas,
empecé a trabajar a horas tempranas
y aprendí de la vida sin Catones.
II
Mi rústica existencia consistía
en arrimar el ascua a mi sardina,
buscándome la vida en cada esquina
viviendo santamente, en alegría,
ajeno a que el azar se invertiría
por culpa de una tórrida vecina
un punto licenciada, hermosa y fina
que todo mi sentir absorbería.
cagancho
Mañana o pasado, ayer o anteayer,
vengo andando por la orilla,
como ayer, como siempre,
quizás como mañana.
Siempre la mar de leva, el canal,
Huelva lejana y perdida,
Sevilla sola, al final de este río,
y tú, sentada en este muelle invisible,
el muelle que ya no existe.
Quizá solo vive el pasado ,
solo duermo porque sueño
y solo soñando recuerdo.
Una luna, la que pasó corriendo
entre Doñana y tus ojos.
Solo una risa fugaz amaneciendo por Bajo Guía
en una dorada caricia.
Mañana o ayer, que da lo mismo,
para querer, para sentir,
para rozar tus sienes,
para revolotear tu pelo.
e.d.
No acostumbraba en sus artículos a concretar lugares ni a personalizar con nombres, salvo en contadas ocasiones que, a su criterio, lo merecieran. Pero esta vez se iba a cruzar en la semana una fecha mágica para un amigo suyo que celebraba su cumpleaños y, porque tomaba café con él todos los días, había aprendido mucho de su pausada palabra y además lo apreciaba de corazón, había decidido dedicarle su colaboración semanal como pequeño regalo con el que compensar parte de cuanto había recibido de él. D. Luís de Mergelina y Escobar, Caballero sanluqueño, Señor de la Punta del Águila, padre de cinco hijos y abuelo de catorce nietos, cumplía ochenta años.
Aunque nacido en la calle Santo Domingo, fue vecino temprano del Barrio Alto residiendo en la calle San Agustín, 32 durante su infancia, su adolescencia y su primera juventud. De aquellos años, en los que simultaneaba los estudios de Perito Mercantil con el trabajo en el campo, recuerda con especial añoranza “-la blanca luminosidad de las paredes encaladas, el olor a mosto y el regalo para los sentidos que ofrecían las cajas de fruta expuestas en las aceras perfumando las calles con aromas de perillos y sandías listonas”-.
Tras finalizar el peritaje completa su formación en la Granja-Escuela de Heras en Santander obteniendo el grado de Técnico Agrario y, a través de su compadre D. Francisco Casado, “Fatigón”, entra en contacto con D. Pedro Balañá quien lo contrata como encargado general de su división agropecuaria en Barcelona. “-A mí no me podían ver porque era andaluz y mandaba más que ellos, y por bajini me decían el gitano. Aguanté tres años y si no me vengo, me muero allí”-.
Y tras volver a Sanlúcar en los primeros sesenta del siglo pasado, largo de probables y corto de posibles, se hace con un Lanz monocilíndrico de treinta y ocho caballos en lo de D. Alfonso Pérez para pagarlo a ditas, y a la maquila. “-Yo trabajaba por las mañanas, por las tardes y hasta algunas noches porque tenía que pagar el tractor, sacar adelante la casa y los niños seguían creciendo y comían como limas, gracias a Dios, claro; cualquier cosa antes que pedirle dinero a mi familia”-.
De la maquila al transporte y a traer terneros de la montaña. “-Salíamos dos camiones, y yo con los hierros en el bolsillo en el dos caballos o en el Panda; cargábamos en el mercado de Torrelavega o en el de Comillas y para Sanlúcar. Era una mercancía delicada, había que parar para darle de comer a los animales y siempre existía una merma de algún ternero que se moría, pero se vendían muy bien”-. Algo más tarde, y por circunstancias familiares, se ve obligado a hacerse cargo de la empresa paterna compartiendo su tiempo entre el campo y los camiones. “- Una de las experiencias más bonitas que tuve fue plantar melocotones. Me esforcé y conseguí unas cosechas muy buenas, tanto en calidad como en cantidad, pero los precios eran los que eran y Guillén fue torero”-.
Los últimos años de su vida laboral estuvo volcado en la enseñanza impartiendo cursos relacionados con maquinaria y técnicas agrícolas y ahora, jubilado, querido y respetado, regala desde su saludable longevidad y su amena conversación unas enseñanzas de tiempos y lugares ya desaparecidos pero que en su voz adquieren carta de presencia y naturaleza de realidad rescatándolos del olvido.
En los próximos días, tras celebrar tan grata efemérides con su mujer, Doña Emilia, y con sus hijos y nietos, cuando se reuniera con la tertulia para festejarlo, todos esperaban que, ya terciadas las medias botellas, los deleitara con alguna de sus enriquecedoras anécdotas: “- Me acuerdo un día que veníamos de La Norieta mi primo el Chato Somavía y yo con dos gallinas escondidas en un colchón en el carro y al llegar al Punto de Cuatro Caminos, salió el consumista del fielato con un pinche: ¡A ver! ¿Qué lleváis ahí?”-......
Un abrazo, Luís, y que cumplas muchos más
Cagancho
La Tierra se había mosqueado de nuevo. No era la primera vez que se producía un vertido de residuos tóxicos y exterminadores como consecuencia de algún naufragio originado por el reventón de un petrolero añejo, ni tampoco sería la última dado el intensísimo tráfico de combustibles fósiles que por los siete mares fluía, con no todas las normas de seguridad cumplidas en algunos casos.
Sin embargo, en esta ocasión, los motivos del desastre eran diferentes. Cansado el planeta de recibir puñaladas en su piel para robarle minerales sólidos, recursos gaseosos o tesoros líquidos, había experimentado una ligerísima sacudida, como la de esos enfermos cansados que tratan de desprenderse del gotero por el que sufren y, efectivamente, se había desprendido de él.
La diferencia era que la Tierra, aunque achacosa y enferma, seguía siendo poderosa y, tras deshacerse con un leve movimiento del gotero extractor que la puteaba, había continuado vertiendo su sangre al exterior envenenando con ella, al modo de una lenta y dolorosa venganza, una enorme extensión de la biosfera que cada vez era mayor y ya se asemejaba en tamaño a una isla. Y lo peor de todo era que la dirección y la intensidad del viento empujaban la mancha hacia las costas sur-orientales del imperio haciéndolo superar todas las barreras habidas y por haber. Sin duda era el momento de ser solidario y actuar.
La leva de voluntarios había establecido su cuartel general en un viejo edificio de la zona portuaria y ante él se extendía una enorme cola de personas a la que, a duras penas, podían mantener a raya los guardias con la inestimable ayuda de robustas varas de acebuche, porque se había corrido el rumor de que iban a pedir el Graduado Escolar y muchos de ellos, que no lo tenían, habían comenzado a lanzar piedras contra las fuerzas del orden gritando que aquello atentaba contra el espíritu de igualdad que debía imperar en la vida y en la sociedad.
Él, como se lo había sacado por correspondencia, no tuvo problemas y un par de horas más tarde se encontraba frente al tribunal seleccionador. Los tres individuos que formaban el comité lo observaron con detenimiento, lo desnudaron, palparon la escasa fortaleza de sus esmirriados brazos, midieron el contorno abultado de su barriga cervecera y comprobaron la nula resistencia de sus escuálidos muslos.
El que parecía jefe escupió por un colmillo, hizo un gesto de asentimiento y los otros dos lo cogieron por los brazos en volandas, lo condujeron a una habitación interior en la que había un enorme barreño rebosante de oscuro petróleo ponzoñoso y, sin mediar palabra, lo arrojaron dentro.
Chapoteando en el denso líquido que se adhería pegajosamente a su cuerpo, consiguió incorporarse con torpeza, momento que aprovecharon dos encapuchados que habían sustituido a los de la puerta para santiguarle las espaldas con unas recias sogas de esparto, cebándose con especial saña en riñones y lumbares. Cuando se cansaron de ultrajarlo se marcharon y entraron dos hermosas doncellas con toallas que lo secaban al principio amorosamente al modo de verónicas compasivas aunque, en cuanto se relajó un poco, mutaron la voluntad, enrollaron las toallas y lo que eran balsámicos lienzos de consuelo se trastocaron en instrumentos de humillación que lo hacían tambalearse. Pero no había terminado el escarnio; a empujones lo metieron en una especie de jaula en la que se amontonaban decenas de gaviotas agonizantes y ariscas y allí lo tuvieron encerrado hasta que los examinadores dieron por finalizada la prueba.
Por la tarde aparecieron las listas de los admitidos pero a él lo habían excluido por alopécico. En otro punto del planeta, la herida seguía manando con rabia.
Cagancho
Ha vuelto la luz a su casa, como lleva haciéndolo eternamente.
Ha vuelto Mayo a las ventanas, esas ventanas que son suyas, y que lloran durante el invierno añorando el sentido que dio un día aquel carpintero a sus vidas.
Dicen los físicos, y el diccionario de la lengua española así lo recoge: Que es la luz “agente físico, que hace visibles los objetos”.
“Claridad que irradian los cuerpos en combustión, ignición o incandescencia”. Esta es la segunda acepción que recoge nuestro diccionario.
Y yo me voy a atreveré a añadir, una característica, que así de memoria creo recordar (las ciencias nunca fueron mi fuerte, pero algo se me quedó); La luz es susceptible de cambios y alteraciones al atravesar según que medio atmosférico, este dato me suena que lo estudié bajo un epígrafe llamado: Reflexión y refracción de la luz.
Es decir, que a mi ignorante entender, depende de qué aire atraviese, la luz, se comporta de manera distinta.
Me estoy metiendo en jardines, que son para mi como aquellos en forma de laberinto, ya que la física me fascina tanto, como escuálido es mi conocimiento del tema.
Pero se que Einstein llegó a descubrir, que el tiempo es curvo con respecto al espacio. Es decir, que depende de donde estemos, el tiempo pasa con distinta velocidad.
¿Serán entonces estas, las razones científicas, para explicar la luz de Sanlúcar por Mayo…?Será que el secreto no está en el “agente físico que hace visibles los objetos”, (que es el mismo para todo el planeta tierra).
Y va a resultar que el secreto está en el aire, el aire de Sanlúcar.
Es él, el que hace que las macetas de geranios sean lo que son…
Que las espadañas de nuestras torres parezcan distintas…
Que veamos cada tarde, no con los ojos solamente, sino con la imagen que plasma el olfato en nuestros andaluces hipotálamos.
Para que nos entendamos, el olor a azahar, mezclado con el que emanan las ventanas de las bodegas a medio tapar por las persianas de esparto…
Ese mismo aire que trae, según el viento, algunas tardes romero, olor a pino y lavanda… Aromas de la otra banda, con rima y melancolía … Y encima, va el tiempo y se curva… Como se curva el río al llegar a nuestra vieja ribera, que lleva una eternidad mirando hacia Venus, diosa del amor y la fertilidad para nuestros ancestros, y lucero del alba en nuestro trocito de cielo.
El tiempo, también pasa de forma distinta alrededor de la curvatura de una maceta de geranios, que mece suavemente el aire que llega borracho de aromas del coto, y cada tarde de mayo remolonea por las blancas azoteas, tan mujeres y soñadoras, con la ropa de su alma tendida. …
Sí, llegó la luz a su casa… Y se encontró con el aire, su amante fiel que la espera, sentado en el alfeizar de las ventanas, con los pies colgando, como un niño, para hacerla Sanluqueña, por eso llega a Sanlúcar la luz como llega… Si es que, llega loca de amor, si es que llega enamorada…
Y encima, va el tiempo y se curva…
Juan Carlos Valenciaga
Y QUEA LA MESA
Lo habían convencido en una sola jornada. Aquella misma mañana había comenzado a fraguarse en su mente la operación cambio gracias al bombardeo publicitario que había sufrido en su camino hacia el trabajo.
La primera sensación experimentada al salir de casa era la de que había comenzado una nueva campaña electoral por la profusión de vallas publicitarias que, como hongos de rápido crecimiento, habían surgido probablemente al calor halógeno de la madrugada sin que nadie lo advirtiera. Después, la sensación casi se había confirmado al leer algo de “Ven a la República independiente de Argamasa”, pero al fijar su atención algo más se tranquilizó. Era propaganda de una tienda de muebles en la que se aconsejaba modernizar los ya anticuados ajuares, algunos de ellos añosos y con achaques, y vestir los espacios interiores con nuevos ritmos cromáticos y diseños de última tendencia salidos de los ordenadores más avanzados en materia ergonómica.
Más tarde, a la hora del desayuno, la prensa cotidiana también aparecía preñada de mensajes imperativos similares, de los que se deducía que el que no cambiara los muebles inmediatamente en “La Argamasa” era un carajote, aparte de un insolidario xenófobo e intolerante. Y, al regresar a su casa, el buzón rebosaba de publicidad impresa aún más directa en la que se amenazaba ya por la cara a los remisos. ¡Ay del que no compre!, advertían repetidamente las misivas; sabemos a qué colegios van sus hijos, dónde trabajan sus esposas, en qué asilos han abandonado a sus abuelos y muchos datos más que estamos dispuestos a utilizar cuando nos venga en gana. Así que ligeritos y a pasar por el aro, que está la cosa malamente, y peor que se va a poner para los que no suelten religiosamente los jurdeles. El mensaje lo firmaba el director supremo de ventas intercontinentales y era lo suficientemente explícito como para convencerlo, por lo que apenas penetrada la intimidad de su escueto hogar, comenzó a recorrer con la vista los escasos muebles ya vitalicios que lo adornaban. Observó brevemente el sofá, confidente y cálido, continuó por el mueble de la televisión, el cuadro con su foto de la mili vestido de pistolo, los visillos eternos ya un poco amarillentos y finalmente la mesa.
No recordaba haber tenido otra mesa desde que decidiera independizarse hacía ya tantos años que el tiempo había borrado de la memoria el lugar en el que la había adquirido, aunque a veces, vagamente, creía haber sido en una tienda de muebles de cocina en liquidación. Era, pues, una mesa originariamente de cocina, de sólida madera y con dos cajones con asas de metal, cuyo cometido había sido trastocado por el azar haciéndolo derivar hacia una mezcla de mesa de comedor, escritorio ocasional y atril de periódicos atrasados ante la que se sentía a gusto.
Pero las modas son las modas y tampoco podía oponerse al progreso. Se dirigió a la cocina a coger el metro para medir sus dimensiones y buscar otra de igual tamaño y, cuando volvía, le pareció que la mesa experimentaba un ligero estremecimiento. No le dio mucha importancia al hecho y se acercó con el metro en la mano. En ese momento, salió disparado uno de los cajones que acertó de lleno contra su cuerpo a la altura de los huevos. Tambaleándose, buscó cuartelillo en el sofá y cuando se sentaba el otro cajón se le estrelló en la cara nublándole el poco conocimiento que tenía. Tumbado boca arriba contempló horrorizado cómo la mesa saltaba sobre sus cuatro patas y le caía encima sin darle tiempo a evitarla.
Hasta que no juró a grandes voces que jamás cambiaría los muebles de su casa estuvo recibiendo humillantes golpes; pero por la noche ya habían hecho las paces y mientras cenaba su bocata de melva, le pasaba cariñosamente la mano por encima.
cagancho
Estaban aislados en un medio hostil, ajeno a su entorno y diferente en cuanto al lenguaje que le era habitual. Estaban en Islandia y por culpa de un volcán de nombre impronunciable no podían moverse de aquel idílico lugar situado a miles de kilómetros de ninguna parte. El destino se había cebado con ellos desde que iniciaran el azaroso periplo y ahora marcaba su colofón manteniéndolos inmovilizados y rociándolos con insalubres cenizas pestíferas de las que a duras penas podían protegerse. Todo había comenzado dos meses atrás, cuando un ordenanza aficionado a las comilonas había recibido en su casa un sobre con propaganda de exquisiteces entre las que destacaba una marca de bacalao de las islas hiperbóreas que se comercializaba en un bar situado al noroeste de Rejkjavik. Era tal el cúmulo de alabanzas que sobre la calidad del producto se vertía en la publicidad que, atrapado en su miseria moral, sufría el aguijón de la quimera y la ceguera de la ilusión imaginándose a sí mismo en actitud devoradora frente a suculentos guisos en los que el protagonista indiscutible era tan sabroso teleósteo norteño.
Y no contento con engañarse a si mismo había decidido hacer realidad sus ensoñaciones en compañía y, sorprendentemente, había convencido a un grupo de incautos para que lo acompañaran en la gastronómica excursión. -Imaginaos-, había dicho el subalterno a un coro de desgraciados al entrar en el trabajo,-el enorme placer que debe suponer para los sentidos tener que sortear dos o tres glaciares y atravesar unos cuantos fiordos para finalmente degustar un platito de bacalao que, según he leído, supera todo lo imaginable. !Los que quieran estremecerse con tales sensaciones que me sigan!-. El grupo había partido en dirección norte con varias escalas en distintos icebergs y, ya en el aeropuerto de llegada, los estaban esperando unos trineos arrastrados por caniches enanos porque habían optado por la tarifa económica. Estuvieron varios días de viaje durmiendo en tiendas de campaña y pasando estrecheces y calamidades hasta que un amanecer, a lo lejos, pudieron vislumbrar recortándose en la nieve la silueta del ansiado restaurante. Siguieron avanzando y, ya al acercarse, desde lejos, observaron que la chimenea en lugar de exhalar una halo benefactor y cálido, trasunto de cocinas y estufas, permanecía cubierta por carámbanos acusadores de inacción y frío. Dos kilómetros antes de llegar, el cartel se les apareció a la vista insultante y chulesco: Cerrado por reformas.
Llevaban unos minutos sollozantes y ateridos cuando el líder, sintiéndose responsable de la frustración colectiva por el malogrado banquete, tomó la palabra: ¡Señores, a mal tiempo buena cara, más vale honra sin barcos y Guillén fue torero. Nos volvemos a nuestras casas de donde no debimos salir, con la leche que hemos mamado todos, yo el primero! Y entonces empezó a temblar la tierra.
Desde la corta distancia observaron con preocupación cómo unas gruesas columnas de fuego y ceniza surgían de la tierra en torno al restaurante que, tras unas violentas vibraciones, reventó por el techo en pedazos lanzando al cielo fragmentos del tejado y restos de bacalao que comenzaron a caer sobre ellos. Atemorizados por la sólida lluvia comenzaron a correr adelantando incluso a los minúsculos perros que fueron cayendo uno tras otro víctimas de las corrientes piroplásticas y de los gases sulfúricos entre espeluznantes aullidos.
Tras amargas jornadas de sufrimiento y desolación consiguieron llegar a un aeropuerto pero estaba cerrado. En unos microbuses con muchos más pasajeros que asientos lograron por fin retornar a su pueblo, donde fueron acogidos como héroes y se le cambió el nombre a una calle que, a partir de entonces, se llamó “Héroes del Bacalao”.
Cagancho