La Taberna del Guerrita y la Sacristía del marco de Jerez.
De paseo, charlando primero por la calle Barrameda, luego por la calle Rubiños, como otras veces, como tantas veces. Pero esta vez tropezamos con la Taberna del Guerrita, andaluza, de vinos, de vinos buenos y platos sanluqueños, como debe de ser. Y después de la primera manzanilla, Armando, de manera envolvente, cálida y cordial nos guía por el pasillo, con la bodeguita al fondo, hasta entrar en la Sacristía, como aquellos antiguos recintos eclesiásticos que los propietarios utilizaban para guardar los caldos que destinaban a su consumo particular, de Sacristía a Templo del Vino.
Y entras como en un pequeño santuario, con cierta reverencia, intimidado por extraños pudores, como atenazado por el respeto. Sospecho que estos rincones de mi tierra suponen, ante todo, la estética del silencio, la penumbra exacta y el cabal aroma del silencio, la justa y templada armonía arquitectónica del silencio, y hasta llego a creer que el silencio floral y majestuoso huele a vino viejo y tiene el color del roble antiguo. El caso es que uno, inconscientemente, asume esa estética solemne y la afronta siempre con un cierto talante subreptício, con cierta indefinible sensación de intrusismo, apenas sin voz y respetuosas las pisadas, como si temiera la profanación inevitable de resplandores dormidos y músicas insólitas, escondidas nadie sabe donde.
Eso es lo que pensaba cuando entraba en La Sacristía del marco de Jerez, aquí en la taberna del Guerrita, junto a su hijo Armando, pequeñita, semejante a capilla o iglesia pequeña, aquí donde todo huele a Bodega, a esas de Sanlucar de ventanitas casi pegadas al techo abiertas a los almizcates y celadas por esterones de esparto.
Ya estábamos dentro. Mi amigo descorcha una botella, y luego en la copa, agita por la peana y aspira, como en éxtasis. Al final, lo roza con los labios, cierra los ojos, paladea y retorna perezosamente al mundo:
Fíjate que abocaito. Una gloria. Y en el brillo. Son como descubrimientos luminosos entre andanas sombrías. El vino tiene su tipología, como una fauna exótica, impensable y viva. Vinos gordos, finos, rayados, nubosos, de tercera, de segunda, de abajo, amanzanillados, olorosos, remontados, con flor y con madre, qué sé yo. Crece solo, como los caballos, pero hay que domarlo, hay que educarlo. Tiene su escuela, la solera, pero a veces se tuerce como un potro resabiado, y para eso está uno, el ojo al acecho. Sí, los vinos son como las personas, así, crecen, engordan, languidecen, degeneran, enferman, sanan, adelgazan, se alegran y se entristecen, ya te digo, lo mismito que las personas. El mosto es tal un parvulito que empezara a estudiar, por ejemplo, y al cabo de cuatro años es como si rematara el bachillerato curso a curso, quiero decir graduado en fino o manzanilla. Luego, sigue corriendo clases y se licencia en oloroso. Si lo dejas seguir se doctora en amontillado. Cuestión, lo primero, de que las clases sean como deben ser, esa es la base. En principio, de buenas soleras y botas bien encascadas, vinos buenos, lo primero es lo primero.Pero, escúchame, esta Sacristía, con guitarra y cante, será como el sueño de una noche de verano,¿no?. Y también para pensar. Si acaso, pa hablar en medios tonos.
Como si lo viera, con los pies descalzos, arañando las arenas de la playa, frente a Bajo de Guía, es un mediodía de mes de abril, cuando el sol marca ya sus primeros pasos hacia el verano. Gentes, muchas gentes por el paseo, los soportales ansiosos de clientela, camareros decididos y oferentes y el olorcillo a pescaito frito o a marisco cocido. Entre la luz y Doñana, entre el canal de Bonanza y los barriles verticales con su copita de manzanilla puesta. Sí, esto es Sanlucar, otra vez Sanlucar y siempre Sanlucar, en este Guadalquivir tan cercano, en esta playa tuya y mía, ahora que suenan las sevillanas de aquella Sevilla hermana.
Pregunten por Manuel, en ese primer mostrador acogedor que vean, no se equivocaran porque habrá sido una mañana nueva, distinta, sazonada entre gentes y acedías, botas de manzanilla y guisos marineros, patrones antiguos y copita fresca en el paladar.
e.dominguez rubio
Esta es la barra de "Bigote”, como si dijéramos la obligada antesala del Restaurante “Casa Bigote”, de Fernando y Paco. Tasca inmemorial heredada desde el abuelo, mucho antes de la guerra. Cuando el padre agrandó el primitivo local de esquina con la habitación colindante y la taberna quedó tal cual ahora, especie de tubo con mostrador largo y dos ventanas al callejón.
Y esa primera luz de la tarde, en Bajo de Guía, frente al Coto de Doñana, que entra con tanta nitidez que penetra hasta la pared del fondo y es como si alcanzara de puntillas la baraúnda de anaqueles, botellas, barriles superpuestos y conchas de quelonios, mandíbulas de escualos, más el variado muestrario de crustáceos disecados y barnizados colgados a lo largo del muro, casi a la altura del techo.
Huele a vinazo, a Moscatel, a Manzanilla Fina, a Bogavante, a Brea y a la vez, a Marisma, a Corvina a la Plancha en salsa tártara, a Guadalquivir, pero, sobre todo, huele a Sanlucar y a nuestra Gente.
eduardo j.dominguez rubio
Las vacas invaden Madrid.
Como en una masiva acometida de color y arte. Como si Madrid preparara su particular primavera y su apuesta por las Olimpiadas del 2016 con el símbolo de este nutricio, pacífico y gracioso animal.
Ilusionante, divertido y atrevido acontecimiento artístico, popular ya en muchas ciudades del mundo. La calle se ve invadida, hasta enero, por una manada de vacas artísticas a escala real, en fibra de vidrio, pintadas, transformadas y excéntricamente vestidas por los más diversos artistas.
Es el Cow Parade, que se ha celebrado ya en 65 ciudades de los cinco continentes y que ahora desembarca en Madrid. "Se trata de la mayor exposición de arte público del mundo", explica el director de la exposición José Cardoso, para quien Cow Parade es un evento internacional que "reúne arte, diversión y solidaridad".
Y la gente reacciona bien, excepto algún noctámbulo aburrido que quizá no tenía mejor cosa que hacer, lástima. La gente reacciona incluso apasionadamente, desde los vehículos circundan su paciente espera, con niños corriendo de acera a acera, con viandantes prestos a la foto de turno.
Vacas amparadas por partituras, vacas ecologistas, vacas reporteras, vacas toreras. Es el arte el que mueve a las gentes, el que zamarrea sus espíritu y mueve sus ganas. Incluso parece ser que cualquier paseante que tenga una idea para decorar una vaca puede presentarse al concurso por Internet en la página www.cowparademadrid.com . Porque "CowParade es una invitación al público a disfrutar del arte en todos los sentidos".
eduardo j.dominguez rubio
Siempre ha de haber ocasión para disfrutar de conceptos rejuvenecidos,
de improntas visuales abrazadas a las nostálgicas estancias de siempre.
Y esto ocurre en la exposición que sobre obras de Julio Romero de Torres se realiza en las Bodegas Tradición en Jerez de la Frontera.
Parte esta idea, plasmada sobre botas de roble, del acuerdo entre la Bodega y la Fundación Prasa, propietaria de la colección de pinturas del artista cordobes.
Desde la misma entrada, pasillo bodeguero abrigado por esteras de esparto y blancos de cal, disfrutamos de obras pictóricas envueltas entre las botas, colgando de los techos bodegueros, amparadas por aromas y fragancias. Oleos oscuros, de personalidad definida y clara, que esta vez, si cabe con más contundencia, se apoyan en la penumbra de estas estancias vinateras que tanto saben de vinos envueltos y envejecidos. Penumbra tan solo rota por focos puntuales que dan vida y desvelo a los óleos de Romero de Torres.
Entre otros, “La Rivalidad”, magnífico cuadro, en otro tiempo símbolo de protesta y provocación, por parte del autor, y que hoy parece como mágico baile de estas bellas mujeres entre el suave paladeo de una copita de moscatel o amontillado, sin duda oloroso.
Doble desnudo femenino, como desnuda se presenta la bodega ante el visitante o como desnudo quiere ser este autor de siempre, desprovisto de artificios y vaguedades.
Así que gracias a estos expositores, gracias por esparcir arte, desde la firma barnizada hasta la última bota con amontillado, "brindis por la hospitalidad de estas gentes".
eduardo j.dominguez r.
Este es el personaje, quizá más de moda en estos días. Incómodo viajero entre la pintura, las formas y los materiales. Con él aparecen en revistas y telediarios nuevos modos de hacer o mejor dicho modos usuales no asumidos por todos hasta ahora.
Así, lo vimos encaramado a su “cúpula orgánica”, afillada, salvaje y por domar, abrazada entre críticas y parabienes en el Palacio de Naciones Unidas en Ginebra.
Barceló ha moldeado con sus manos, con manejo de mangueras a presión, a la busqueda de supuestos mares emergentes y olas tempestuosas. En un afán de provocar otras perspectivas en el observador. No es nuevo, otros muchos clásicos, como Tintoretto, provocaban el entendimiento de líneas de fuga según los feligreses se situasen a un lado u otro del presbiterio.
Además, siempre hay que reverenciar al artista que en su talento, con su osadía y riesgo, y buscando parámetros cada vez distintos, va provocando la curiosidad y, por que no, el escándalo acompasado a la mirada del visitante o espectador.
Ojalá que el arte siga significando riesgo, inconformismo e innovación, independientemente de la cotización de las obras, porque así nos estaremos acercando cada vez un poquito más a la esencia del ser humano, disfrutar con la belleza por el solo hecho de contemplarla.
eduardo j. dominguez rubio
Rembrandt, pintor de historias, contador de situaciones y pregonero, a su forma, de emociones personales, pregonero incisivo y conmovedor, a bombo o tambor, cornetín pincelero de colorista vocería.
Lo histórico y cotidiano se viste de académico sobre el escenario solemne del lienzo en blanco. Cómo describe, cómo pinta, en pinceladas burbujeantes, sorpresivas, ingeniosas, trashumantes desde los negros a los blancos en una suerte de colores inigualables. Argumenta con sus óleos las reacciones de los personajes ante situaciones dramáticas, explorando así la condición humana. Como por ejemplo en su “Jeremías”, en el que la pose, la cara en ángulo hacia el vértice inferior del cuadro, los colores sombra tostada y la túnica decaída y pesada, dan testimonio de “palabras” pregonadas al viento sobre el conformismo, la pena y la derrota.
Se trata, por su parte, de utilizar todos los recursos a su mano para trasmitir con la mayor intensidad los sentimientos de los protagonistas.
No es de extrañar por ello que en una etapa posterior siga empeñado en ese “contar” suyo, pero esta vez mediante la quietud de sus personajes y la concentración sicológica. Así, las pinceladas mas que definir formas, las sugieren, es como si el aspecto inacabado de sus obras pregonara más sobre lo que no se ve que sobre lo que se ve. Y es que para Rembrandt, estas obras sí estaban acabadas, porque él había conseguido sus objetivos. Y es que la pintura siempre es algo más que la mera apariencia de las cosas.
Ahora lo tenemos en El Prado, en Madrid, a Rembrandt, donde disfruta de la macropublicidad de los medios, venteado por esa megafonía ambulante, la de los variopintos aficionados al arte que a todas horas llenan las salas de exposición. En definitiva Rembrandt, autentico pintor de historias.
Eduardo j.dominguez rubio
www.edominguezlobato.orgObras Maestras del Museo de Montserrat.
Desde Caravaggio a Picasso, y entre ellos Julio Romero de Torres.
En Madrid, en el Palacio del Marqués de Salamanca, del BBVA, se expone este maravilloso e impactante patrimonio artístico, procedente de donaciones al museo de Montserrat. Este Monasterio que padeció guerras y expolios, amarguras y desaires, logró resurgir, entre su laboriosidad artesanal y cultural y su capacidad de gestión, atesorando en la actualidad este esplendor de cuadros y esculturas. Desde la pintura italiana de los siglos XVII y XVIII, con mas de 150 obras, hasta las pinturas de las vanguardias históricas europeas, con Monet, Sisley, Degas y Pisarro.
Ahora en Madrid se presenta una verdadera antología, con capiteles románicos, obras renacentistas, barrocas o impresionistas. Berruguete, Caravaggio, Rigaud y también los modernistas catalanes como Rusiñol, Casas, Mir o Nonell. No podían faltar Picasso y Dali, con sus pinceladas iniciales en “El viejo pensador”, de Picasso y la composición “Academia neocubista” de Dali.
Permítanme que, por mi parte, como andaluz enamorado de sus colores, estilo y encuadres les resalte el maravilloso “Esperando”, de Julio Romero de Torres, por la pincelada ágil y desenfadada, distinguida y arrogante, con toda la paleta de azules posibles, por lo que en el cuadro se ve y sobre todo, por lo que no se ve, por lo que al espectador le sugiere de reflexión, pausa y disfrute.
Eduardo Jose Domínguez Rubio