Allá por La Colonia, en Montealgaida El año pasado había ocurrido lo que tantos otros, los tomates se pudrieron en las matas y las patatas quedaron bajo la tierra porque ni siquiera merecían el gasto de recogerlos y llevarlos al mercado. El año pasado había ocurrido que las vacas terminaron con las zanahorias porque los precios no alcanzaban la mitad del coste de recolección.”
El año pasado había ocurrido que las hortalizas salieron tan tiradas que sirvieron para cortar el tráfico en las carreteras. Pero también el año pasado, como tantas y tantas veces, sucedió que los consumidores no sintieron el menor alivio en sus carteras por cuanto las tablillas de precios en los mercados más bien tiraban hacia arriba que hacia abajo a pesar de todos los pesares. Por último, el año pasado, como tantos otros años, se había hablado por largo del ordenamiento de cultivos, de la racionalización de las explotaciones, de la política de adaptación, de ciclos rotativos y de cincuenta engorros más para que, al final, cada cual continuara disponiendo y sembrando cómo y cuánto le vino en gana, como siempre.
-Mi opinión, mire usted, si este año salieron bien de precio los pimientos porque nadie los sembró, el que viene caerán por los suelos porque los sembrarán hasta en macetas. En el campo suceden fenómenos tan extraordinarios que más vale pecar por cosecha corta - que algo se gana siempre - que por larga porque, entonces se pierde todo.
-Claro, falla la distribución, problema de estructuras distributivas adecuadas...
Como fuese, fallara lo que fallara, ya cada quisque con el agua a la barbilla y la cartera llena de telarañas, siempre la misma palabreja: distribución. Jamás faltaba el diagnóstico de que era básico, urgente e inaplazable la planificación de inmediatos canales distributivos. Pero ahí quedaba todo.
e.d.r.