Todo cambia, las viejas lecciones, quizá los usos gramaticales, las costumbres escolares, los hábitos, aquellos corrillos de lectura, el aprendizaje memorístico de las capitales del mundo. Y dicen que ahora los niños muestran un nivel disminuido de comprensión lectora, y dicen que desaparecieron de sus renglones a lápiz las antiguas y aún recordadas listas de los Reyes Godos. ¿ Quién recuerda hoy a Valia, a Wamba, a Eurico o Alarico?. ¿Quién desayuna hoy, envuelto en el Cola Cao de nuestras madres y la estufita preparada, con la preocupación de atesorar palabras, frases e ideas en torno a Al-Andalus, la Hégira, las revelaciones de Dios a Mahoma o las implicaciones de la yihad?.
Ahora pudiera parecer, sin duda, que tuvimos suerte los que no hace mucho tiempo pudimos ojear, subrayar y anotar entorno a manuales de Latín y Griego, descifrar las tradiciones sunníes o las heterodoxias de xiítas. Pensar y discernir entre las letras de San Isidoro o discutir las últimas influencias de los almohades.
Ahora qué mas da, que cada palo aguante su vela, y que en cada hogar, antes de cada sueño, después del último aseo de nuestros hijos, antes de ir a la cama, les hablemos de esos buenos antiguos y perennes hábitos de lectura y estudio, esfuerzo y sacrificio, entre las palabras viejas de nuestro castellano y la vieja historia de nuestra humanidad.
Difícilmente los infantes actuales, entonces, olvidarían palabras como castellería, hospedaje, facendera o yantar, porque son más que palabras, son trozos de nosotros mismos que quedaron aparcados en el arcén de la modernidad.
Por lo que si ustedes lo permiten y como hemos de seguir caminando…
“Et porque a los nuestros tiempos pertenece, donde viere que cumple , tenemos por bien que si fuere menester interpretación, ó declaración, ó emendar, ó añadir, ó tirar, ó mudar, que Nos, lo hagamos”.
Eduardo J. Dominguez Rubio
Fundacion Eduardo Dominguez Lobato
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