Marineros de Bonanza... ¡ Hay que hablar con ellos ¡.
Y no son profesores, ni encendidos lectores. No son académicos ni investigadores laureados,… probablemente no conocen bien a Magallanes, ni saben de la Historia Ducal, pero son los de aquí, los de esta mar, los de cien generaciones entre Bonanza y el resto de la mar.
No hablan sobre tarima, ni resuelven conflictos por videoconferencia o en atracones de aviones en un ir de aquí para allá.

Son los marineros de aquí, los que de aquí saben, de caladeros, de artes, de redes y de anzuelos.
Son los de aquí los de día tras día, entre millas de pesquería, más o menos prohibidas, sí ,los de aquí, cuando resurgen de sus habitaciones más o menos cuadradas para poner pie en cubierta, entre la máquina de chorrar y el puente, entre las artes y la bodega, entre cornamusas y tajamares.
Ayer los vi, otra vez, como siempre, aquí sentados, en el bar “ El Muelle”, chico, amarillento, pero sabio y sabroso. Sabiduría que le viene por las charlas de la barra, en la barra, con la barra de por medio.
- “Caramelo”, un vasito , ah, y con un platito de arroz.
El arroz pide conversación, o es esta la que necesita su cuchareo, entre manzanilla y manzanilla, tratos y ventas, dimes y diretes.
- “ Feo”, cuéntame cómo va lo mío.
Mientras Perico , “ El feo “, lo miraba desde la ventana, con dos fichas de dominó en la mano. Porque algunos tienen la certeza de que las cosas de la mar no van, como dice Salvador, el Patrón Mayor de la Cofradía de Pescadores….

- No hay quién se acerque por aquí, nadie nos pregunta nada.
Y hay que hablar con ellos, saber de ellos, saber con ellos. Muchos secretos tienen por escribir, por charlar, sobre la mar, sí, y sobre la vida y sus cosas…
Porque ahí , donde ustedes los ven, al solito, apaciblemente sentados, entre dominó y domino, se habla y se sabe de muchas cosas…… sobre todo de la Mar.
Por eso, ¡ hay que hablar con ellos ¡
eduardo dominguez-lobato rubio

Porque las cosas son y están, sencillamente.
Y no hay más que desearlas y buscarlas
para que hagan su nido entre tus dedos.
Feliz año 2012

Parece una escena más y pudiera ser, pero además significa el ocio compartido, el fin de semana familiar,
la condescendencia del padre atendiendo a tantas preguntas, tan sabidas para nosotros y tan aventuradas
por nuestros hijos.
Ayer, en el muelle de Bonanza, allá donde los Juanelos descansan antes de los lances semanales, aparecía
esta estampa de la playa, en esa bajamar que se adivina por los plateados espejeantes entre las barquitas
del fondo, anunciadores sin duda de esos pequeños perfiles de agua salada, antes aprisionados por la pleamar.
El niño preguntaba una y otra vez:
- papá que es un sedal, porqué no me dejas tocar tu carrete, si lo tiro yo, ¿ llegará lejos ?
Creo que el padre tendría claro en ese instante que se le desvanecía el día de pesca, que abandonaría la tranquilidad
de su domingo, que dejaría de pensar en sus cosas, pero.... Se le abría en aquel preciso instante la amplitud de PADRE,
con esa satisfacción inconmensurable de ser la persona más sabia del mundo para aquél diminuto infante que aún sin tiempo para
la respuesta seguía preguntando y preguntando.
Hoy nos acordamos de esos tiempos vividos también por nosotros, como padres requeridos, no hace mucho tiempo, y lo
más importante para mí, recordamos aquellos momentos que tuvimos, como HIJOS, cuando preguntábamos, de la mano
de nuestro padre...
- Papa , porqué ese señor está pidiendo, papá porqué hay gente pobre, papá, porqué el abuelito se murió, porqué no hay
medicinas que curen todo....
Ha sido sólo un domingo por la mañana, ha sido un paseo por Bonanza, en Sanlúcar, pero de cada rato, de cada instante
que se nos muestra a nuestro lado.... ¡ cuántas cosas en el aire... para pensar ¡
eduardo d-l.r.
ANOCHE
Es distinta la luna cada noche,
a veces es la lama de una daga
o el rostro despectivo de una maga
que mira con desdén y con reproche.
Brillante, en ocasiones es un broche,
parece con las nubes que se apaga
y luego reaparece como llaga
que exuda gris fluido con derroche.
La miro recorrer su itinerario
cansada, diligente, presurosa,
cambiando su perfil con el horario.
Si quiere presumir se muestra hermosa,
si triste se disfraza con sudario,
si llueve se hace esquiva y neblinosa.
fdo.: cagancho

Era un sábado y punto.
Cuatro amigos, y luego más, callejeros. Punto. Encontraban taberna, El Rincón del abuelo Enrique. Punto. Trasiego de mostos, presentaciones, dos vasos. Punto. Un platito, era ajo, o sopa de ajo, ya no lo sé, sí, me acuerdo que nos divertimos, bebiendo. Punto.
El ajo, bueno, las gentes, mejor. En el fondo, me fijaba yo, una ventanita, más al fondo, negro uniforme, y sombreros de cocinero, también negros, limpios, rápidos, diligentes, trajinantes cocineros, amables oferentes. Punto
Me dijeron que la cosa venía de lejos, tres años ya, Coma, gramatical, digo. Punto.
Comimos, era cosa de mosto, de Ruta del Mosto. Punto. Me decían, del Ayuntamiento, Delegación de Turismo, Antonio Reyes. Punto.
Mil y más jarras, dos bandejas, tres cazuelas, de menudo, callos digo yo. Punto. Al final, más copas de la cuenta, risas, habladores, despertadores sin hora, miramundos, de las gentes que pasaban, hacia dentro. Punto.
Barrio Alto, calles, cuestas, Menacho, Azacanes, Borregeros, que también es calle. Punto. Casa Puerta, Bar El Puerta, otro vasito más, Palacios, al fondo. Punto.Mucha gente, muchísimo mosto, a sesenta céntimos con platito, con tapa, con gusto, con tradición. ¡ Beben, luego bebamos ¡, ¿ que hay mucha gente?, mejor. Punto.
Antes de esto, dicen , estaba muerto, ningún vasito, ninguna renta, ningún turista, ninguna moneda, ni un céntimo encima del mostrador.
¿ Que hay mucha gente ¿, ¿ que puede ser botellona?, eso hay que corregirlo, pero no matando al mensajero, al que algo hace. Punto. Se ha dinamizado una zona, Mosto.Punto. Queda mucho por hacer, seguro. De momento felicidades a la Ruta del Mosto, coma, ha sido en Sanlúcar, no lo he dicho, se supone, claro. Punto Final.
Laureano Rubio Villamartin

Edificios antaño atarazanas
de navíos que entraron en la Historia
dando luz y blasón a su memoria
en empresas y hazañas hoy lejanas.
Navegantes de espadas y sotanas,
locos santos ungidos por la gloria
y tunantes y pícaros y escoria,
personajes de crónicas indianas,
se retuercen de rabia y de dolor
en sus tumbas antiguas, de tristeza
ante tanta vergüenza y deshonor,
que decide un político traidor
destructor del pasado con vileza
desmontar Astilleros pieza a pieza
y venderlo a otro infame sin pudorfdo.: cagancho
Era su remanso de paz. Un dulce compañero de varias décadas con el que llevaba compartiendo alegrías y tristezas una gran parte de su
vida. Lo había adquirido hacía ya tanto tiempo que ni se acordaba en una tienda de muebles en liqudación por cierre y desde entonces
formaba parte de su escenario más íntimo. Lo tenía situado ante la mesa camilla y frente a la televisión y allí pasaba largas horas, acariciado
por el fresco susurro del aire acondicionado en las calurosas horas de las siestas estivales o recibiendo los cálidos efluvios benefactores de la
estufa en las frías jornadas en que el padrecito invierno cubría con su manto las largas noches prematuras.
Le había cogido el punto y con un movimiento de su cuerpo, preciso por haberlo repetido miles de veces, flexionaba las piernas, se sentaba y
se dejaba resbalar por el respaldo hasta alcanzar la postura adecuada, entre relax de triclinio y placer de cama turca. Luego, se cubría las
rodillas con el paño de la mesa y tras el breve preámbulo de un programa televisivo o un libro a medio leer caía en los brazos de un clemente
Morfeo, profundo y reparador. Era, pues, su compañero y el protector de sus sueños.
Sin embargo, el destino, que en no pocas ocasiones teje su urdimbre a espaldas de nuestra conciencia y las más de las veces esindiferente a nuestra voluntad, confabulaba contra su bienestar en forma de cartel publicitario colgado en la puerta de la cafetería. Se
trataba de un reclamo multicolor en el que junto a un mensaje en grandes caracteres en el que se podía leer: “Déjese mecer por el calor y
las vibraciones positivas”, aparecían varias fotografías de butacones bautizados con diferentes nombres, a cual más evocador.
En la parte inferior del cartel aparecían un número de teléfono y una dirección a la que se dirigió aquella misma tarde. El dependiente que lo
atendía, con un remache en una ceja e indumentaria by Calvin Klein, no se andaba por las ramas. –Mire usted, yo tengo dos obligaciones
completamante claras: la primera es engañarlo mintiéndole con las excelencias de nuestros productos y la segunda es robarle por la cara
vendiéndole el artículo más caro de la tienda. Pero como llevo varios días con almorranas, vamos a obviar la primera fase de la estafa y
dígame qué modelo se va a llevar; y ligerito, que me están entrando retortijones y milagro sea que no escapemos malamente. Y si no, yo
mismo le elijo el que me salga de los huevos… y firme ya las letras, mamón-. La tarde sigueinte se lo llevaron a su casa y tuvieron lugar la
usurpación y el destierro. El viejo butacón fue desplazado hacia una esquina con unas revistas y unos libros en el asiento, mirando hacia la
pared como un niño injustamente castigado por fiel y bondadoso. El nuevo trono, en cambio, se había enseñoreado del salón con la tersura
de su piel virgen y el mando a distancia sobre uno de los brazos y parecía gritar a su dueño: -Ven, acércate, siéntate sobre mí y te haré
experimentar sensaciones inolvidables-.
Al pulsar la primera tecla apareció en la pantalla un menú de movimientos, masajes y temperaturas. Presionó al azar uno en el que seleía “Tempestad de vibraciones” y de pronto se vio lanzado hacia adelante con tal violencia que estuvo a punto de tirar la mesa camilla y
derribar la pantalla con la cabeza. Dolorido, se volvió a sentar y pulsó “Calor volcánico”. Esta vez las quemaduras le hicieron cambiar de
opinión, desplazó al recién llegado y con la pasión del reencuentro se refugió entre los brazos del viejo sofá, que le correspondía con
amorosos crujidos.
fdo.: cagancho

Andalucía, Acróstico
A barcan sus veredas y carriles
N ostalgias de viñedos y trigales,
D e trillos y sombrajos estivales
A urados de frecuencias infantiles
L a voz de recios cantes varoniles,
U n grito de mistéricos cabales.
C enando al plenilunio los erales
I gnoran la traición de los toriles.
A l son de bambalinas refulgentes
U n palio de equilibrio y armonía
N avega entre contritos penitentes.
I dílico reducto de poesía,
C risol de mil culturas diferentes….
A sí siento a mi tierra: Andalucía.Fdo.: cagancho

Ya estamos aquí, otra vez rozando el beso sabio de la mar.
ya estamos aquí, la Fundación Puerta de América, traída entre los amigos, ciudadanos, sanluqueños, portuenses, gaditanos, jerezanos, traídos entre coplillas, con un barril de buena manzanilla bajo el brazo y con la mira en esos barcos de siempre clavados en el alma. Traída entre amigos, vascuences, sevillanos, madrileños, egabrenses, remotos trocitos de todo, extendidos en este mantel blanco del porvenir de Sanlúcar.
Los barcos, las naos que desde aquí, desde este puerto de Barrameda, puerto de Bonanza, brillaran azuleantes por esos mares de Dios, entre viajes de ida y vuelta. Barcos hambrientos de aventura, descubrimientos y hazañas, hombres que desde aquí salieron, una y mil veces, con los buenos aires por esta barra del Guadalquivir. Hombres con las ropas limpias que dejaron atrás estos naranjos misioneros, el drago prócer, las palmeras odaliscas o la algarabía de los pájaros y de las buganvillas señoritas del Palacio del Duque.
En eso nos amparamos, en esa divulgación tan rumiada y estudiada, en esos libros desempolvados, en las ganas rejuvenecidas, en ese asomarse al mar, a nuestro mar, en busca de respuestas.
Porque el Olimpo jamás pudo descifrar los enigmas del Poniente y una vez, intrigado, vencido, envió a Hércules, el gigante de las grandes zancadas que llegó hasta el final de la tierra conocida, el mismo que se vio absorto, desconcertado, ante el descendimiento augusto del sol sobre la inmensidad del agua nueva. Como Colón, Fernando de Magallanes, como Juan Sebastián Elcano, marineros, marinos que desde Sanlúcar tuvieron la hombría consciente de desear, imaginar y conseguir lo que para muchos o casi todos suponía Lo Inabarcable.
Pero en esta tierra tartésica los Dioses siempre han razonado en línea recta y la inicial soberbia de nuestros navegantes la tornaron aquellos a modo de sufridos éxitos memorables y apoteósicos.
Así que, ya estamos aquí, Fundación Puerta de América, desde donde decimos,
“ Sí más allá “, desdibujando Finisterre y deseando esos nuevos días dulces para estos espejeantes esteros de las salinas.
Asomados estamos, a estas luces de la tarde, seguramente igual que nuestro glorioso visitante Hasekura Tsunenaga. Capitanes, como somos, de sueños con velas cuadras o triangulares, esbeltas y ligeras sobre el agua.
Dicen que aquí rezaron por última vez en tierra firme aquellos ilustres navegantes, sobrecogidos y maravillados, seguramente, por la orgía púrpura y malva, grana y celeste de los ángeles del ocaso. Hasta que partieron, desde Sanlúcar, como magos futurólogos descubridores de las estrellas propicias. Y hasta alguno hubo que balbuceaba rutas al amparo sólo del incitante vuelo de las gaviotas.
Así salieron a la mar, rompiendo con sus proas la cinta azul del horizonte, intocada hasta entonces. Y salieron en busca de rutas, especies, hombres y mujeres de piel negra, animales inconcebibles y frutos jamás vistos hasta entonces. Y recorrieron mares, del norte y del sur, interiores, océanos, espumeantes, bravíos, tridimensionales y trepadores siempre por los faldones de la amura.
Puerta de América está hoy aquí, con el corazón abierto en esta mano abierta a tantas gentes, tantos saberes y tantas creencias. Y excavaremos aquí, en esta tierra nuestra para encontrar por igual ritos caldeos, lanzas fenicias, ánforas griegas o mosaicos de Roma. Porque cuando uno rastrea en Sanlúcar se encuentra la infinitud del hombre, a lo largo de milenios, infinitud de deseos encendidos, transparentes, bienhallados.
Porque Puerta de América es esta Sanlúcar, reverenciada por los tiempos, donde las guerras y los siglos pasaron de puntillas con armas genuflexas. Esta tierra conquistadora de conquistadores que siempre fue la misma, fiel a sí misma, y puso la mesa para los recién llegados hasta que los recién llegados fueron cosa suya. Esta tierra siempre creyente que mudó cien veces las aras y los templos y, al final, dejó sitio para todos los altares. Sanlúcar, que supo distinguir lo intemporal de lo accesorio y dejó pasar con indolencia los berrinches de un lado y de otro, del Norte y del Sur, de arriba y de abajo. Y luego se puso a cantar y a sonreír con el susurro de las viejas velas que cruzaban de vuelta entre Malandar y el Espíritu Santo.
En fin, que aquí estamos, para divulgar esas nuevas profecías que le predicen corona de reina en la antesala apocalíptica de un nuevo mundo que, seguramente, sí conoceremos.
Aquí estamos, sonámbulos en la tarde, pero con voz recia para el canto. Porque esta Sanlúcar, la tenemos al alcance de la mano, digo la de la Conmemoración del quinto centenario de la Primera Circunnavegación, Sanlúcar 2019 -2022, porque por altas que las cosas nos parezcan, inaccesibles por su distancia, imposibles, en su lejanía, muchas veces, las más de las veces, bastaría con empinarnos y alzar el brazo. Casi siempre lo imposible no es más que un espejismo timorato, sumiso ante la mano decidida. Y las cosas son y están, sencillamente, y no hay más que desearlas y buscarlas, para que hagan su nido entre los dedos.
eduardo domínguez-lobato rubio
patrono fundación puerta de América

LA TUNA
Se elevaba feroz e impenetrable,
cubierta de mil puyas su coraza,
moruna la apariencia de su traza,
de pinchos cinturón infranqueable.
Tal vez de su fiereza era culpable
la atávica tendencia de su raza:
guardar bajo la pena de amenaza
un fruto dulce, fresco y deseable.
Superaba en espinas al rosal,
en sabor a las brevas de la higuera
y en tamaño al humilde matorral.
Teñía su quietud de verde cera
aquel cactus antiguo y ancestral
guardián de las cañadas, la chumbera.cagancho

DIECISÉIS DE JULIO
Catarsis del temor frente a los mares,
Tartesa Habis, Astarté fenicia,
Tanit cartaginesa, Isis egipcia,
romana Venus, reinas de estos lares.
Regata de marítimos altares,
mantilla blanca, pálida novicia,
del sol de julio cálida caricia,
de miel y acíbar, mixtos los cantares.
Legión de adoradores mareantes,
escuadra heterodoxa, blanca vela,
al cielo azul plegarias suplicantes.Imagen repetida, paralela,
epígono de diosas navegantes,
surcando el mar, abriendo blanca estela.cagancho

Cuando vuelve la MarAnduve como pude hasta la primera luz, aquella casita junto a la playa. Y todavía recuerdo los ojos asombrados de la mujer que me abrió la puerta, atónitos y escandalizados porque me presenté absolutamente desnudo, ya ves, con lo vergonzoso que soy y en cueros, desnudado a manotazos por esa mujer enloquecida, embravecida, que a veces es la mar.
Antes, tuvimos que sacar las bengalas de auxilio y, de pronto, no volvimos a verlo. Porque la mar no entiende de familias, ni de padres ni de hijos y aquel señor mayor se nos perdió por la proa. Entonces comprendí que lo mejor era lanzarse al agua antes de que la mar nos machacara. Y él , nada, dale que dale en que o se salvaba con el barco o nada, de manera que me dejé llevar por la cresta de una ola como quién se lanza al infierno, dispuesto a mantenerme a flote hasta que Dios quisiera.
Nadie sabe lo que es quedarse solo, a cuerpo limpio, en la mar. Pero me sentía más seguro que en la piedra, donde encallamos, porque no había corriente, de forma que todo era cuestión de dejarse llevar, subir y bajar, hasta cuando resistieran las fuerzas.
Yo percibía en el fondo de la oscuridad lejanos puntitos luminosos, como luciérnagas quietas, y nadaba hacia ellos, como remotos puntos de referencia, con el rumbo perdido, aunque solo fuera por nadar hacia algún sitio. Bueno, digo nadar por decir algo porque la mar me empujaba a borbollones y yo daba vueltas de lado y de campana, pero siempre a flote, esa fue la suerte, braceando como podía, una, dos, quizá cuatro horas, imposible saberlo, volteado como un fantoche pero con la vida clavada en las lucecitas obsesivas que cada vez veía más cerca y que curiosamente, parecían enturbiarse a medida que se inflaban como globos.
Ya me faltaban las fuerzas, los brazos acorchados y aquella tremenda pesadez en los hombros. Además , sentía punzadas en los costados y la garganta se me cerraba como si tuviese un garbanzo a travesado.
Ahora pienso que la muerte es nada, algo increíblemente sencillo o, todavía mejor, hasta agradable, porque me llegaba en forma de luz intensa y placentera, especie de amanecer indescriptible que crecía dentro de mí mismo. Al menos esa es la antesala que conozco; pero el choque de la mano con la arena me volvió a la realidad. Puedo decir que no fue ningún placer saberme de bruces en la orilla, parece mentira, y hasta me sentí incómodo ante el esfuerzo que suponía aferrarse otra vez a la tierra, quizá porque cuando se está más para allá que para acá cualquier mínimo esfuerzo parece como una tormenta mal recibida.
Lo demás, arena, sabor a muergo podrido entre los labios, sequedad, nauseas. Lo demás, arena sobre la arena, la espuma de cada ola empujándote los pelos y una mirada turbia, entre el cielo y la mar.
eduardo domínguez-lobato rubio

HASTA SEPTIEMBRE
Ya estaba aquí de nuevo; había llegado un sábado de madrugada precedido de heraldos devoradores de nubes que habían elevado la temperatura calentando el ambiente y sembrando las calles de forasteros en gayumbos que disfrutaban plácidamente con el flagelo del levante cebándose en sus blanquecinas anatomías exhibidas sin el menor pudor.La variopinta heterogeneidad del turismo cagalón había tomado la ciudad en la cíclica invasión anual de todos los veranos insultando su vista e invadiendo su espacio vital con sonidos y olores ajenos a los habituales. Y para él también llegaban las vacaciones, aunque no sabía exactamente qué era lo que hacía tan atractiva tal época del año.
Le ocurría con el período estival lo mismo que con los fines de semana: la interrupción de la rutina cotidiana generaba en su adocenada mente una serie de comportamientos imprevisibles por su afán sistemático en rellenar las escasas horas que ocupaba su jornada laboral con ilusiones y embelecos irrealizables que, como no podía ser menos, solían acabar en amargo y estrepitoso fracaso.
En esta ocasión, sin embargo, las cosas iban a ser muy diferentes; había acumulado tal cantidad de aciagas experiencias, vergajazos y tratos vejatorios que había conseguido forjarse una especie de coraza mental en la que rebotaban cuantas ensoñaciones relativas a la nueva estación acudían a turbarlo. Había rechazado toda la publicidad relacionada con los insufribles viajes turísticos partiendo los folletos en trozos, con especial saña los de turismo rural, sobre los que escupía al tiempo que los desmenuzaba farfullando imprecaciones con referencias explícitas a caminatas, a mosquitos y a bichas.
La propaganda de los cruceros había suplido al papel higiénico y la del Caribe le había servido para envolver un bocadillo de caballas. Rechazada la tendencia nómada, la nueva incitación al error eran los conciertos a la orilla de la felicidad. Pisoteó la llamada de la cultura musical que en forma de tríptico se había colado en su buzón, lo tiró en la taza del retrete y orinó con parsimonia sobre sus restos en los que a través de una nítida transparencia amarillenta se leía algo de no sé qué chiringuito playero. También la delicada gastronomía de la zona hecha arte enviaba sus mensajeros pregonando con fotos sin sabor ni color maravillas culinarias que aguardaban a todo aquel espíritu exquisito dispuesto a dejarse la cartera en la puerta de cualquiera de los innumerables templos del sabor que últimamente proliferaban en la localidad y que sin duda contribuirían a alegrarle el inminente período de asueto.
Esta vez los fragmentos de papel couché con los nombres de afamados restauradores acabaron en el cubo de la basura, justamente sobre una lata abierta de tomate caducada que los abrazó en su seno impregnándolos con desagradables besos rojizos.
Cada vez más seguro de su victoria frente a las tentaciones estacionales se dirigió al garito (?) donde le publicaban sus desvaríos para despedirse hasta septiembre, lo que fue acogido con una estruendosa ovación por parte de los asistentes que suspiraban agradecidos por su desaparición temporal, aunque uno más pesimista que los demás recordó que septiembre estaba a la vuelta de la esquina y con él su ignominiosa presencia retornaría a molestarlos con ilegibles colaboraciones que ya habían conducido a darse de baja como suscriptores a honorables, antiguos y asiduos lectores de la publicación.
Cuando salió de la redacción rebosante de agradecimiento por las muestras de alegría que exhibían sus compañeros, se dirigió a su paradero donde lo esperaba otro tan desgraciado como él y que nada más verlo lo abordó feliz: -Ya sé lo que vamos a hacer este verano.
Hasta septiembre.Cagancho

Visten traje campero, sombrero calañés y botas enterizas de Valverde y aquí vienen, a fecha fija, desde sus tierras a la nuestra con sus sencillos mensajes de flauta y tamboril, de puerta en puerta, de plaza en plaza, avivando los recuerdos, encendiendo las memorias, pegando aldabonazos de música vegetal en estos corazones entumecidos de hoy en día.
Romería en camino, con acopio de bártulos y avíos, tomando el sendero de las arenas.
Pregón anual rítmico e inequívoco de la fiesta en la aldea, feliz convocatoria desde la paz almonteña, llamada telúrica con flauta que en algo se asemeja al susurro de los cañaverales y a la voz de los pinos. Tamboril que traduce el ritmo eterno de la naturaleza naciente.
Pito rocío,en estas mañanas de pito y tamboril, cuando te despiertan espiertan al alba o te sorprenden en cualquier carriola bajo estas primeras luces de junio. Siempre llega, como llegó ahora, multiplicado, desbordante, con ese arte redondo de padres a hijos, sabiduría heredada, culto sagrado, reverencia entre cantares y palmas por sevillanas.
Y corren ahora los relojes trastocados de estos tiempos modernos, entre la pobreza digna, los sudores alegres y los recursos elementales. Orilla de Bajo de Guía, anticipo de travesía por este Guadalquivir.
Además, la playa era estos días un hervidero de coplas, bailes y ritmos rezadores porque oración y copla vienen a ser casi lo mismo y, caminito del Rocío, siempre van cogidas de la mano.
- Levanta tu copa junto a la mía, viejo amigo rociero, romero tú desde chico por estos caminos del Coto.
- Bebamos la alegre manzanilla, entre trochas y recodos marismeños, desde La Raya hasta el Cerro del Trigo, desde el Palacio hasta aquel que se canse el caballo.
Y él sonríe y mueve la cabeza vencido por la nostalgia, que hoy no es ayer, pero sigue existiendo el milagro, amarrado de por vida a las pezuñas de estos caballos, el milagro de la Blanca Paloma, tirando cada año de una lágrima tuya y otra mía.
e.dominguez-lobato rubio

LA MANZANILLA
Soneto
Si no fuera muchacha, si no fuera
tan caña y niña y pálida y tan breve
en la boca, probara, quien la pruebe,
labios salados, beso a su manera.
Si dijera Sanlúcar, yo dijera
venencia-ruiseñor que vuela y bebe
y silba y sube y sabe como un leve
temblorcillo de brisa marinera.
Si escancio gloria y por beber me obligo
a desandar los rumbos de la pena,
bendigo amor y digo manzanilla.
Y digo viña y nube y digo, amigo,
la coplilla que canta a boca llena
pelillos a la mar y ancha es Castilla.
****************
Guajira
Se arranca por bulería
con las palmas a compás
o canta por mirabrás
las noches de Bajo Guía.
Enciende su torería
capotes de miel y seda;
En la lengua se te queda
sabor a mar y a coplilla
si brinda con manzanilla
Sanlúcar de Barrameda e.dominguez lobato

Sí, todos los domingos tomo una cervecita con ellos, ellos, los de la desembocadura del Guadalquivir, en el bar Orcha, la Campana o en la misma esquinita de la entrada en el muelle, tasca, pescaito, tan recién frito como recién pescao. Marineros de Bonanza, los de horas tensas, crispadas, angustiosas, muchas veces de lances violentos a flor de agua, en esa oscura y densa marea de dificultades.
El problema, como siempre, el choque de pescadores y Administración, porque dicen, ellos, que nadan saben por esas, aquellas oficinas burócratas de caladeros definitivos, de millas de arrastre o cerco, de capturas del boquerón. Vamos, que me cuentan que esta bien lo de evitar la pesca de inmaduros y esta bien lo de la conservación de los caladeros, pero, que le consulten a ellos algo, por lo menos de vez en cuando, al menos por cumplir.
Porque nadie mejor que ellos sabe de supervivencia, de paro biológico, de repoblación de caladeros, de enriquecimiento de los fondos.
Y le digo:
- pero “ Rape”, hace falta paro biológico, que os pasáis con el “overfishing”.
Y me dice:
- Que sí, que hace falta, pero habrá que acordarse de nuestras familias, de esas otras faenillas que dependen de las nuestras, de un poquito de garantías para nuestras espaldas….
El “ Rape” y su hermano tienen dos barcos, el “ Lepe” y el “ Playas de Castilla”, cuidados, pintados hasta lo obsesivo, bandera al viento y las artes dispuestas, junto a la máquina de chorrar.
Lo uno y lo otro, porque todavía es hora de remedios históricos y de soluciones imaginativas, las que compaginen la inactividad laboral forzada con ayudas o compensaciones actualizadas a los tiempos y a las realidades, si no, cómo permanecer de brazos cruzados.
Y otro asunto, “ Rape”, el problema de las mallas, de las redes. Hombre, todos estamos conforme con que al pescado hay que dejarlo crecer. Fíjate, un kilo de langostinos pequeños, inmaduros, multiplica su peso por treinta como adultos. Eso por un lado. Pero es que además ya crecidos el precio aumenta veinte veces más.
- Ponga usted otro vasito, pues eso, que estamos en lo mismo, que algo hay que hacer, que los barcos están ahí y que hay que cumplir las reglamentaciones, pero con la elasticidad suficiente para que nuestra vida funcione, sin hambres para nadie.
- Vamos, con la Ley en la mano, sí, pero con la otra mano puesta en el corazón
eduardo domínguez-lobato rubio

LA CAMPAÑA
El pueblo andaba descompuesto. La gente caminaba cabizbaja, con el ceño fruncido, y a veces se la podía sorprender hablando en voz inaudible algunos o musitando plegarias acompañadas de gestos cabalísticos otros, pidiéndole cada uno a sus respectivos dioses que lo ampararan en las próximas, ya inminentes, lides que se avecinaban.Y cumpliendo una especie de liturgia repetida cuatrienalmente y acorde con lo que se venía encima, los comportamientos de determinadas personas habían empezado a cambiar sorprendentemente.
Honrados padres y madres de familia de todas las tendencias ideológicas que habitualmente exhibían un rostro normal y adoptaban conductas serias y responsables, se abrazaban con ancianos, besaban niños y lejos de aparentar preocupación por los problemas que aquejaban a la población, aparecían siempre muertos de risa y rodeados de gente feliz en carteles con colores tenues, pitos y flautas.
Eran las mismas personas que unas semanas atrás habían ido en peregrinación con flores a María, se habían mostrado solidarios con unos pobres o habían entregado una merecida distinción a alguien a quien apenas conocían, pero que trataban con una familiaridad propia de antigua y prolongada amistad. Y la prensa también se hacía eco de los importantísimos acontecimientos que jalonaban la campaña.
Titulares en los que se informaba con grandes caracteres acerca de la preocupación por el medio ambiente de cualquier candidato al que se veía regando un tiesto de geranios, coexistían con noticias trascendentales sobre la presencia de otro aspirante en una peña de cazadores de avutardas para entregar un premio y demostrar su apoyo a la noble actividad cinegética.Todo ello sin contar el fuego cruzado entre jefes o entre acólitos que florecía en campos cibernéticos y foros impunes por su anonimato. Bastaba con que alguien que pretendía poltrona escribiera algo, normalmente poniendo como aljofifa a cualquier otro candidato, para que a la sombra de sus palabras surgieran como hongos réplicas y contrarréplicas de idéntico tenor en las que los foreros se insultaban con saña de neoconversos a modo de letanía ajena al decoro.
Y, desde luego, a la hora del desayuno en su paradero, junto al café también hervía la tensión propia del momento e incluso dos parroquianos unidos por la necesidad pero discrepantes por motivos ideológicos (sic) se habían enzarzado en improperios y descalificaciones que hacían mención a la largueza afectiva de sus madres o a la dudosa virilidad de sus padres, sin olvidar al resto de los familiares y haciendo especial hincapié en los ya fallecidos. La trifulca se había saldado con media telera volando por los aires y varios vasos de café revoleados por el suelo, lo que le había servido como instructivo aviso para navegantes en los procelosos mares de la dinámica electoral.
Y tratando de evitar situaciones incómodas había optado por nadar y guardar la ropa. Se había acercado a la copistería del barrio con varias fotos y había encargado carnés de todos los partidos que concurrían a las urnas.Acto seguido había optado por lucir una indumentaria híbrida entre la galanura y la miseria, con una camisa almidonada, una corbata de postín y una chaqueta impecable de cintura para arriba, y unos pantalones remendados por el culo con alpargatas recamadas de tolondrones de cintura para abajo.
Y vestido de tal guisa, lo que él consideraba más seguro que un breve del Nuncio, protegido por el mazo de carnés, cualquiera de los cuales lo sacaría de apuros, se atrevió a salir a la calle aquella noche.
No había caminado mucho cuando unos de un comité lo pararon para preguntarle que a quién pensaba votar. Él se señaló primero la corbata y luego los remiendos tratando de despistar, pero los otros le pidieron el carné y al ir a sacar el adecuado a la situación, se le cayeron todos al suelo. La oscuridad se hacía eco de las sonoras bofetadas y de la desesperada carrera.Cagancho

La mesa blanca descansaba inclinada bajo una lámpara de diseño emisora de haces de ubicua luz indirecta que iluminaba sin sombras la totalidad del tablero subrayado por un estilizado reborde, apenas esbozo de repisa, en la que descansaban varios sofisticados útiles de dibujo, oscuros, forradas sus almas de acero y tinta por materiales agradables al tacto y recorridos en vertical por palabras en alemán y cifras. Ante ella, encaramado en un taburete ergonómico que le protegía las lumbares, el genio pensaba.
Varios folios arrugados amontonados en el fondo de un cementerio de ideas cilíndrico de acero brillante mostraban acusadores los sucesivos intentos frustrados de crear otra nueva obra magistral similar a cualquiera de las que jalonaban su laureado currículum. .
Había finalizado unas semanas de agotador trabajo en las que había brillado con especial intensidad su genialidad creativa y todos lo habían felicitado, como de costumbre, por el éxito en el diseño de sus últimas campañas.Una de ellas, encargada por una agencia de viajes, la había concebido durante una visita a la finca de un amigo suyo que criaba ganado lanar. La atenta observación de sus desplazamientos, siempre en grupo, huyendo de sí mismas y siguiendo el rastro de una de ellas que marcaba el movimiento migratorio, le había sugerido el argumento. Los carneros fueron sustituidos por unos modelos de un Boys’, las tunantas de un grupo rumbero ocuparon el papel de las ovejas y los borregos eran sonrientes niños obesos devoradores de plástico con sabor a papaya ecológica. El transporte de ganado con azafatas, un escenario de playa cagalona y una pareja comiéndose la boca de mala manera completaban la obra de arte que había hecho dispararse el número de reservas para las próximas vacaciones con gran satisfacción de los accionistas.
También había cosechado un rotundo triunfo con sus series destinadas a productos de la tercera edad; sobre todo, los macrododotis con sensor de urea que al activarse hacían sonar la cuarta sinfonía meona de H. Skupiderr se habían vendido como rosquillas y él sabía que no era ajeno al balance positivo de la campaña; y, desde luego, otro motivo de orgullo para él lo constituía el hecho de haberse agotado las sillas de ruedas con G.P.S., prácticamente antes de ponerse a la venta.En aquella ocasión había contratado de modelo a un pureta con pinta de intrépido que orientado por los satélites y merced al artilugio situado en el manillar conseguía reencontrarse después de terribles vicisitudes con su familia, todo ello con música de fondo de Antonio Machín y una melodiosa voz en off que susurraba:
- Dé por culo a sus seres más queridos hasta el último momento.
- No permita que lo abandonen en cualquier gasolinera o en medio del bosque so pretexto de senderismo.
- Fúndase sus ahorros en la cibersilla del futuro y déjelos en la ruina que es lo que se merecen-.
El pelotazo había sido apoteósico y ya se estudiaba en las facultades como modelo de comunicación eficaz.
Sin embargo, tras la fecunda etapa fructífera y rentable que acababa de atravesar, ahora se debatía, pez anóxico en la sequía de ideas, tratando de resolver con la eficacia y brillantez habitual el nuevo encargo, esta vez relacionado con una campaña electoral.Se levantó del taburete, dio unos pasos por el estudio y de pronto se detuvo con un especial fulgor en los ojos y una sonrisa apenas perceptible de triunfo colgándole de la boca. Su mirada se dirigía hacia un suplemento dominical abierto por una página en la que aparecía un grabado costumbrista romántico. Se lo acercó a los ojos con una franca risa de satisfacción, entornó la mirada y vio la luz. Una partida de bandoleros perseguía a una diligencia cuyos ocupantes trataban de aplacarlos tirándoles comida
Cagancho
Su figura le había resultado primero vagamente familiar y luego claramente inconfundible.
Hacía muchos años que no lo veía y el azar había hecho posible que se reencontraran en el mágico escenario de la Feria del Libro.
El tiempo no había transcurrido en balde y donde antes lucía una frondosa cabellera, rebelde por ética y por estética, la alopecia había hecho estragos propiciando una brutal metamorfosis cuya fase actual remitía a desolado páramo.
Tampoco se libraba su rostro de las marcas propias del devenir y junto a las arrugas hundidas en las comisuras de los labios, dos bolsas violáceas sostenían unos ojos que aún conservaban al mirar la misma fijeza e idéntica intensidad que cuando hablaba en cualquier asamblea de la Facultad.
Acababa de adquirir una antología del recién desaparecido maestro chileno Don Gonzalo Rojas y el reconocimiento había sido mutuo. Tras fundirse en un sincero abrazo y haciendo uso de la fluidez comunicativa que confiere una antigua relación salpicada de excesos etílicos, cannábicos y mentales, deambularon por entre los puestos para acabar sentados los dos ante unas humeantes tazas de café.
La conversación giraba en torno a los libros y su interlocutor, con un rictus de desencanto que él ya conocía, se desahogaba acompañado del beso intermitente de la taza.– Recordarás aquellas ferias del libro, multitudinarias y levantiscas, en las que florecían tenderetes de iluminados con su mercancía ilegal a la que tenía acceso todo el mundo, incluso los maderos que de vez en cuando aparecían para completar la escena y desmontar de mala manera los puestos volanderos. También recordarás a los místicos del Gurú Maharaggi con sus túnicas de azafrán y sus repetitivos cánticos vendiendo opúsculos sólo comprensibles para ellos; y las enormes colas que se formaban cuando algún superviviente del 27, achacoso y patriarcal, firmaba ejemplares, de los que aún conservo algunos.
Y las mesas con sus paños rojos sobre los que se exhibían números sueltos del Mundo Obrero, junto a un ajado cassette en el que alguna cinta regrabada gritaba poemas de Góngora o Quevedo en la abordonada voz de Paco Ibáñez.
-¿Lo recuerdas, verdad? Pues todo eso ha muerto, está enterrado en el disco duro de nuestras memorias y de vez en cuando, como nos pasa hoy, resucita brevemente para volver en seguida al nebuloso territorio de los pasos perdidos de donde no debe salir-.
La mañana caminaba hacia el mediodía y el antiguo compañero, tras apurar el agua que quedaba en el vaso, continuaba reflexionando en voz alta:
-La superioridad de los audiovisuales frente a la letra impresa es manifiesta y hasta tal punto domina la cultura de la imagen que la inmensa mayoría de la población anda descontenta con su cuerpo y desea cambiar algún aspecto de su físico aunque sea a costa de intervenciones quirúrgicas, pastillazos o auto agresiones en gimnasios y demás salas de tortura.
Sin embargo, toda esa gente dispuesta a sufrir por modificar la apariencia da por buena su mente y lejos de intentar ejercitarla, mejorarla y perfeccionarla aunque sea leyendo tebeos prefiere dejarse seducir por personajes virtuales a los que llega a admirar y con los que se identifica en una alienación fugitiva de la realidad.
Ahora firman libros periodistas de postín y artistas de tronío, los puestos de viejo de llaman stands y, salvo contadas excepciones, pretender vivir de los libros y no digamos ya de la poesía, es una decisión libremente adoptada de suicidio por inanición. Ya te digo, todo aquello ha muerto y casi es mejor no recordarlo, que ya en más de una ocasión me han dicho que estaba chocheando y que no me inventara más pamplinas-.
Cuando caminaba de vuelta a casa tras despedirse de su interlocutor y apuntar su móvil, un trío de maromos cachas sobre bicicletas de fibra de carbono lo alcanzó por la espalda. No los oyó llegar. Sólo sintió la patada en los riñones, el grito de ¡Muérete, viejo! y, al adelantarlo, la humedad del escupitajo en la cara.fdo.: Cagancho
Semana Santa, de Pasión, de tiempo penitencial, tiempo morado, de olor a flores, de madrugadas largas y solemnes, fervores íntimos, devociones seculares amasadas en la sangre por lejanos, desconocidos abuelos de nadie sabe exactamente cuando.
Porque vivir la Semana Mayor es como sumergirnos en un tiempo sin edad, el retorno a las raíces, poner pie como si fuera fuera hoy aquellos años en que alguien nos llevó de la mano para asomarnos a la primera procesión, al primer nazareno o paso de palio.
Ya entonces éramos de una u otra hermandad, porque quizá nos apuntaran nada más nacer. Y nos lo decían, esa es la de papá de modo que la llevábamos clavada en los adentros, hincada en los umbrales de la niñez, porque nunca podremos olvidar aquella mano guiadora y protectora, aquellos brazos que nos levantaron por encima de todas las cabezas para que viésemos mejor.
Fue entonces cuando tropezamos con el misterio, con el enigma inabarcable de Cristo clavado en la cruz o con la cruz a cuestas, el impresionante “Ecce Homo” que nos dejaba sobrecogidos Una vez alguno de nosotros preguntó el por qué de semejante drama y todavía hoy recuerdo la respuesta:
-Hijo, porque era bueno
Probablemente no había contestación más justa y escueta pero al niño inocente le nacía la duda de cómo y en razón de qué la bondad había de terminar en el martirio.
Luego, la primera saeta, en aquella esquina, alguien que llevaba boina calada, alpargatas y sufrimiento de muchos años. Garganta rota, como una oración cantada, dramática y desgarrada, de esas que arañan el alma lo mismo que la vida lo arañaba a él.
Saetas, Semana Santa, especie de vuelta atrás con el recuerdo a flor de piel y la nostalgia vestida de nazareno. Cuánta gente nos falta, Dios mío, cuantas voces amigas perdidas en el buen recuerdo, vivas, presentes ahora porque es como si el tiempo girara sobre sí mismo y nos pusiera otra vez a emprender con ojos nuevos el camino que empezamos entonces, cuando alguien nos alzaba en sus brazos para ver mejor la procesión.
Cofradías de oro y cofradías de esparto, que igual lucen y lo mismo rezan. Y aquí estaremos, esperándolas en los rincones de siempre, allí donde la emoción estética coincide con los recuerdos más hondos.
Fdo.: eduardo dominguez-lobato rubio
Exteriores:
Hay una Cruz de guía rescatada de la prisión transparente de una vitrina que aguarda, limpia y cuidada por unas manos anónimas, el momento de salir a la noche para iniciar un cortejo barroco que siguiendo el rito de los primitivos Vía Crucis franciscanos traídos de Tierra Santa repite cada año su estación de penitencia a la Iglesia Mayor.
Hay varios ramos de claveles rojos donados por unos hermanos tan desconocidos como los que amorosamente los colocan formando un monte de sangre que alberga en su cima el arranque de una cruz arbórea.
Hay cajas llenas de cirios ordenados y envueltos en papel suave y sedoso que comienzan a ser fundidos con la sabiduría propia de quienes han realizado la labor durante décadas, con la gnosis empírica adquirida de los mayores y que algún día transmitirán a otros hermanos haciéndolos depositarios de un conocimiento que, salvo en un pequeño círculo de iniciados, pasará inadvertido.
Hay un palio refulgente, clásico y respetuoso con los más puros cánones estéticos que atraviesa las calles de su barrio en medio de un fervor, escandaloso e incomprensible para los profanos, que se materializa en vítores sólo silenciados por el grito ancestral de una saeta.Y hay una banda que lo acompaña siguiéndolo durante todo el recorrido elevando en forma de armonías musicales una oración que es a veces de alegre alabanza, a veces de profunda tristeza generadora de meditativa reflexión y siempre bálsamo reconfortador para los desconocidos que también rezan con su esfuerzo bajo el paso.
Y hay olor a incienso y escaparates con torrijas y alpisteras y cera adherida al pavimento que quedará durante unos días como breve recordatorio de que lo que ya ha pasado no fue un sueño.
Interiores:
Hay una túnica planchada sobre la cama y un hombre que se santigua antes de empezar a revestirse con ella; y al tiempo que se viste musita unas palabras mientras sus ojos se dirigen a una vieja fotografía en blanco y negro de la cómoda en la que él aparece de niño con la misma ropa de la misma Hermandad el mismo día de hace ya bastantes años. En un gesto repetido besa los guantes antes de ponérselos porque sabe que en otro tiempo cubrieron unas manos que él recuerda poderosas y protectoras; se ajusta el antifaz y sale a la calle con el rostro cubierto, sin hablar con nadie y por el camino más corto.Hay otro hombre que acaricia un costal. Es un costal más que no se diferencia del resto en su aspecto externo; pero para él no hay otro igual. Su morcilla de lana descansó sobre la cerviz de otra persona que ya no puede cargar por la edad y sirvió de hilo conductor en las oraciones calladas que elevaba pidiendo por su familia; unas oraciones parecidas a las que él ahora pronuncia pensando en los suyos. Luego, se despide de su madre con un beso y, acompañado de otro amigo fiador en su mismo palo, por calles discretas como indican las normas, se dirige a una iglesia.
Hay una mujer que se calza unas zapatillas. Son sencillas y cómodas. Ya se las ha probado algunas veces para ir acostumbrando los pies porque esta tarde caminará varias horas acompañando a Alguien con quien habla todos los días cuando va a la plaza para hacer la compra.Y mientras se las abrocha vuelve a hablar con Él para decirle no se qué de su marido, de su hijo o del yerno que no terminan de encontrar algo fijo. Después besa una estampita que siempre lleva consigo en el monedero y, pasando desapercibida, también se dirige a otra iglesia. Y hay madres que acompañan a niños monaguillos, infantiles nazarenos primerizos y gentes sin nombre que, de una manera o de otra, viven a su manera estas vísperas.
Cagancho
Costa Verde, Rio de Janeiro
Histórico.-
Del diario de Antonio Pigafetta
Noviembre de 1519.-
El Brasil, después de pasar la línea equinoccial, al a aproximarnos al polo antártico, perdimos de vista la estrella polar. Dejamos el cabo entre el Sur y el Suroeste y enfilamos la proa hacia la Tierra del Verzino, que es el nombre de la madera roja que se importa desde Asia y África, en los 23º 30´ de latitud meridional. Esta tierra es una continuación de la que está en el cabo San Agustín, a los 8º 30´de la misma latitud.
Ananás, azúcar, anta.-
Aquí nos aprovisionamos abundantemente de gallinas, patatas, de una especie de fruto parecido a la piña de pino pero dulce en extremo y de un gusto exquisito, los españoles lo llaman piña de América y los ingleses, applepine, de cañas dulces, de carne de anta, que es parecida a la de vaca.
Cambios, patatas.-
Hicimos también ventajosísimos cambios: por un anzuelo o por un cuchillo nos dieron cinco gallinas; por un peine, dos gansos; por un espejito o un par de tijeras, el pescado suficiente para comer diez personas; por un cascabel o por una cinta los indígenas nos traían un cesto de patatas, nombre que dan a los tubérculos que tienen poco más o menos la figura de nuestros nabos y cuyo sabor es parecido al de las castañas. Cambiamos también a buen precio las figuras de los naipes; por un rey de oros me dieron seis gallinas, y aún se imaginaban haber hecho un magnífico negocio.
Mar del Norte
Desde el Buque Escuela Juan Sebastián Elcano
CUADERNO DE BITÁCORA
4 de Abril de 2011, a bordo del Buque Escuela "Juan Sebastián de Elcano", navegando en aguas del Mar del Norte, siendo ésta la décima singladura del tránsito entre Hamburgo y Copenhague.
Comienza la singladura de buen cariz con viento bonancible moderado del SW, marejada, cielo despejado y buena visibilidad navegando a vela a rumbo 030º amurados por babor con aparejo de juanete hasta el contrafoque y sin trinquete con un andar de 4 nudos.
A 0653B se produce el orto con buena amanecida y horizontes parcialmente tomados.
Por la mañana, a primera hora, se llama a ‘Maniobra General’ para dar todo el aparejo. Se dan los estays y los foques en primer lugar. Al finalizar se dan las escandalosas y se descarga el trinquete. Se aprovecha para arriar la embarcación de estribor y para realizar un reportaje fotográfico del buque navegando con todo el aparejo. Se navega a un largo con viento bonancible moderado a fresquito del SW.
¡La estampa del buque desde la embarcación es increíble!
A medio día, ‘Maniobra General’ para virar por redondo, quedando amurados por estribor a rumbo 095º, siendo el viento fresco del WSW. Se vuelve a echar la embarcación al agua.
Por la tarde se vuelve a tocar ‘Maniobra General’. Esta vez para cargar las velas altas, quedando amurados por estribor a un largo con aparejo de velacho alto.
A 2010B se produce el ocaso con buena anochecida y horizontes tomados.
La previsión meteorológica recibida durante la noche indica que el viento arreciará a frescachón de madrugada y días posteriores, lo que unido al adelanto en nuestra derrota nos lleva a cargar la cruz a partir de las 2200.
Finaliza la singladura a 31 MN al WNW de cabo Skagen (Dinamarca), en aguas del estrecho de Skagerrat; navegando a vela a rumbo 070º con un andar de 6 nudos; amurados por estribor a un largo con aparejo de cuchillo hasta el foque; con viento fresco del SW, marejada,
cielos parcialmente cubiertos y buena visibilidad en demanda del estrecho de Kattegat sin más novedad.
Mascarón de proa del Juan Sebastián Elcano

Como abierta a suerte de aguas nuevas, abierta a las Américas, al Nuevo Mundo, a los nuevos mercados. Así vimos ayer a la Bodega Herederos de Argüeso, en su nueva planta de producción de la carretera de Chipiona, donde Sanlúcar empieza ya a oler a Mar Atlántico.
Y de la mano de Jose Antonio Sanchez Pazo, director hábil, hacedor, conciliador, gestor, y anfitrión, en el día de ayer de nuestra Fundación.
Y así recorrimos naves, cadenas de producción, en esa mágica sonoridad, que no ruido, de las botellas en negro moreno ansiosas por recorrer su camino hacia la mesa final, la del enamorado por estos vinos, manzanilla San León.
Supimos de los procesos, laboratorios, mil y un controles, garantías, cuidos y mimos, filtrados, embotellados, etiquetados y empaquetado.Y vimos más, de la mano de Jose Antonio, gentes trabajadoras y orgullosas de su trabajo, muelles de carga, montañas de cajas preparadas, quizá ya para la inminente feria de Sevilla.
Y al final, cuando creíamos ya cumplidas sorpresas y novedades… la penúltima copa, abierta en botella de silueta elegante, clara, dorada, burbujeante, delicioso vino joven, Viña del Carmen. Y otra vez a brindar, con el paladar consentido, abrumado, sorprendido, sonrientemente encantado.Felicidades a todos vosotros, Bodegas Herederos de Argüeso, mucho éxito con el delicioso “Viña del Carmen” y muchas gracias Jose Antonioe.d-l.r.
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Histórico.-
Del diario de Antonio Pigafetta
1519, 20 de Septiembre, Sanlúcar de Barrameda.
Partimos de Sanlúcar, navegando hacia el Suroeste, y el 26 llegamos a una de las islas Canarias, llamada Tenerife, situada en los 28º de latitud septentrional. Nos detuvimos tres días en un sitio a propósito para hacer aguada y carbonear; en seguida entramos en un puerto de la misma isla al que llaman Monterroso, en el que pasamos dos días.
Árbol que da agua.-
Nos contaron un fenómeno singular de esta isla, y es que en ella no llueve nunca; y que no hay ninguna fuente ni tampoco ningún río; pero que crece un árbol cuyas hojas destilan continuamente gotas de un agua excelente que se recoge en una fosa cavada al pie del árbol, y allí van los insulares a tomar el agua, y los animales, tanto domésticos como salvajes, a abrevarse. Este árbol está siempre envuelto en una espesa niebla de la que sin duda absorben el agua las hojas.

Desde el Buque Escuela de la Armada Española
20 de Marzo de 2011, a bordo del Buque Escuela "Juan Sebastián de Elcano", navegando en aguas del Mar del Norte, siendo ésta la sexta singladura del tránsito entre Londres y Hamburgo.Comienza la singladura de regular c
ariz con viento flojo del W1/4SW, mar rizada, cielos despejados y visibilidad reducida, navegando a vela con aparejo de cuchillo sin petifoque a rumbo 135º amurados por estribor con los cangrejos amarrados a un largo.
La niebla se cierra y la visibilidad pasa a ser muy mala por lo que comenzamos a realizar señales acústicas de niebla. Cae el viento y se arranca el motor principal para alcanzar el punto de recogida del práctico a la hora prevista.
A 0630A se produce el orto con regular amanecida y escasa visibilidad por niebla. Se enlaza con los prácticos del Elba y el servicio de tráfico nos dirige por radar hacia el punto de recogida.
A 0745A se llama a ‘Maniobra General’ para cargar y aferrar el aparejo. A 0820A embarca práctico al entrar en el dispositivo de separación de tráfico del río Elba.
Durante la mañana se navega por el estuario del río Elba en demanda del puerto de Hamburgo, siendo escasa la visibilidad debido a brumas. A 1145A se realiza cambio de práctico a la altura de Brunsbuttel. Alcanzamos la velocidad de 11 nudos a motor, lo que da idea de la intensidad de la corriente entrante en el río.
A 1419A se fondea en las inmediaciones de Stadersand en el río Elba con el ancla de estribor y el segundo grillete en el escobén. En esta situación continuamos preparando el buque para entrar en puerto y al finalizar los trabajos celebramos la misa dominical.
El ocaso se produce con buena anochecida y horizontes claros.
Finaliza la singladura fondeados a 1800 yardas al 130º del faro de Stadersand, con viento flojo del SSW, cielos despejados y buena visibilidad sin más novedad


LA PASARELA
Siempre había deseado ser modelo. Era una vocación precoz, permanente e incumplida que hundía sus raíces en los más tempranos años de la infancia. Apenas neonato y dado el aspecto deplorable que presentaba, el pediatra, conocido investigador de fenómenos de la naturaleza, le había pedido permiso a su felicísima madre para hacerle una serie de fotografías con la excusa de no se qué revista de moda infantil.Naturalmente no recordaba nada de la sesión, pero según confidencias que le habían ido revelando más tarde a lo largo de su vida, había sido tan artística y tan entrañable que las enfermeras lloraban desconsoladamente y el pediatra había solicitado la excedencia antes de profesar en un cenobio. Otro hito importante en su consolidación vocacional lo había constituido el día de la Primera Comunión.
Vestido de marinerito lo habían llevado a inmortalizar la efemérides a un modesto estudio de cámara de fuelle y trípode inestable y había sido imposible realizar las fotografías porque la cámara había reventado entre explosiones de los focos, algunos de los cuales habían caído sobre las cortinas que fingían el majestuoso fondo dando paso a humo primero y a fogareta después. Su familia, dispuesta a todo, había contratado a un dibujante que finalmente, tras varias extrañas fracturas del carboncillo, había culminado lo que todos consideraban una obra de arte de la caricatura y que conservaba con orgullo como recordatorio permanente de su potencialidad estética.
Más adelante, ya en la adolescencia, el último día de clases en el Instituto, para conmemorar la finalización de los estudios se había organizado la preceptiva bacanal y, cuando la felicidad rondaba el ambiente en forma de porros y lingotazos, a alguien se le había ocurrido captar el momento como recuerdo indeleble para toda la vida. Todos habían sacado los móviles… y los habían vuelto a guardar desolados.Después se habló de una repentina alteración electromagnética inutilizadora de los aparatos; pero él empezó a sospechar que el futuro le tenía reservado un destino prometedor en el campo de la imagen a juzgar por la sistemática negativa del azar a mostrar ante la humanidad sus encantos, sin duda porque no era llegado aún su momento estelar. Sin embargo, por fin tenía ahora al alcance de la mano conseguir lo que durante tantos años había soñado.
La oferta era irrechazable por halagüeña: se necesitan jóvenes y jóvenas atractivos y totalmente desconocidos para desfilar en una pasarela. Se ofrece una carrera activa y movida, retribuciones elevadas y posibilidad de conocer a personas importantes a quienes darles sablazos. Preséntense los interesados en la dirección abajo indicada y emprendan una nueva vida plagada de momentos intensos y situaciones inimaginables.
Le extrañó un poco que la dirección coincidiera con una caseta de feria y que los encargados del casting llevaran bolsas con macizas pelotas de goma pero, animado por el deseo de triunfar, no le dio importancia y penetró en el recinto. La pasarela se extendía desde la entrada hasta el final de la amplia dependencia y a ambos lados varias filas de gradas en sobreelevación ascendente aparecían repletas de un público zahareño y desaliñado que solicitaba con gestos obscenos bolsas llenas de bolas que los acomodadores repartían con diligencia.Empezó a atravesar la pasarela el que lo precedía y una nutrida lluvia de compactos proyectiles esféricos lo comenzó a vejar. El sufrido modelo cambió sus andares enérgicos por vergonzante trote primero y desenfrenada huída después, pero el remedio era inútil y ya casi al final lo recogieron unos voluntarios de la Cruz Roja que le practicaron los primeros auxilios. Y a continuación le tocaba a él, que estaba torpe de las piernas.
Fdo.: Cagancho

¿ Dónde está el intríngulis de esta fiesta de manifestaciones más o menos suntuosas , de sones, cantos y disfraz.?Y parece que ya nos llega, ya lo empezamos a escuchar en tímidos ecos por las esquinas, carnaval que se fragmenta, se particulariza y adopta diferentes peculiaridades en las distintas geografías, mimetizado, adaptado a la psicología colectiva de los distintos pueblos.
Carnaval pongamos por caso de la Cádiz tartésica y marinera, de gentes dicharacheras y alegres cuya filosofía vital no es otra que aquella de pelillos a la mar y ancha es Castilla.
O carnaval sevillano, quizá como veneciano, no de canales sino de gran rio iluminando colores y reflejos en el arte de hacer suyo cuanto le llega, personalizando el carnaval de la pura chuflilla, aludir, sin ofender, lo sentimental y lo irónico bajo el brazo, la picardía y el lenguaje de doble filo en común ejercicio de la gracia.
Y es que nuestro carnaval tiene su sello y todo cuanto sello tiene, tiene algo, y luego le vienen esas aportaciones insospechadas de los negritos antillanos que en viajes de ida y vuelta lo enriquecen con melódicos guirigays, enjundiosos trabalenguas y el fantástico sentido afrocubano del ritmo y el colorido. Incluso nos viene la colonia vasca incorporándose al carnaval y trastocando el orfeón en coro.
Por ahí se fragua aquí su originalidad y ahí está su fuerza, su dinámica expansiva. Y digo expansiva porque no hay más que escuchar a las agrupaciones de todo tipo desde Ayamonte hasta Almería y desde Sevilla a Cádiz.
Ha sido un proceso lento pero incesante, genialmente elaborado por carnavaleros míticos. Hombres y mujeres del pueblo, de casa de vecinos y ensayos casi clandestinos desde la primavera de cada año.
Sus laboratorios son la calle, en arrebatos de inspiración espoleados por la manzanilla, desde siempre musa irremplazable de poetas y copleros encendidos.
Así nace la música, nacen las letras, el ritmo y al compás.
Otra cosa: jamás tienen problemas por difamación, calumnia o injuria, tan al uso en nuestros días. Probablemente porque el personal, para estos asuntos del carnaval, no se atreve, o tiene concha de galápago o más aguante que el Santo Job. Cualquiera sabe.
eduardo dominguez-lobato rubio

El timbre del teléfono suena siempre, justamente, cuando exhibimos predisposición para las cosas. Cuando aparece desnuda y vigorosa nuestra corpulencia íntima, mental, anímica, y cuando con las manos cruzadas tras la nuca no tememos ya al sobresalto de lo inmediato. Porque necesitamos ese timbre que nos llame, esa ráfaga de voces íntimas que nos digan:
- ¡ahora, debes hacerlo ¡Es como si fuera la visita de la desfachatez que, sin pasar tarjeta de visita, nos dice:
- ¡ muévete, sí tú ¡Y entonces es cuando das un brinco, te humedeces los labios y piensas alguna que otra palabra inaudita…. Y sigue la voz subordinada, lejana y protocolaria diciéndote:
- ¡ ahora, debes hacerlo ¡Porque merece la pena el sacrificio de horas sin familia, noches prolongadas, charlas desconocidas y flores de celofán.
Comenzará una guerra desatinada, por defender ideas que creemos justas, por animar a personas que sabemos muy valiosas, por construir un tiempo nuevo que hemos de hacer más y más azul.
Y los atónitos feligreses volverán sus ojos iluminados hacia estos huracanes gesticulantes y hacedores, constructores y propiciadores de la nueva era. Apartando ya aquellas apocalípticas barrabasadas de otros, en esa legua ácida y descuidada, irrazonable y borracha o loca de amarrar.
eduardo domínguez-lobato rubio
La BodegaSiempre me ocurre igual, entro en la bodega, en bodega como esta, con cierta reverencia, intimidado por extraños pudores, como atenazado por el respeto. Sospecho que estas
bodegas de mi tierra suponen, ante todo, la estética del silencio, la penumbra exacta y el cabal aroma del silencio, la justa y templada armonía arquitectónica del silencio, y hasta llego a creer que el silencio floral y majestuoso huele a vino viejo y tiene el color del roble antiguo. El caso es que uno, inconscientemente, asume esa estética solemne y la afronta siempre con un cierto talante subreptício, con cierta indefinible sensación de intrusismo, apenas sin voz y respetuosas las pisadas, como si temiera la profanación inevitable de resplandores dormidos y músicas insólitas, escondidas nadie sabe donde.
Lo pensaba esta mañana cuando entraba en la bodega de mi amigo el mayeto, más bien chica, semejante a capilla o iglesia pequeña, que esa es su planta, crujía y naves laterales, doble hilera de columnas arcaucionadas, techumbre alta a dos aguas sostenidas por vigas y alfajías de madera, portatabla de madera y tejas morunas. Ventanitas casi pegadas al techo abiertas a los almizcates y celadas por esterones de esparto. Suelo terrizo bien apisonado, acaso humedecido por sudaderos recónditos nunca descubiertos. El patio anterior es como una joya en gris y verde que sugiere atardeceres veraniegos bajo el emparrado.
-Pues esta es mi bodeguita.
Ya estábamos dentro. He contado de refilón hasta seis piernas de tres andanas y mi amigo nos explicaba que con esta bodeguita, hace cuarenta años, vivía a lo grande cualquier casa de familia y, lo que son las cosas, hoy tiene uno que vivir para la bodega, mantenerla por querencia y capricho.
Pues tajo adelante, vamos a probar este vinito. Y éste. La venencia vierte sobre los catavinos chorrillos del color de las espigas olorosos a almendras amargas. Mi amigo agita por la peana y aspira, como en éxtasis. Al final, lo roza con los labios, cierra los ojos, paladea y retorna perezosamente al mundo:
Fíjate que abocaito. Una gloria. Y en el brillo. Son como descubrimientos luminosos entre andanas sombrías. El vino tiene su tipología, como una fauna exótica, impensable y viva. Vinos gordos, finos, rayados, nubosos, de tercera, de segunda, de abajo, amanzanillados, olorosos, remontados, con flor y con madre, qué sé yo. Crece solo, como los caballos, pero hay que domarlo, hay que educarlo. Tiene su escuela, la solera, pero a veces se tuerce como un potro resabiado, y para eso está uno, el ojo al acecho. Sí, los vinos son como las personas, así, crecen, engordan, languidecen, degeneran, enferman, sanan, adelgazan, se alegran y se entristecen, ya te digo, lo mismito que las personas. El mosto es tal un parvulito que empezara a estudiar, por ejemplo, y al cabo de cuatro años es como si rematara el bachillerato curso a curso, quiero decir graduado en fino o manzanilla. Luego, sigue corriendo clases y se licencia en oloroso. Si lo dejas seguir se doctora en amontillado. Cuestión, lo primero, de que las clases sean como deben ser, esa es la base. En principio, de buenas soleras y botas bien encascadas, vinos buenos, lo primero es lo primero.Pero, escúchame, esta bodeguita, con guitarra y cante, será como el sueño de una noche de verano. Y también para pensar. Si acaso, pa hablar en medios tonos. Mira, cuando entro aquí, me siento medio cartujo. Como si uno se quedara fuera del tiempo, más allá del espacio, por encima del mundo y hablara por teléfono con el paraiso Firmado: Eduardo Dominguez Lobato

EL CIGARRILLO ELECTRÓNICO
La prohibición había comenzado el primer día del año y desde ese momento la situación se había deteriorado drásticamente.Grupos de exfumadores poseídos por el fanatismo de los neoconversos patrullaban las calles, el gesto alerta y las fosas nasales venteantes al modo de lebreles, armados con palos y dispuestos a hacer cumplir las nuevas normas salvíficas y protectoras para la población.
En la plaza principal del pueblo, rememorando a Savonarola, se habían instalado unos buzones en los que las personas decentes y respetuosas con las leyes pudieran denunciar anónimamente a cualquier vecino poniendo al descubierto sus debilidades nicotínicas y sus transgresiones de las reglas aunque sólo se tratase de leves sospechas de incumplimiento. Al mismo tiempo, la brigada de buenas costumbres vigilaba locales y bares equipada con detectores de humo de última generación investigando minuciosamente cualquier rastro que percibieran por mínimo que fuese. Y en la cafetería reinaba la desolación.
La agradable mezcla de olores que de costumbre impregnaba el ambiente parecía huérfana. Estaban presentes los perfumados aromas surgidos de la máquina del café, acunados por una armonía familiar de sonidos metálicos y susurros de líquidos humeantes. Tampoco faltaban las fragancias del pan tostado ni el regalo para el olfato que exhalaba la bollería recién sacada del horno. Pero se echaba de menos la habitual nube tóxica a la que todos se habían acostumbrado tras décadas de inhalarla.En la acera, muy próximos entre sí para combatir el frío, un nutrido grupo de viciosos se metía tabaco compulsivamente entre toses y estornudos generados más por los cambios de temperatura entre fuera y dentro del local que por otra cosa. Incluso para combatir la posible penetración de efluvios fétidos del exterior, se había colocado en la puerta un ambientador que lanzaba chorros de gases con olor a aliviadero y que ya había generado varios episodios de nauseas y arcadas, disimuladas por los clientes para no despertar suspicacias entre los chivatos.
Y fue en medio de ese maremágnum cuando intervino uno de los fumadores:
-Un pariente mío que trabaja en Sabadell, y ya se sabe que los catalanes están muy avanzados en todo, me ha contado que allí ya han encontrado la solución al problema que nos atosiga a nosotros. Es tal el éxito que está teniendo el invento, que mi pariente ha pedido la excedencia y ahora vive regaladamente como representante del producto. Precisamente ayer recibí un paquete suyo con varios modelos para que vaya introduciéndolos entre los conocidos y yo, abnegado y altruista como de costumbre, os los he traído. Se trata de los cigarrillos electrónicos, un importantísimo descubrimiento fruto de la labor investigadora de los laboratorios Bandoleri, los mismos que lanzaron al mercado la famosa pulsera Balancete y gestionaron la distribución de las vacunas contra la gripe A. Gente seria con sede en las islas Caimán y en Sierra Morena de la que uno se puede fiar-.Entusiasmado como estaba con la promoción, se le escurrió la bufanda y le quedó al descubierto la boca, donde unas quemaduras oscuras abotonaban los labios ennegrecidos a pesar de la crema.
Quebrantado el espíritu por la prohibición, confundida la voluntad por la abstinencia y acojonado todo él por la persecución, decidió adquirir uno de los cilindros mágicos con sabor blended Virginia y, tras firmar varias letras, se dirigió a su casa. La tienda del barrio estaba cerrada y no pudo adquirir las pilas recomendadas; pero tal como le había explicado el vendedor, a falta de pilas podía enchufar el artilugio en la pared y utilizarlo normalmente.
Cuando se despertó en la sala de electrocutados del hospital, un piquete de la guardia de salubridad estaba esperando para denunciarlo por atentado contra la Naturaleza.Cagancho

Un año más, transcurridas y finalizadas las numerosas fiestas, el organismo pasaba factura por los excesos cometidos.
Uno de la tertulia, campero, observador y a quien le gustaba exponer sus ideas mediante esclarecedoras parábolas, reflexionaba sobre el deplorable estado físico generalizado: -Si alguien tiene un liño de tomates o de pimientos y está todo el año cuidándolo, alimentándolo con el agua necesaria y la comida precisa y de buenas a primeras durante quince o veinte días le abre la manguera a tope y le echa dos o tres sacos de abono a marocha, las matas van al carajo y el dueño al arrepentimiento. Y con nosotros pasa igual, nos metemos en el cuerpo lo que éste no está acostumbrado a aguantar y los resultados están a la vista-. Otro asiduo, enteradillo y que acababa de salir del retrete a donde había acudido a toda velocidad con la cara descompuesta buscando cuartelillo, sentaba cátedra: -Pero eso no es lo peor; lo más grave es que nuestro estómago no reconoce los alimentos de estas fechas y volvemos locos a los jugos gástricos que no saben cómo meterle mano a los alfajores o al turrón; y a ver si ponen un rollo nuevo de papel higiénico que me he tenido que limpiar con el libro de reclamaciones y estoy baldado con las almorranas-.
Una de la sección de impagados con fama de austera también terciaba en la conversación aportando su sabia visión: -Yo, como gracias a Dios soy más lista que nadie, no tengo ningún problema. Me he cuidado y el único extra que me he permitido ha sido un caldito de gallareta de campo con total garantía, que estaba riquísimo y que es muy sano…-. Iba a continuar hablando cuando un brutal flato se le escapó y, como un resorte, ambas manos se le crisparon sobre el abdomen, le cambió la color del rostro y emprendió una veloz carrera hacia el excusado perdiendo los tacones por el camino.
Él, imbuido por la conversación, hacía examen de conciencia enumerando los pecados cometidos: la cosa se había iniciado con la comida de empresa y el brazuelo de cordero, había continuado con la de su reunión y el cochinillo; en la cena de Nochebuena, un pariente había llevado una olla de berza porque decía que con el marisco y el pavo nada más se iban a quedar con hambre, y al día siguiente, para el almuerzo de Navidad, habían llegado unos primos de Extremadura cargados de embutidos y chicharrones en manteca de los que se había atiborrado sin pudor, aparte de una perrunas riquísimas en colesterol a las que tampoco les había hecho mojigangas. Y después de superar la primera fase de las fiestas, tras un descanso breve de apenas unos días, había encarado la despedida del año con nuevos atentados a la decencia y reiteradas faltas contra la gula.
La noche de las campanadas, celebrada en un local con decoración rusa llamado La Estepa, además de las enormes chuletas de buey almizclero, siguiendo las tradiciones de aquellas tierras, en vez de uvas había tenido que tragarse doce polvorones de Estepa, aunque eso sí, ayudándose con varias botellas de agua del Estrecho de Bering.El primer día del año, invitado por un amigo que celebraba su onomástica, no había podido evitar ponerse ciego de menudo y de pestiños caseros y finalmente,
para la Epifanía, como le había cogido sin compañía, se había cargado él solito un roscón de Reyes tamaño familiar relleno de mermelada de boniatos. Esta última trasgresión era la que ahora lo avisaba con un acre sabor en la boca.
Un pequeño retortijón en el estómago lo puso en alerta y unos ruidosos borborismos hicieron que los compañeros lo miraran de mala manera. Apesadumbrado, se dirigió al jiñaero, primero con disimulo y luego a grandes pasos, perfumando el itinerario. En la puerta, aguardaban media docena de personas con las manos en la espalda comprimiéndose el culo angustiadosCagancho

El calendario continuaba marcando fechas pródigas en tradiciones y costumbres, tribales algunas y foráneas otras, que siguiendo la inmoralidad colectiva adquirían la categoría de obligado cumplimiento si no se quería caer en la proscrita lista negra de los atípicos; y entre otras muchas novedades se encontraba el amigo invisible.
La organización de tal actividad había partido de un grupito de administrativos jóvenes, célibes todos, que marcaban la diferencia con el resto a base de celebraciones ajenas al común y destacaban sobre los demás por su tendencia a organizar actividades lúdicas desconocidas pero según ellos necesarias para una sociedad en continuo cambio que debía ir modificando sus costumbres y enterrar en el olvido por anticuados (ellos usaban la palabra obsoletos) los hábitos festivos heredados de los viejos, ya suficientemente amortizados según decían pretendiendo ser irónicos.
Apenas dos meses antes, coincidiendo con la conmemoración de los fieles difuntos, cuando todo el mundo hablaba de flores, de visitas al campo santo o de responsos, se habían colado en el trabajo cantando copletas en inglés con unas calabazas en la cabeza y unas túnicas con leyendas a la altura del pecho en las que se leía algo de Halloween. La sorpresa había dado paso a la trifulca y el incidente se había saldado con dos o tres rachas y las calabazas, arrancadas a manotazos de sus juveniles cabezas, rodando por el suelo.
Y en la celebración de la comida de empresa, cuando ya estaban circulando las copas largas, en lugar de adherirse a la mayoría y cantar Chin-Chin Catalina como Dios manda, habían montado una especie de coreografía apoyada en cierta versión disco de Jingle Bells que llevaban grabada en un móvil. La cosa había resultado simpática y al final habían acabado todos marcando el compás con las palmas y jaleándolos, sobre todo a la lideresa del grupo, entradita en carnes y de facciones raciales, que con su traje lencero mostraba generosamente unos muslos más que hercúleos concitando el interés y las miradas especialmente de puretas y personal próximo a la jubilación. Y ellos, tan avanzados en materias contemporáneas, eran los que habían propuesto practicar la elegancia social del regalo a través del amigo invisible. Y los demás habían aceptado.
Él, avisado por ocasiones anteriores, no tenía problemas para elegir. En un cajón del armario guardaba una colección de objetos inservibles procedentes de cumpleaños, santos u obsequios navideños de años anteriores, aún con las etiquetas intactas y en sus envoltorios originales, a los que recurría cuando se veía obligado a regalar algo a alguien, quien normalmente también le correspondía con otra inutilidad que acababa en el cajón de los olvidos; pero los modernos se lo tomaban muy en serio y llevaban varios días confabulando entre ellos en una suerte de conspiración risueña.
Y llegó el día del reparto.
Camino de vuelta a casa, meciendo la bolsa con el regalo, daba gracias al destino porque aquel año el azar lo había distinguido con acierto. Desde siempre había sentido una especial inclinación por la práctica del ping-pong, y el amigo invisible, que no recordaba exactamente quién era, lo había obsequiado con un juego casero de tal deporte que incluía su red, las paletas y un aparato para entrenarse solo consistente en un pequeño cilindro en cuyo interior se comprimían las bolas y al pulsar un botón las lanzaba aleatoriamente en todas las direcciones haciendo esforzarse al solitario. Recordando tiempos pretéritos y soñando con el campeonato del mundo, se colocó una camiseta, unos gayumbos y una careta de japonés y pulsó el botón.
El primer bolazo le impactó directamente en los huevos y cuando trataba de apagar el aparato entre espasmos, dos proyectiles esféricos se le estrellaron en los globos oculares. Burriciego y dando tumbos consiguió llegar a la puerta y al ganar el descansillo y cerrarla, se oía el golpeteo violento de las pelotas contra la misma puerta y contra las ventanas haciendo añicos los cristales.Cagancho
Y los ciegos siguen pregonando por las calles esos cupones milagrosos a punto de resolvernos a vida. Es otro atractivo diario más para gentes que imaginan un futuro distinto, quizá asimilado a esos paisajes playeros que retratan en sus billetes, o esos monumentos aterciopelados por la tinta de color ocre. Hasta los mismos cupones son un buen premio, de colección, al fin y al cabo.
Quizá por eso nuestra simpatía, afecto y curiosidad por los ciegos, porque el tiempo se ha encargado de hacerlos más profundos y sensitivos, porque los años sin vista los enseñaron a vivir pacientemente junto a nosotros, sin vernos pero identificando nítidamente nuestra voz y el eco de nuestros pasos, como si dijéramos nuestros rastro.
Los que alguna vez nos vieron guardan en los archivos recónditos de la memoria nuestra imagen de otra edad y de otro tiempo, de manera que para ellos seremos siempre jóvenes, reidores, alegres o dinámicos, siempre seremos para ellos aquello que fuimos y ya no somos.
Y es que siempre habremos de agradecerles esa imagen quizá irreal que tienen, que tendrán siempre de nosotros. Ilusión hermosa, inalcanzable prodigio de la eterna juventud, de la primavera sin invierno.
Ante el invidente no puede tenerse sino la seguridad de que la falta de ojos físicos agranda, perfecciona y agudiza los restantes sentidos, a veces desarrollados hasta lo infinito. Se pone en marcha así tan complejo universo sápido y olfativo, tamaña sensibilidad táctil, tan sutil sentido de la orientación que el individuo viene instalado en el más fastuoso interior dimensional de oídos gigantes, donde todo, incluso la luz y el color, se filtra por el sonido.
Y cuento esto en homenaje particular a mi amigo Juan, el Plazoleta, ganador donde los haya, tocador de guitarras flamencas encantadas, por unas manos, por sus manos, despertador de nuevos colores a la música, a la nuestra, flamenca compostura de jóvenes o viejos cantaores. Porque tú, Juan, eres ese corazón que privado desde los años de la salina claridad de nuestro cielo, multiplicas hasta lo insospechado tu gozo y tu arte para despertar a cada acorde esas ilusiones dormidas de los que te rodeamos.
Si Juan, tú, parece como si dialogaras cada día y a cada hora
con esos secretos de la existencia negados definitivamente a los videntes.
Nota: Juan Miguel Ramos Acevedo conocido artísticamente como Juan Plazoleta, es un guitarrista nacido en Sanlúcar de Barrameda que últimamente participó en el Festival de Cante de las Minas de La Unión en 2010 quedando tercero y ha ganado la Bienal del Arte del Flamenco de Granada de este año.
Eduardo Domínguez-Lobato Rubio
Siempre he sentido un enorme respeto hacia los viejos. Me gusta escucharlos porque viene a ser como una zambullida caliente en las frías aguas del pasado, así que uno conoce de viva voz retazos ignorados de la existencia de nuestros pueblos, de nuestra gente, vistos a través del prisma de la edad, de la honda sabiduría de la edad, testimonio viviente de eso que llamamos vida colectiva.
Hablo, de mis amigos mayores que yo,
y es que los pueblos antiguos rendían culto y homenaje a la vejez, conscientes quizá de que ningún grupo humano puede permitirse el lujo dispendioso de prescindir por las buenas de un patrimonio que tanto trabajo y, sobre todo, tanto tiempo, costó acumular. Conscientes también de que la vejez significa equilibrio, tolerancia, sapiencia, sensatez, desapasionamiento. Sabían que es la edad de la madurez prudente, lejos ya de arrebatamientos pasionales, de pompas y vanidades mundanas, de actitudes y posturas de gallitos de pelea, de animales en celo. La edad de la reflexión, la edad del balance y, por eso mismo, del pilotaje mesurado, de la gobernación prudente. Así lo entendieron aquellas sociedades de otra época, dirigidas invariablemente por su Consejo de Ancianos. Incluso Napoleón, tan egocéntrico y excluyente, respetó la norma.
No es casualidad que las civilizaciones más estables, las instituciones más sólidas vivieron y vienen regidas por gerontocracias proclamadas. Tanto arraigo y credibilidad alcanzó tal fórmula que cuando el profeta Isaías fulmina al pueblo israelita con uno de sus terribles anatemas dice: “ Y seréis gobernados por jovenzuelos”. No cabía, por lo visto, mayor desdicha para aquellos pecadores. Menos mal, que como dijo Churchill, la juventud es enfermedad que siempre se cura.
Y cuento esto como homenaje a mis amigos mayores que yo. Amigos de verdad, hombres del trabajo nacidos en los primeros tercios del siglo pasado, andaluces tartésicos y buenos observadores de las grandes y pequeñas vicisitudes de los pueblos y de las gentes. Algunos de ellos tienen prohibido el tabaco pero, sus familias, nos conceden una especie de bula para transgredir la norma y, a última hora, nuestro amigo nos recibe como si fuéramos una especie de libertadores. Son charlas pausadas, interminables, amenas y, casi siempre, divertidas porque ellos son un anecdotario viviente que se remonta con facilidad y agilidad por las calles de la memoria y las plazas del recuerdo.
Os deseo, amigos, una vejez lúcida y digna, arropada por afectos y respetos de pura ley. Si alguien ha dicho que el secreto de la vejez no es otro que un pacto honrado con la soledad, vosotros, amigos, no lo necesitáis porque envejecéis en feliz y solícita compañía.
Así que a vivir, amigos, a vivir.
eduardo dominguez-lobato rubio

A las galeritas de coral y el Mosto
- Vamos allá,… tiempo de mosto, de rutas, de amigos, de ir y venir a compás de charla, de la buena charla y las tapitas.
Qué bien sienta el camino al borde de un vasito de mosto y una galerita fresca, marisco poco conocido por esos mundos de Dios, a medio camino entre el camarón y la cigala. Marisco vivo que compramos al aire del recién acabado pregón de voces cantaoras. Galeras de coral vivitas y coleando.
Asómese usted al canasto y allí estarán, contorsionantes , exasperadas, en morfología dura y beligerante, pero de bocado y paladar exquisito.
- Otro vasito, y otras dos galeritas,
Decía esta pareja de extranjeros atrapada en el Navarro, bar, esquina, freiduría, de estas calles del Barrio Alto . Foráneos perplejos , recelosos al principio de e este crustáceo que algo tiene de antediluviano, algo así como el antepasado de la langosta o la quisquilla, cabeza de tronco cono, ojos saltones, pinzas agresivas, cuerpo anillado, erizado y cola en abanico.
Y qué arte pelarlas, evitando pinchazos en labios y dedos, marisco desconcertante, dueño por
temporadas de los muelles de Bonanza.
Es el arte también de parar el tiempo, a bordo de una tertulia, donde la crisis queda en la acera y dentro,… mesita y mantel de papel, jarrita de mosto, y bandejita de galeras y puntillitas.
De aquí, al cielo, consumo moderado pero feliz,
- otra jarrita de mosto-,
-Qué bueno este coralito-, carne enmacizada por esa especie de espinazo rojizo, carnosamente duro, toda una orgía para paladares exigentes cuando, fíjense ustedes, hay quienes prefieren un buen coral a todo un langostino.
Y al cocerlas, ¡ ay, amigo, ¡ al cocerlas sueltan un caldo concentrado y rotundo perfectamente avenido con arroces, sopas y el cocimiento de otros mariscos de mas altos galardones.
-Tomamos la última y seguimos-
Otras calles, más charla, amigos de los amigos, que conocemos, que vamos conociendo poquito a poco, vasito a vasito, mosto a mosto, palabra a palabra,
risa a risa…
Qué gloria de estas calles de mi gente donde el mosto vuelve a ser la amistad por la amistad.
Eduardo Domínguez-Lobato Rubio
Empresas Colaboradoras con la Fundación
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Habían quedado citados a primera hora de un sábado otoñal, inaugurador de octubre. En el lubricán del amanecer, numerosos viajeros se afanaban en colocar con más o menos cuidado los equipajes, inclinados, rodeando al autobús, profanando su enorme panza de cetáceo con alas metálicas abiertas que dejaban ver a su trasluz y, hollando sus entrañas con mochilas, bolsas y pequeñas maletas de diferentes colores, algunas de ellas con publicidad de marcas deportivas.
En la puerta delantera, una especie de azafata vestida de azul con un listado en las manos comenzó a nombrar uno a uno a los excursionistas. Cuando le tocó a él, justo al pasar a su lado para acceder al interior del autobús, le pareció advertir en el rostro de la listera una mueca de entre asco y náusea que se materializó en el casi imperceptible estremecimiento de una arcada contenida. Después escupió al suelo.
El periplo había comenzado a forjarse una semana atrás. Un cartel estratégicamente colocado para meterse por los ojos había atrapado su atención apenas mirarlo. “Conozca el paraíso. Viajes completamente gratis en autobuses dotados de todas las comodidades. Salidas los sábados a las siete de la mañana. Inscripciones en este mismo bar”.
Ilusionado, se dirigió a hablar con el repartidor de tan suculento momio; sólo quedaba ya una plaza libre y él era el afortunado. El otro sacó el móvil, marcó un número y comenzó a hablar sin pudor: -Misión cumplida. Ya tenemos completa la lista de carajotes de esta semana. Dile a la familia del Tempranillo que esté preparada, que la última vez faltó pan y el café le salió cagalón. Nos vemos el sábado. Tened a mano los vergajos y las garrotas por si alguno se pone farruco y hay que convencerlo con argumentos sólidos-.
Y ahora, sentado en la última fila, comprimido contra una esquina y justo sobre la vertical del tubo de escape, iniciaba junto con otros varios desgraciados el soñado viaje al paraíso. El Paraíso era una mala venta de escopeta y perro, ajena a caminos transitados y a la que se llegaba a través de cierto carril semioculto ascendente por la falda de unas elevaciones conocidas como la Sierra de los Maleantes. Tras el autobús, a modo de escolta, una nube polvorienta seguía a la comitiva dejando en el aire un rastro visible e inequívoco para los que los esperaban. -¡Ahí vienen!-, anunció una voz aguardentosa y ronca. -¡Atentos que ya están entrando los verdones!-, repitió otra voz recia y rota surgida de un charrán con patillas que dejaba descansar una respetable chivata sobre el hombro.
El autobús se detuvo ante la venta y a una señal de la azafata todos descendieron. Uno de los viajeros preguntó por el servicio y el de la chivata le señaló una tapia, y otro que no estaba muy conforme e intentaba protestar con timidez fue acallado simplemente con una mirada. -¡Señores, a desayunar!-, ordenó el conductor, -son veinte loros-. Una señora de edad alegó hipertensión y dijo que si no tenían descafeinado y leche desnatada ella no desayunaba. –Usted va a desayunar lo que haya; aquí da igual que sea hipertensa o matrona; y ligerito que se va a enfriar el pan recalentado-. Tras sacarles los jurdeles, los hicieron pasar a un pesebre convertido en comedor, y allí les dieron unos vasos de plástico con una humeante pócima intragable y les arrojaron sobre la mesa, huérfana de manteles y cubiertos, unos mendrugos de pan duro impregnados en aceite sospechosamente oscuro. –Ea, señores-, habló de nuevo el chófer, -ya han conocido ustedes el paraíso. Aquí termina la excursión; yo me vuelvo y el que quiera venirse conmigo, ya sabe, treinta loritos. Si no, a dormir aquí, que hay unos pajares baratísimos.
La vuelta se tuvo que retrasar un poco porque muchos estaban entretenidos detrás de la tapia.
cagancho
Había empezado a sentirse un poco raro al bajar la basura a la calle; no había tenido la precaución de ponerse los zapatos y junto al contenedor rebosante de desprecios con olor a descomposición alguien había derramado un líquido oscuro cuya humedad le mordió en el paño de las zapatillas con una frialdad precursora del estremecimiento que lo había sacudido al volver a entrar en casa.
En el terrazo del pasillo quedaban marcadas, amebas simétricas de reflejo axial variable, las huellas delatoras del escalofrío inicial que se acentuó con las reconvenciones, amortiguadas afortunadamente por la hora, originadas por la pringue de los pisotones. Tosió en el cuarto de baño y ya en la cama, al contacto con las sábanas que se le antojaron poco acogedoras, estalló en un castañeteo incontrolable de dientes acompañado de movimientos involuntarios y espasmódicos de la totalidad de su escuálida musculatura. Percibió claramente cómo se elevaba su calor interno y adquirió la certeza, basada en la experiencia de otros años: había pillado un trancazo.
La ancestral terapia chamánica del vaso de leche caliente y el lingotazo de coñac le permitió maldormir a retazos con interrupciones causadas por la mala respiración y el sudor que, al despertar, se había convertido en una desagradable película adherente y húmeda, túnica invisible entre la piel y la ropa, heridora con zarpazos fríos al contacto con el aire cuando se levantó salpicado de reproches externos por no haberse vacunado aquel año. La visita del médico, liturgia de maletín y curvos auriculares metálicos, confirmaba al mediodía el diagnóstico y condenaba al estómago a no sé cuántas pastillas cada cierto tiempo, todas con formas, tamaños, colores y finalidades diferentes. La baja de una semana estaba en la empresa aquella misma tarde y por la noche el picor de la barba y la cabeza se unía a la fiebre que le afligía la moral, se anclaba en las articulaciones y practicaba una animada percusión en sus sienes.
El afeitado propiciado por la tregua mañanera de los virus, la ducha cálida y reconfortante y el cambio de indumentaria habían obrado prodigios en su imagen que ahora se aproximaba a la de un enfermo de postín con el pijama limpio surcado por el tiralíneas de la plancha en las mangas y en los pantalones, el rostro terso y los cabellos húmedos aún recién peinados. La recaída fue épica y esta vez la cosa se complicó con unos inoportunos retortijones de barriga que le hicieron saltar del lecho a toda velocidad buscando cuartelillo en el retrete y ganando el inodoro con el tiempo justo para desalojar de no sé qué burbujeantes líquidos ambarinos su martirizado abdomen. La nueva semi-ducha, el mal rato, el pantalón que ya no hacía juego con la chaquetilla del pijama arrugada tras su breve estancia en la cama y el espejo, le escupieron a los ojos su habitual imagen patética de siempre. Ni siquiera intentó la sonrisa porque además los clavos de la dentadura le molestaban.
La relativa atención, incluso el cuidado de los primeros días, había ido dando paso a una especie de ignorancia rayana en el desprecio hacia su persona, que de nuevo ocupaba el último puesto en la estratificación familiar, lo cual además en cierto modo lo tranquilizaba por ser síntoma inequívoco de su mejoría y de la pronta huída del hogar, que es la rutina laboral suave almohada donde enterrar largas horas, de otro modo interminables, en no pocas ocasiones. Por eso, cuando en la consulta le preguntó el médico con indiferencia cómo se encontraba, se oyó a sí mismo respondiendo con una vehemente voz nasal irreconocible que estaba estupendamente, que nunca se había sentido mejor y que además hacía mucha falta en el trabajo. Una mirada sorprendida observó su nariz enrojecida escoltada por unos ojos vidriados y le extendió el alta. Ya al salir, una voz compañera lo animó: - Como ha dicho el doctor que ya estás bien, podríamos llegarnos a lo de los congelados.
Aunque el asa de plástico de las bolsas se le había clavado en las articulaciones de los dedos, pudo extraer del bolsillo el volante recién recogido y en un gesto de oculto agradecimiento lo besó a escondidas en la terraza-lavadero.- ¿Qué haces oliendo el papel, imbécil? , fue lo siguiente que oyó. Su libertad era cuestión de horas. En silencio se escurrió de la cocina.
cagancho
Ya llevaba dándole vueltas en la cabeza desde hacía tiempo al asunto pero aún no había tenido ocasión de hacer realidad su deseo, del que las primeras ascuas habían prendido en su ánimo al conjuro del estado de opinión, que es la metavoluntad impuesta a través de mensajes subyacentes inadvertidos, generadora de ilusiones las más de las veces vanas, creadora de corrientes de pensamiento estrechamente vinculadas a la oligofrenia e impulsora de aspiraciones y ansias de felicidad eterna sin más razón de ser que la soberbia, que todos sabemos hacia donde conduce a nuestras neuronas.
Y él, preso en el torrente de la modernidad que ya le hacía visitar peluquerías unisex y embadurnarse la cara con cremas antiarrugas, ardía de vergüenza cuando en cualquier reunión de amigos se trataba de asuntos gastronómicos. Sus conocimientos sobre tal materia se reducían a la tradicional comida bronca de cuchara, rica en especies, sabor y calorías, pero desplazada como pobre por las nuevas tendencias culinarias, y no podía opinar sobre la nueva cocina digestopédica, los sabores orientales de la Escuela del Brahmaputra, las exquisitas recetas árabes de Qüidat-al-Khagar, o las maravillas reposteras de Can Çaraça.
Y con los vinos ocurría lo mismo. Su rústico paladar hecho al cervantino Valdepeñas no entendía de retrosabores a nuez con notas afrutadas de frescor persistente; es más, en su ignorancia había llegado a sospechar, desconfiado, que se estaban cachondeando con él, pero la seriedad de sus contertulios era tal que aún en el caso más que probable de que no pasaran de farsantes, había que ponerse al día para no pecar de pardillo ( que es como se dice cateto en fino ).
Para ello había empezado a devorar revistas especializadas que increíblemente existían e inquietantemente se vendían, a ver programas de televisión con impolutos cocineros barbudos y sonrientes que sin ninguna dificultad y en un momento elaboraban el más sofisticado mamarracho, e incluso había adquirido a plazos una “Enciclopedia de la Nouvelle Cuisine” dirigida por un afamado chef francés recientemente fallecido de disentería. Y desde luego, había comenzado a frecuentar, aconsejado por algunos iniciados, los sagrados recintos donde se cocía entre sabores irreconciliables pero geniales y artísticas creaciones incomestibles, el futuro de la dietética planetaria.
Los primeros escarceos se habían saldado con pequeños desajustes estomacales que le originaban molestos e incontrolables gases, atormentadores cuando le acometían en público pero sobrellevables y que con el tiempo había llegado a dominar a base de malos ratos. Después ya la gastritis se le había hecho crónica como al resto de los expertos.
Ya se desenvolvía con cierta soltura entre los entendidos, llevaba una cartulina con los años marcados en distintos colores según la calidad de la cosecha para elegir el vino, conocía todos los nombres y especialidades de los restauradores más afamados y a veces pedía platos en francés con un extraño acento por mucho frunce de labios que pusiera.
Sin embargo, le quedaba aún una asignatura pendiente. En más de una ocasión, y siempre en un críptico lenguaje cargado de claves semisecretas, había oído hablar de un lugar sólo asequible a un selecto grupo de elegidos, donde el placer de la gula alcanzaba cotas inimaginables. Y aquella noche, por fin, se le ofrecía la posibilidad de acceder a tan recóndito paraíso merced a la generosa credencial de un conocido.
A empujones pudo penetrar en un antro oscuro en el que el humo se podía cortar. Encima de una mesa grasienta cubierta por las páginas de un periódico de Cataluña en las que se veía un gol del Betis, colocaron un enorme y rebosante lebrillo de aceitunas fuertemente aliñadas sobre el que todos se arrojaron con fruición.
Hasta tres días después no pudieron retirarle el gotero.
Cagancho

Eran varios los factores que lo habían inducido a tomar la decisión. Después de sucesivas meditaciones había optado por dejarse convencer ante la variedad de argumentos que en los últimos días le habían expuesto desde distintos ámbitos.
El primero de ellos, en el trabajo, había sido una conversación sobre colesterol, ateromas e infartos en la que todos, ya sexagenarios, aseguraban que el mejor antídoto era hacer algún deporte, sobre todo la bicicleta, para mantener se sano y poder trabajar más años.
Él, cuyo mayor esfuerzo consistía en presionar con el dedo índice el mando de la tele para hacer zapping, había sufrido un sobresalto y, dándose por aludido, se había prometido a sí mismo comenzar inmediatamente la práctica de algún ejercicio.
El segundo, antes de finalizar la jornada laboral, había sido el cariñoso saludo de una compañera que con toda delicadeza lo había piropeado: -Te han sentado muy bien las vacaciones; estás hecho una foca-. Él se había mirado con disimulo en el espejo del ascensor al bajar, comprobando con desolación que su vasija corporal, ya tinajona de por sí, extralimitaba el perímetro del cruel espejo por ambos lados. Tenía que hacer algo.
El tercer factor había sido una idílica imagen percibida al caminar hacia su casa. Por todos lados, marcando en las aceras rojizos itinerarios lisos e impolutos, un entramado de carriles bici se extendía ante sus ojos a modo de plácida red de caminos hacia la salud y el bienestar.
Por ellos, surcándolos con una admirable serenidad de movimientos, plácidos grupos familiares con sus hijos transitaban en bellísimas bicicletas de colores proyectando un aura de equilibrio y armonía, fruto de unas relaciones sin duda modélicas derivadas de tan gratificante práctica.
Finalmente, al llegar a su casa, encendió maquinalmente la televisión, cómplice pasiva de su pereza, y apareció en ella una etapa de la Vuelta Ciclista a España en la que los corredores escalaban asfixiados un puerto con rampas casi verticales.
Preso de fabulaciones y cautivo de quimeras en las que se veía sano, fuerte, campeón y rodeado de titis buenísimas que se lo comían a besos mientras le colocaban el maillot de líder universal, había comido rápido y tras la preceptiva siestecita había encaminado sus pasos a “El Velocípedo”, conocido comercio del ramo, donde lo atenderían de manera profesional según le informaron por teléfono y lo orientarían en sus deseos.
El local, rutilante con sus aceros y cristales, restallaba de luces halógenas y reflejos metálicos. Unas pantallas de plasma repartidas por todo él mostraban distintas variantes de la esforzada disciplina: ciclo-alpinismo, velocidad y otras para él desconocidas, consistentes básicamente en arrojarse cuesta abajo dando tumbos por unos pronunciadísimos senderos erizados de afiladas piedras y recias chumberas que dejaban ingratos recuerdos en el rostro y las extremidades de los participantes. Estaba extasiado ante una espectacular muestra de tecnología espacial con dos ruedas y ya soñaba con gestos épicos en los que coronaba el Tourmalet en solitario cuando un violento manotazo en la espalda lo sacudió con fuerza. Era un dependiente embutido en un traje de plástico con varios anuncios, zapatos especiales para pedalear y casco puntiagudo con el que cortar el viento.
-¿Qué miras, pavo?-, se dirigió a él con desvergüenza, -Este modelo es para personas fuertes y no para una mierda como tú. A ver, ¿esto es todo lo que traes?-, le dijo tras vaciarle los bolsillos y mientras lo humillaba con varias sardinetas en el cogote. –Pero mira, vas a tener suerte; vas a conseguir tu sueño con ruedas y además te vas a llevar gratis la inscripción en la próxima Vuelta a la ciudad que es mañana-.
Cuando llegó a la concentración en el triciclo cubierto por varias bolsas de basura y descompuesto por el esfuerzo fue acogido de mala manera. Alguien dijo: “¡Mientras yo esté vivo no se cachondea nadie del ciclismo!”. Y entonces comenzó la persecución.
cagancho
Entró en esto en la venta un grupo de hombres cuyas indumentarias y modales delataban venir de fiesta, cantores de seguidillas y aires populares manchegos con laúdes y bandurrias acompañados que acaso traían, algunos de ellos tambaleándose y no de flaqueza o debilidad que alborotaron a los asistentes.
Pero luego al punto sosegáronse los ánimos y el huésped preguntó al que parecía más joven qué gentes fueran aquellas y cuál el motivo de tan alegre celebración, a lo que el novicio, que se presentó diciendo llamarse Victorino, natural de un lugar próximo a aquellas tierras conocido como La Dehesa, tras pedir permiso a los asistentes e informarles de ser todos aquellos santos varones miembros de la verdadera, ilustre y en todo el orbe reconocida Hermandad de los Pandorgos, expuso la historia de sus cuitas y el feliz remedio con que a ellas dio fin de esta manera:
Ni al nacer yo tronaron los cañones
ni repicaron fuerte las campanas,
croaron por error algunas ranas
en medio de cencerros y esquilones.
No crecí regalado entre algodones
ni me durmieron ayas con sus nanas,
empecé a trabajar a horas tempranas
y aprendí de la vida sin Catones.
II
Mi rústica existencia consistía
en arrimar el ascua a mi sardina,
buscándome la vida en cada esquina
viviendo santamente, en alegría,
ajeno a que el azar se invertiría
por culpa de una tórrida vecina
un punto licenciada, hermosa y fina
que todo mi sentir absorbería.
cagancho
Mañana o pasado, ayer o anteayer,
vengo andando por la orilla,
como ayer, como siempre,
quizás como mañana.
Siempre la mar de leva, el canal,
Huelva lejana y perdida,
Sevilla sola, al final de este río,
y tú, sentada en este muelle invisible,
el muelle que ya no existe.
Quizá solo vive el pasado ,
solo duermo porque sueño
y solo soñando recuerdo.
Una luna, la que pasó corriendo
entre Doñana y tus ojos.
Solo una risa fugaz amaneciendo por Bajo Guía
en una dorada caricia.
Mañana o ayer, que da lo mismo,
para querer, para sentir,
para rozar tus sienes,
para revolotear tu pelo.
e.d.
No acostumbraba en sus artículos a concretar lugares ni a personalizar con nombres, salvo en contadas ocasiones que, a su criterio, lo merecieran. Pero esta vez se iba a cruzar en la semana una fecha mágica para un amigo suyo que celebraba su cumpleaños y, porque tomaba café con él todos los días, había aprendido mucho de su pausada palabra y además lo apreciaba de corazón, había decidido dedicarle su colaboración semanal como pequeño regalo con el que compensar parte de cuanto había recibido de él. D. Luís de Mergelina y Escobar, Caballero sanluqueño, Señor de la Punta del Águila, padre de cinco hijos y abuelo de catorce nietos, cumplía ochenta años.
Aunque nacido en la calle Santo Domingo, fue vecino temprano del Barrio Alto residiendo en la calle San Agustín, 32 durante su infancia, su adolescencia y su primera juventud. De aquellos años, en los que simultaneaba los estudios de Perito Mercantil con el trabajo en el campo, recuerda con especial añoranza “-la blanca luminosidad de las paredes encaladas, el olor a mosto y el regalo para los sentidos que ofrecían las cajas de fruta expuestas en las aceras perfumando las calles con aromas de perillos y sandías listonas”-.
Tras finalizar el peritaje completa su formación en la Granja-Escuela de Heras en Santander obteniendo el grado de Técnico Agrario y, a través de su compadre D. Francisco Casado, “Fatigón”, entra en contacto con D. Pedro Balañá quien lo contrata como encargado general de su división agropecuaria en Barcelona. “-A mí no me podían ver porque era andaluz y mandaba más que ellos, y por bajini me decían el gitano. Aguanté tres años y si no me vengo, me muero allí”-.
Y tras volver a Sanlúcar en los primeros sesenta del siglo pasado, largo de probables y corto de posibles, se hace con un Lanz monocilíndrico de treinta y ocho caballos en lo de D. Alfonso Pérez para pagarlo a ditas, y a la maquila. “-Yo trabajaba por las mañanas, por las tardes y hasta algunas noches porque tenía que pagar el tractor, sacar adelante la casa y los niños seguían creciendo y comían como limas, gracias a Dios, claro; cualquier cosa antes que pedirle dinero a mi familia”-.
De la maquila al transporte y a traer terneros de la montaña. “-Salíamos dos camiones, y yo con los hierros en el bolsillo en el dos caballos o en el Panda; cargábamos en el mercado de Torrelavega o en el de Comillas y para Sanlúcar. Era una mercancía delicada, había que parar para darle de comer a los animales y siempre existía una merma de algún ternero que se moría, pero se vendían muy bien”-. Algo más tarde, y por circunstancias familiares, se ve obligado a hacerse cargo de la empresa paterna compartiendo su tiempo entre el campo y los camiones. “- Una de las experiencias más bonitas que tuve fue plantar melocotones. Me esforcé y conseguí unas cosechas muy buenas, tanto en calidad como en cantidad, pero los precios eran los que eran y Guillén fue torero”-.
Los últimos años de su vida laboral estuvo volcado en la enseñanza impartiendo cursos relacionados con maquinaria y técnicas agrícolas y ahora, jubilado, querido y respetado, regala desde su saludable longevidad y su amena conversación unas enseñanzas de tiempos y lugares ya desaparecidos pero que en su voz adquieren carta de presencia y naturaleza de realidad rescatándolos del olvido.
En los próximos días, tras celebrar tan grata efemérides con su mujer, Doña Emilia, y con sus hijos y nietos, cuando se reuniera con la tertulia para festejarlo, todos esperaban que, ya terciadas las medias botellas, los deleitara con alguna de sus enriquecedoras anécdotas: “- Me acuerdo un día que veníamos de La Norieta mi primo el Chato Somavía y yo con dos gallinas escondidas en un colchón en el carro y al llegar al Punto de Cuatro Caminos, salió el consumista del fielato con un pinche: ¡A ver! ¿Qué lleváis ahí?”-......
Un abrazo, Luís, y que cumplas muchos más
Cagancho
La Tierra se había mosqueado de nuevo. No era la primera vez que se producía un vertido de residuos tóxicos y exterminadores como consecuencia de algún naufragio originado por el reventón de un petrolero añejo, ni tampoco sería la última dado el intensísimo tráfico de combustibles fósiles que por los siete mares fluía, con no todas las normas de seguridad cumplidas en algunos casos.
Sin embargo, en esta ocasión, los motivos del desastre eran diferentes. Cansado el planeta de recibir puñaladas en su piel para robarle minerales sólidos, recursos gaseosos o tesoros líquidos, había experimentado una ligerísima sacudida, como la de esos enfermos cansados que tratan de desprenderse del gotero por el que sufren y, efectivamente, se había desprendido de él.
La diferencia era que la Tierra, aunque achacosa y enferma, seguía siendo poderosa y, tras deshacerse con un leve movimiento del gotero extractor que la puteaba, había continuado vertiendo su sangre al exterior envenenando con ella, al modo de una lenta y dolorosa venganza, una enorme extensión de la biosfera que cada vez era mayor y ya se asemejaba en tamaño a una isla. Y lo peor de todo era que la dirección y la intensidad del viento empujaban la mancha hacia las costas sur-orientales del imperio haciéndolo superar todas las barreras habidas y por haber. Sin duda era el momento de ser solidario y actuar.
La leva de voluntarios había establecido su cuartel general en un viejo edificio de la zona portuaria y ante él se extendía una enorme cola de personas a la que, a duras penas, podían mantener a raya los guardias con la inestimable ayuda de robustas varas de acebuche, porque se había corrido el rumor de que iban a pedir el Graduado Escolar y muchos de ellos, que no lo tenían, habían comenzado a lanzar piedras contra las fuerzas del orden gritando que aquello atentaba contra el espíritu de igualdad que debía imperar en la vida y en la sociedad.
Él, como se lo había sacado por correspondencia, no tuvo problemas y un par de horas más tarde se encontraba frente al tribunal seleccionador. Los tres individuos que formaban el comité lo observaron con detenimiento, lo desnudaron, palparon la escasa fortaleza de sus esmirriados brazos, midieron el contorno abultado de su barriga cervecera y comprobaron la nula resistencia de sus escuálidos muslos.
El que parecía jefe escupió por un colmillo, hizo un gesto de asentimiento y los otros dos lo cogieron por los brazos en volandas, lo condujeron a una habitación interior en la que había un enorme barreño rebosante de oscuro petróleo ponzoñoso y, sin mediar palabra, lo arrojaron dentro.
Chapoteando en el denso líquido que se adhería pegajosamente a su cuerpo, consiguió incorporarse con torpeza, momento que aprovecharon dos encapuchados que habían sustituido a los de la puerta para santiguarle las espaldas con unas recias sogas de esparto, cebándose con especial saña en riñones y lumbares. Cuando se cansaron de ultrajarlo se marcharon y entraron dos hermosas doncellas con toallas que lo secaban al principio amorosamente al modo de verónicas compasivas aunque, en cuanto se relajó un poco, mutaron la voluntad, enrollaron las toallas y lo que eran balsámicos lienzos de consuelo se trastocaron en instrumentos de humillación que lo hacían tambalearse. Pero no había terminado el escarnio; a empujones lo metieron en una especie de jaula en la que se amontonaban decenas de gaviotas agonizantes y ariscas y allí lo tuvieron encerrado hasta que los examinadores dieron por finalizada la prueba.
Por la tarde aparecieron las listas de los admitidos pero a él lo habían excluido por alopécico. En otro punto del planeta, la herida seguía manando con rabia.
Cagancho
Ha vuelto la luz a su casa, como lleva haciéndolo eternamente.
Ha vuelto Mayo a las ventanas, esas ventanas que son suyas, y que lloran durante el invierno añorando el sentido que dio un día aquel carpintero a sus vidas.
Dicen los físicos, y el diccionario de la lengua española así lo recoge: Que es la luz “agente físico, que hace visibles los objetos”.
“Claridad que irradian los cuerpos en combustión, ignición o incandescencia”. Esta es la segunda acepción que recoge nuestro diccionario.
Y yo me voy a atreveré a añadir, una característica, que así de memoria creo recordar (las ciencias nunca fueron mi fuerte, pero algo se me quedó); La luz es susceptible de cambios y alteraciones al atravesar según que medio atmosférico, este dato me suena que lo estudié bajo un epígrafe llamado: Reflexión y refracción de la luz.
Es decir, que a mi ignorante entender, depende de qué aire atraviese, la luz, se comporta de manera distinta.
Me estoy metiendo en jardines, que son para mi como aquellos en forma de laberinto, ya que la física me fascina tanto, como escuálido es mi conocimiento del tema.
Pero se que Einstein llegó a descubrir, que el tiempo es curvo con respecto al espacio. Es decir, que depende de donde estemos, el tiempo pasa con distinta velocidad.
¿Serán entonces estas, las razones científicas, para explicar la luz de Sanlúcar por Mayo…?Será que el secreto no está en el “agente físico que hace visibles los objetos”, (que es el mismo para todo el planeta tierra).
Y va a resultar que el secreto está en el aire, el aire de Sanlúcar.
Es él, el que hace que las macetas de geranios sean lo que son…
Que las espadañas de nuestras torres parezcan distintas…
Que veamos cada tarde, no con los ojos solamente, sino con la imagen que plasma el olfato en nuestros andaluces hipotálamos.
Para que nos entendamos, el olor a azahar, mezclado con el que emanan las ventanas de las bodegas a medio tapar por las persianas de esparto…
Ese mismo aire que trae, según el viento, algunas tardes romero, olor a pino y lavanda… Aromas de la otra banda, con rima y melancolía … Y encima, va el tiempo y se curva… Como se curva el río al llegar a nuestra vieja ribera, que lleva una eternidad mirando hacia Venus, diosa del amor y la fertilidad para nuestros ancestros, y lucero del alba en nuestro trocito de cielo.
El tiempo, también pasa de forma distinta alrededor de la curvatura de una maceta de geranios, que mece suavemente el aire que llega borracho de aromas del coto, y cada tarde de mayo remolonea por las blancas azoteas, tan mujeres y soñadoras, con la ropa de su alma tendida. …
Sí, llegó la luz a su casa… Y se encontró con el aire, su amante fiel que la espera, sentado en el alfeizar de las ventanas, con los pies colgando, como un niño, para hacerla Sanluqueña, por eso llega a Sanlúcar la luz como llega… Si es que, llega loca de amor, si es que llega enamorada…
Y encima, va el tiempo y se curva…
Juan Carlos Valenciaga
Y QUEA LA MESA
Lo habían convencido en una sola jornada. Aquella misma mañana había comenzado a fraguarse en su mente la operación cambio gracias al bombardeo publicitario que había sufrido en su camino hacia el trabajo.
La primera sensación experimentada al salir de casa era la de que había comenzado una nueva campaña electoral por la profusión de vallas publicitarias que, como hongos de rápido crecimiento, habían surgido probablemente al calor halógeno de la madrugada sin que nadie lo advirtiera. Después, la sensación casi se había confirmado al leer algo de “Ven a la República independiente de Argamasa”, pero al fijar su atención algo más se tranquilizó. Era propaganda de una tienda de muebles en la que se aconsejaba modernizar los ya anticuados ajuares, algunos de ellos añosos y con achaques, y vestir los espacios interiores con nuevos ritmos cromáticos y diseños de última tendencia salidos de los ordenadores más avanzados en materia ergonómica.
Más tarde, a la hora del desayuno, la prensa cotidiana también aparecía preñada de mensajes imperativos similares, de los que se deducía que el que no cambiara los muebles inmediatamente en “La Argamasa” era un carajote, aparte de un insolidario xenófobo e intolerante. Y, al regresar a su casa, el buzón rebosaba de publicidad impresa aún más directa en la que se amenazaba ya por la cara a los remisos. ¡Ay del que no compre!, advertían repetidamente las misivas; sabemos a qué colegios van sus hijos, dónde trabajan sus esposas, en qué asilos han abandonado a sus abuelos y muchos datos más que estamos dispuestos a utilizar cuando nos venga en gana. Así que ligeritos y a pasar por el aro, que está la cosa malamente, y peor que se va a poner para los que no suelten religiosamente los jurdeles. El mensaje lo firmaba el director supremo de ventas intercontinentales y era lo suficientemente explícito como para convencerlo, por lo que apenas penetrada la intimidad de su escueto hogar, comenzó a recorrer con la vista los escasos muebles ya vitalicios que lo adornaban. Observó brevemente el sofá, confidente y cálido, continuó por el mueble de la televisión, el cuadro con su foto de la mili vestido de pistolo, los visillos eternos ya un poco amarillentos y finalmente la mesa.
No recordaba haber tenido otra mesa desde que decidiera independizarse hacía ya tantos años que el tiempo había borrado de la memoria el lugar en el que la había adquirido, aunque a veces, vagamente, creía haber sido en una tienda de muebles de cocina en liquidación. Era, pues, una mesa originariamente de cocina, de sólida madera y con dos cajones con asas de metal, cuyo cometido había sido trastocado por el azar haciéndolo derivar hacia una mezcla de mesa de comedor, escritorio ocasional y atril de periódicos atrasados ante la que se sentía a gusto.
Pero las modas son las modas y tampoco podía oponerse al progreso. Se dirigió a la cocina a coger el metro para medir sus dimensiones y buscar otra de igual tamaño y, cuando volvía, le pareció que la mesa experimentaba un ligero estremecimiento. No le dio mucha importancia al hecho y se acercó con el metro en la mano. En ese momento, salió disparado uno de los cajones que acertó de lleno contra su cuerpo a la altura de los huevos. Tambaleándose, buscó cuartelillo en el sofá y cuando se sentaba el otro cajón se le estrelló en la cara nublándole el poco conocimiento que tenía. Tumbado boca arriba contempló horrorizado cómo la mesa saltaba sobre sus cuatro patas y le caía encima sin darle tiempo a evitarla.
Hasta que no juró a grandes voces que jamás cambiaría los muebles de su casa estuvo recibiendo humillantes golpes; pero por la noche ya habían hecho las paces y mientras cenaba su bocata de melva, le pasaba cariñosamente la mano por encima.
cagancho
Estaban aislados en un medio hostil, ajeno a su entorno y diferente en cuanto al lenguaje que le era habitual. Estaban en Islandia y por culpa de un volcán de nombre impronunciable no podían moverse de aquel idílico lugar situado a miles de kilómetros de ninguna parte. El destino se había cebado con ellos desde que iniciaran el azaroso periplo y ahora marcaba su colofón manteniéndolos inmovilizados y rociándolos con insalubres cenizas pestíferas de las que a duras penas podían protegerse. Todo había comenzado dos meses atrás, cuando un ordenanza aficionado a las comilonas había recibido en su casa un sobre con propaganda de exquisiteces entre las que destacaba una marca de bacalao de las islas hiperbóreas que se comercializaba en un bar situado al noroeste de Rejkjavik. Era tal el cúmulo de alabanzas que sobre la calidad del producto se vertía en la publicidad que, atrapado en su miseria moral, sufría el aguijón de la quimera y la ceguera de la ilusión imaginándose a sí mismo en actitud devoradora frente a suculentos guisos en los que el protagonista indiscutible era tan sabroso teleósteo norteño.
Y no contento con engañarse a si mismo había decidido hacer realidad sus ensoñaciones en compañía y, sorprendentemente, había convencido a un grupo de incautos para que lo acompañaran en la gastronómica excursión. -Imaginaos-, había dicho el subalterno a un coro de desgraciados al entrar en el trabajo,-el enorme placer que debe suponer para los sentidos tener que sortear dos o tres glaciares y atravesar unos cuantos fiordos para finalmente degustar un platito de bacalao que, según he leído, supera todo lo imaginable. !Los que quieran estremecerse con tales sensaciones que me sigan!-. El grupo había partido en dirección norte con varias escalas en distintos icebergs y, ya en el aeropuerto de llegada, los estaban esperando unos trineos arrastrados por caniches enanos porque habían optado por la tarifa económica. Estuvieron varios días de viaje durmiendo en tiendas de campaña y pasando estrecheces y calamidades hasta que un amanecer, a lo lejos, pudieron vislumbrar recortándose en la nieve la silueta del ansiado restaurante. Siguieron avanzando y, ya al acercarse, desde lejos, observaron que la chimenea en lugar de exhalar una halo benefactor y cálido, trasunto de cocinas y estufas, permanecía cubierta por carámbanos acusadores de inacción y frío. Dos kilómetros antes de llegar, el cartel se les apareció a la vista insultante y chulesco: Cerrado por reformas.
Llevaban unos minutos sollozantes y ateridos cuando el líder, sintiéndose responsable de la frustración colectiva por el malogrado banquete, tomó la palabra: ¡Señores, a mal tiempo buena cara, más vale honra sin barcos y Guillén fue torero. Nos volvemos a nuestras casas de donde no debimos salir, con la leche que hemos mamado todos, yo el primero! Y entonces empezó a temblar la tierra.
Desde la corta distancia observaron con preocupación cómo unas gruesas columnas de fuego y ceniza surgían de la tierra en torno al restaurante que, tras unas violentas vibraciones, reventó por el techo en pedazos lanzando al cielo fragmentos del tejado y restos de bacalao que comenzaron a caer sobre ellos. Atemorizados por la sólida lluvia comenzaron a correr adelantando incluso a los minúsculos perros que fueron cayendo uno tras otro víctimas de las corrientes piroplásticas y de los gases sulfúricos entre espeluznantes aullidos.
Tras amargas jornadas de sufrimiento y desolación consiguieron llegar a un aeropuerto pero estaba cerrado. En unos microbuses con muchos más pasajeros que asientos lograron por fin retornar a su pueblo, donde fueron acogidos como héroes y se le cambió el nombre a una calle que, a partir de entonces, se llamó “Héroes del Bacalao”.
Cagancho
Es preciso ser viña cada día
para beberse el sol cada mañana;
para aprender salve jerezana
hay que nacer más viña todavía.
Ella nació bajo el escalofrío
del viento marinero por el tajo
y trenzó con las trenzas el sombrajo
de cepa enamorada del rocío.
Ella nació muchacha a su manera,
con Dios multiplicado en los racimos
y la sangre subida a la piquera....
Después, el nombre es cosa de jilgueros,
una costumbre de alumbrar esquimos
y de hablarse de tú con los luceros
Poema “Donde Dios se nos vuelve geografía”, de Eduardo Domínguez Lobato
Había cometido el lamentable error de mezclarse en la conversación. Justo a su lado, en la barra del bar y trasegando Red Bull desde hacía un rato, un grupo de cuarentones vestidos con aparatosas ropas deportivas y calzados con carísimos zapatos ergonómicos de marca, comentaban a grandes voces las excelencias de los deportes de riesgo y los benéficos efectos que sobre la mente y el cuerpo tenían. Terciaba cada uno de ellos en el coloquio aportando su propia experiencia y abundando en las maravillas que sobre el organismo obraba la hipersecreción de adrenalina. –Es algo inenarrable-, afirmaba un alopécico con moratones en el rostro y las manos. -Yo practico el Hormigoning, que consiste en derribar muros de hormigón a puñetazos y cabezadas. El subidón es de tal calibre que al tercer o cuarto cabezazo cae uno por tierra preso de agradabilísimas convulsiones conducentes a la idiocia transitoria; y cuando sales de la semiinconsciencia parece como si flotaras en el aire. El mes que viene precisamente me voy a Berlín a entrenar en el muro de la vergüenza con un grupo de pensionistas a los que la federación invita a gastos pagados con la única condición de que declaren por escrito haber hecho testamento antes de salir.
-Yo últimamente me he decidido por el Trotting y me encuentro como los mismos ángeles-, sostenía otro con huellas de coces en la cara y rodales en la cabeza como si le hubieran arrancado el pelo a dentelladas. –Nos reunimos una vez por semana, buscamos manadas de borricos salvajes y los perseguimos al trote, de ahí su nombre, hasta que al llegar a su altura tratamos de colgarle una medalla del Betis. Algunos protestan con enérgicas patadas y agresivos mordiscos pero las sensaciones son inolvidables y aunque a veces tenemos que avisar a la unidad móvil de traumatología, cuando te dan el alta sientes de nuevo la necesidad de volver a perseguir rucios ariscos por el cúmulo de impresiones que disfrutas-.
-Eso no es nada para el subidón generado por la nueva disciplina deportiva que voy a comenzar a practicar este próximo fin de semana-, aseguraba un pureta con enormes quemaduras repartidas por el chándal. –Al parecer procede de Asia, donde hace furor entre los nativos, y recibe el nombre de Vulcaning. Es tan reciente que se necesitan voluntarios con urgencia para poder completar el grupo y recibir las subvenciones correspondientes, que seguro que nos las conceden dada la importancia del proyecto y el fin solidario y de igualdad que persigue-… Y entonces tuvo la debilidad de preguntar dónde había que inscribirse.
Cubierto por un grueso traje de amianto con botas de lo mismo y una escafandra ignífuga se dirigía al punto de encuentro, convencido por el proselitista del Vulcaning de que iba a encontrar en su práctica todas las alegrías que hasta entonces le habían estado vedadas. El grupo fue trasladado en todoterrenos blindados hasta las faldas del volcán Kema-Bobos, donde los obligaron a bajar sin muchas contemplaciones. Allí, una multitud enfervorizada prorrumpió en aplausos y vítores al verlos aparecer y, azuzados por el jaleo y las palmas, comenzaron todos a ascender hacia la humeante cima. Conforme subían, entre el calor insoportable y la empinada caminata, algunos comenzaron a mostrarse renuentes, pero la multitud los reintegró de inmediato al grupo argumentando con rachas y razonando con bofetadas.
El último tramo del ascenso lo hicieron inmovilizados porque la negativa a seguir se había generalizado y todos querían volverse. Al llegar a la cumbre los fueron arrojando al interior del cráter empujándolos con unas pértigas. Los gritos de los chamuscados se mezclaban con los rezos de unos frailes que también habían cobrado su parte en las subvenciones.
Cagancho
Ya había llegado; ya estaba aquí y pensaba quedarse tres meses. La retaguardia del padrecito invierno se había batido en retirada ante el empuje avasallador de los heraldos precursores de la nueva estación, y en su huída había practicado la cruel táctica de “terra brusciattta”. No eran pocas las localidades y zonas destruidas sistemáticamente por la líquida artillería a discreción del trimestre fugitivo, depositario a su paso de huellas desoladoras. Inmensas lagunas barrizas habían sepultado cultivos y viviendas originando muertes de animales, destrozos de enseres y desesperación de los afectados, que la televisión ofrecía en sus noticiarios con minuciosidad morbosa. Algo más al norte de donde él vivía, a la lluvia se le había sumado la nieve, generadora de confusión en las comunicaciones y en los desplazamientos. Las imágenes de ciudades colapsadas, con inútiles quitanieves de luces ambarinas intermitentes, de carreteras intransitables y de aeropuertos rebosantes de pasajeros dormitando en bancos, se le habían ido colando en el saloncito un día sí y otro también durante los largos meses que había durado lo que ahora finalizaba.
Pero ni aun sufrir podrás eternamente, decía el poeta, y la fecha inicial de la primavera ya figuraba en el pequeño almanaque con publicidad que le adornaba la cocina. No había tenido necesidad de colorearla porque aquel año coincidía con el tercer domingo del mes. Aunque para destacarla había trazado en torno a los dos dígitos que conformaban el día veintiuno una gruesa circunferencia que los abrazaba al modo de un respetuoso abrazo circular. Era su pequeño homenaje a la mágica fecha solar del equinoccio. Había leído tiempo atrás que la palabra hacia referencia a la idéntica duración del día y la noche en esa jornada, circunstancia que se repetía ciento ochenta días y unas horas más tarde, con la llegada del otoño. Pero, además, la fecha rebosaba de connotaciones míticas y religiosas de resurrección que hundían sus raíces en numerosísimas religiones y culturas precristianas. Se percibía en el ambiente el reinicio de la existencia tras el letargo invernal. Las ramas de los árboles se abotonaban con los nuevos brotes, aparecían los primeros insectos, los pájaros rompían el silencio con sus retos y la vida se desperezaba cargada de una precoz fecundidad que sería coronada nueve meses después con el nacimiento de los dioses en el solsticio de invierno.
Y él, dispuesto e ilusionado, se preparaba para recibir a la primavera como pensaba que se merecía la nueva estación. Enfundado en unos pantalones pirata de chillón color naranja, una camiseta de tirantas con la leyenda “La primavera la sangre altera”, y cubierta la cabeza con un sombrero de paja de perímetro deshilachado, se lanzó a la calle. Apenas salido del portal, una anciana lo atacó con el paraguas acusándolo de pajillero y proxeneta, y cuando tras azarosa carrera se creía a salvo de la agresión, una madre que acompañaba a sus adorables retoños al colegio, se puso delante de los niños y, al tiempo que lo arañaba, comenzó a dar voces pidiendo socorro. Acudieron los guardias y, mientras se tramitaba la denuncia por pederasta, tuvieron que llamar a una ambulancia porque con el frío había tenido una crisis respiratoria aguda.
P.D.: La semana pasada se nos ha ido D. Miguel Delibes. Al salir de la Sociedad de Cazadores, camino del velatorio, Melecio y El Mochuelo oyeron pasar por última vez el tren de La Coruña; iba vacío. Descanse en paz, Maestro
Cagancho
Siempre me ocurre igual, entro en la bodega, en bodega como esta, con cierta reverencia, intimidado por extraños pudores, como atenazado por el respeto. Sospecho que estas bodegas de mi tierra suponen, ante todo, la estética del silencio, la penumbra exacta y el cabal aroma del silencio, la justa y templada armonía arquitectónica del silencio, y hasta llego a creer que el silencio floral y majestuoso huele a vino viejo y tiene el color del roble antiguo. El caso es que uno, inconscientemente, asume esa estética solemne y la afronta siempre con un cierto talante subreptício, con cierta indefinible sensación de intrusismo, apenas sin voz y respetuosas las pisadas, como si temiera la profanación inevitable de resplandores dormidos y músicas insólitas, escondidas nadie sabe donde.
Lo pensaba esta mañana cuando entraba en la bodega de mi amigo el mayeto, más bien chica, semejante a capilla o iglesia pequeña, que esa es su planta, crujía y naves laterales, doble hilera de columnas arcaucionadas, techumbre alta a dos aguas sostenidas por vigas y alfajías de madera, portatabla de madera y tejas morunas. Ventanitas casi pegadas al techo abiertas a los almizcates y celadas por esterones de esparto. Suelo terrizo bien apisonado, acaso humedecido por sudaderos recónditos nunca descubiertos. El patio anterior es como una joya en gris y verde que sugiere atardeceres veraniegos bajo el emparrado.
-Pues esta es mi bodeguita.
Ya estábamos dentro. He contado de refilón hasta seis piernas de tres andanas y mi amigo nos explicaba que con esta bodeguita, hace cuarenta años, vivía a lo grande cualquier casa de familia y, lo que son las cosas, hoy tiene uno que vivir para la bodega, mantenerla por querencia y capricho.
Pues tajo adelante, vamos a probar este vinito. Y éste. La venencia vierte sobre los catavinos chorrillos del color de las espigas olorosos a almendras amargas. Mi amigo agita por la peana y aspira, como en éxtasis.
Al final, lo roza con los labios, cierra los ojos, paladea y retorna perezosamente al mundo:
Fíjate que abocaito. Una gloria. Y en el brillo. Son como descubrimientos luminosos entre andanas sombrías. El vino tiene su tipología, como una fauna exótica, impensable y viva. Vinos gordos, finos, rayados, nubosos, de tercera, de segunda, de abajo, amanzanillados, olorosos, remontados, con flor y con madre, qué sé yo. Crece solo, como los caballos, pero hay que domarlo, hay que educarlo. Tiene su escuela, la solera, pero a veces se tuerce como un potro resabiado, y para eso está uno, el ojo al acecho. Sí, los vinos son como las personas, así, crecen, engordan, languidecen, degeneran, enferman, sanan, adelgazan, se alegran y se entristecen, ya te digo, lo mismito que las personas.
El mosto es tal un parvulito que empezara a estudiar, por ejemplo, y al cabo de cuatro años es como si rematara el bachillerato curso a curso, quiero decir graduado en fino o manzanilla. Luego, sigue corriendo clases y se licencia en oloroso. Si lo dejas seguir se doctora en amontillado. Cuestión, lo primero, de que las clases sean como deben ser, esa es la base. En principio, de buenas soleras y botas bien encascadas, vinos buenos, lo primero es lo primero.
Pero, escúchame, esta bodeguita, con guitarra y cante, será como el sueño de una noche de verano. Y también para pensar. Si acaso, pa hablar en medios tonos. Mira, cuando entro aquí, me siento medio cartujo. Como si uno se quedara fuera del tiempo, más allá del espacio, por encima del mundo y hablara por teléfono con el paraíso.
Eduardo Domínguez Lobato
Quizá con gesto irreverente, desde esta mirada altiva, asimilable a una botella de manzanilla o a un florero marinero, de otros tiempos.
Antes emborrachado de proas y vientos de poniente por domesticar y ahora aburrido, perdido, consumido, entre matorrales que ahogan sus bajos muros.
El caso es que fue un faro presuntuoso y mordaz, adelantandose a estas balizas de la barra, entre rojas y verdes. El caso es que llevó su virtuosismo tan redondo que no hubo marinero que no lo ensalzara.
El caso…. que ahora duerme en el olvido, o quiza, algún día aparezca un proyecto desmelenado para ocupar casa y faro, en una contagiosa y exultante vanidad, como para recuper el tiempo perdido.
Ahora, a esperar, encajado entre las horas cenitales, absolutas y pausadas de este puerto nuestro de Bonanza.
e.dominguez rubio
Plaza de Sanlucar, Mercado de Abastos, portada de piedra, puestos, mármoles blancos, pescados vivos, paredes siempre entornadas, galeras que saltan, langostinos de la mar. Un puesto y otro, verdes, verduras, rojos, tomates, pimientos y algo más, gentes, vida, charla, entrañable trasiego, apaños mercantiles, amparados en la costumbre, los usos de estos lares.
Es un edificio que se nos va, el Mercado de Abastos, nuestra Plaza de Sanlucar, seguro que al amparo de modernidades y servicios de vanguardia, tecnologías recién nacidas y diseños imaginados; pero se nos va.
Patrimonio de Sanlúcar, de valor histórico y más, sentimental.
Mercado de Sanlúcar, con los argumentos y singularidades del siglo XVIII , arriba de la plaza de San Roque, debajo de las Covachas, entre la cuesta de Belén. Y seguro con la retina llena de recuerdos de otros años, y de estos años, carros, gentes, paseantes, vendedores, fruteros, pescaderos, verduleras, floristas, coquineras y pasteleros. Recuerdos de gentes, de Sanlucar y de más allá.
eduardo dominguez rubio
Espigón de Bonanza, siempre sombreado por los pinos del coto. Espigón que el marinero deja a babor cuando entra a puerto, o a estribor, en su ascenso hasta Sevilla.
Espigón ahora de esperanzas nuevas, la de estos niños, pequeños marineros, faenando en madrugadas frías, antesalas de pesquerías mas o menos generosas.
Niños de la mar, quizá, seguro, como sus padres, los que bien saben de puertos rotos y caladeros maltratados. Y ahora, niños envueltos entre las modernidades de las placas solares, y el puerto deportivo, aún por venir, en un buen porvenir, digamos, imaginemos, antesalas de las salinas, estas salinas de sanlucar, dragadas y dibujadas por futuras arquitecturas portuarias hacia otro modo de riqueza para estas tierras; cruceros, veleros.
Pasaporte hacia una Puerta de Doñana verdaderamente decorada entre buenos augurios.
eduardo dominguez rubio
Y las aguas subían y como en tiempos de la especiería, quizás volvieran desde el Cabo de Buena Esperanza, aguas que vinieran arropando antiguos navios españoles, saldrían de la Española, envueltos en sedas de hermosura piropeada.
Y se arremolinaban en la Puerta de Jerez, antiguo arrabal a extramuros, dicen que de aquí partieron caballeros sanluqueños a luchar con el emperador Carlos V, dicen que a la guerra de Túnez, calle Mesón del Duque, dicen que hospedería de los Duques de Medina Sidonia, calle Comisario, calle San Agustín, calle Pozo Amarguillo, seguro por su pozo centenario, siempre generoso en aguas y ahora saturado y celoso de tanta demasía.
e.d.r.
El año pasado había ocurrido lo que tantos otros, los tomates se pudrieron en las matas y las patatas quedaron bajo la tierra porque ni siquiera merecían el gasto de recogerlos y llevarlos al mercado. El año pasado había ocurrido que las vacas terminaron con las zanahorias porque los precios no alcanzaban la mitad del coste de recolección.”
El año pasado había ocurrido que las hortalizas salieron tan tiradas que sirvieron para cortar el tráfico en las carreteras. Pero también el año pasado, como tantas y tantas veces, sucedió que los consumidores no sintieron el menor alivio en sus carteras por cuanto las tablillas de precios en los mercados más bien tiraban hacia arriba que hacia abajo a pesar de todos los pesares. Por último, el año pasado, como tantos otros años, se había hablado por largo del ordenamiento de cultivos, de la racionalización de las explotaciones, de la política de adaptación, de ciclos rotativos y de cincuenta engorros más para que, al final, cada cual continuara disponiendo y sembrando cómo y cuánto le vino en gana, como siempre.
-Mi opinión, mire usted, si este año salieron bien de precio los pimientos porque nadie los sembró, el que viene caerán por los suelos porque los sembrarán hasta en macetas. En el campo suceden fenómenos tan extraordinarios que más vale pecar por cosecha corta - que algo se gana siempre - que por larga porque, entonces se pierde todo.
-Claro, falla la distribución, problema de estructuras distributivas adecuadas...
Como fuese, fallara lo que fallara, ya cada quisque con el agua a la barbilla y la cartera llena de telarañas, siempre la misma palabreja: distribución. Jamás faltaba el diagnóstico de que era básico, urgente e inaplazable la planificación de inmediatos canales distributivos. Pero ahí quedaba todo.
e.d.r.
Desde la Reyerta,al fondo de la Jara,o desde la rotonda del Cojo Frascuelo, en la carretera de Chipiona. Y a mitad de camino entre ambas, la Peña “La Corina”. Casi inadvertida desde la carretera, tan solo un pequeño cartel y una banderola pero dentro… amigo mío, disfrute usted de un ratito de buena mesa y buena gente, amparado por macetas, de todos los colores, una parra de nos cubre como dosel vegetal, plantas de tabaco, gitanillas, aloe vera, flor de novia, un galán, otra sombra fresca, entre luces, colores verdes y rojos, y… tranquilidad.
Allá al fondo, en el mostrador, platos dispuestos, al punto de buen fuego, cocina de siempre, lenta y paciente hechura, unas sabias manos de mujer, ilustrada desde siempre en estos artes de la cocina sanluqueña, pescado frito, croquetas de puchero y además, algo más, una vasito de mosto, una charla con la mesa vecina, y más,… otro vasito más,chiquillos que corretean, viandas que ves pasar…
- Póngame usted un platito de eso.
- Eso esta hecho
Luego, en la charla con nuestros amigos, nos cuentan que ya empiezan en esta semana con los guisos de invierno, berzas, cocido, judías…
- qué barbaridad
Peña La Corina, también esto es Sanlucar, un ratito al aire, tiempo bien empleado, satisfechos, plenos, y ahora…
- a mandar, luego de la siesta claro.
eduardo dominguez rubio
Y sigues, tu río, como con los brazos abiertos y rozando con los dedos de las manos una y otra orilla, aranzadas de viña vieja, allá arriba por Martín Miguel, albarizas primorosas como una maceta gigante, de cepas arropadas y mimosas. Muchas veces, tantas veces, demasiadas veces labradas a trancas y barrancas, con trapicheos y apurillos crediticios que casi no acaban nunca.
Viñas de demasiados nortes y podas a las espaldas y entre los soles, injertando, binando y rebinando, y pateando las cepas entre claridad y claridad. Y ahora ajuste usted las cuentas con los dedos, vendimia, mostos, botas y dinero....
Ponga usted otra vaso de vino, y…. a brindar.
eduardo dominguez rubio
El Rocío, ese calambrazo o convulsión de cada año, indudablemente alegre, colorista y sobrecogedor. Profunda y popularmente religioso aunque sus detractores se lo nieguen. Porque para quienes verdaderamente lo sienten, es una manera particular de vivir la religión, desde lo más hondo y devocionalmente mariano que Andalucía lleva dentro. Pero detractores los tiene, los tuvo y los tendrá siempre, más o menos gratuitos que, de entrada, le niegan el pan y la sal bajo el argumento de la superficialidad ataviada de folklorismo, de excesivo oropel y dispendio, hasta el punto de que la romería, vista desde fuera, más bien les parece carrusel de vanidades y demostración banal vacía de contenido riguroso. Todo lo más que le conceden es su mérito –ya es algo- como terapia de grupo, convocatoria válida para que el personal tire por la borda de la barcaza problemas, preocupaciones y pesares por presentarse en la aldea almonteña con el cerebro en blanco, el ánimo optimizado por la manzanilla y el corazón tonificado por el aire puro de los pinares.
Puede que así sea globalmente considerado, pero profundizando, personalizando, hay más, mucho más. Existe lo que podríamos llamar el Rocío profundo, el Rocío secreto nunca exteriorizado que acude sin alharacas, sencillamente a rezar, a rezar y a pedir, y no con oraciones convencionales sino con el lenguaje libre y espontáneo del día a día, quizá allí a la Virgen no se le reza, se le habla.
Aparte de esto, cristianos hay cuyo solo vínculo religioso es la devoción a la Blanca Paloma. Hombres del campo, gentes de manos duras achicharradas por el sol, amas de casa inmemoriales perdidas entre los quehaceres del hogar, ciudadanos , en suma, indiferentes, apartados de lo que llamamos práctica religiosa, y que, están allí, celosa y puntualmente allí, a la hora justa porque contaron con los dedos las fechas que faltaban para Pentecostés o las señalaron en el almanaque de la cocina. Sí, allí están luego de escuchar la misa de romeros, única quizá que oyen a lo ancho de doce meses. Pero al menos oyen ésta y, de alguna manera, se ponen en bien con Dios como decimos por aquí y, seguro, seguro, que Dios sabe comprenderlos.
Es verdad que siempre se puede herir la sensibilidad de algún ortodoxo de la fe. Le ha ocurrido a mucha gente y seguirá ocurriendo porque no es fácil casar la severa liturgia católica con el bullicioso y despreocupado acontecer rociero, donde el exclusivo oficiante y protagonista es el pueblo, el pueblo vivo que muestra espontáneamente sus maneras. Y el pueblo andaluz habla y obra en parábolas espléndidas, en hermosas metáforas cantadas en suerte a guitarras mágicas, a coplas destellantes que, recopiladas, vendrían a componer la más plástica y fastuosa letanía jamás escrita por nadie. Esto, desde fuera, pudiera no entenderse, pudiera no explicarse pero, de todas formas, no es cuestión de explicarlo o entenderlo sino de respetarlo. Qué menos. Porque en su más recóndito meollo laten devociones heredadas, transmitidas de generación en generación, en fervores de toda la vida, en emociones hondas y sentimientos profundos clavados en los adentros. Algo que no nace y crece así porque sí y, cuando menos, se presta a la reflexión.
Claro que todo evoluciona y el Rocío también ha cambiado, como cuentan algunos viejos rocieros. Rocieros que no comulgan con el Rocío de la actualidad. Son los nostálgicos protagonistas de romerías más sosegadas, apenas unas docenas de romeros por las arenas del Coto, el agua, el vino y el costo en carros y borricos, alguna charré, algún caballo y pare usted de contar. Devotos que nunca faltaban al encuentro, a la cita anual en la vieja ermita por beber agua del mismo pozo y dormir bajo el mismo techo, a la luz de velones y quinqués porque ni luces eléctricas había.
Ay, rocieros viejos, desbordados, sorprendidos, atónitos ante la avalancha humana de nuestros días, ante el boato y aparatosidad de la romería de nuestro tiempo. Vivimos otra época, cosa del desarrollo y del progreso, indudablemente mejor, indiscutiblemente más cómoda, más accesible y más abundosa romería. Pero, ¿qué dirán al verla desde las marismas azules los rocieros, pongamos, de hace cien años?
Eduardo Jose Dominguez Rubio
La Taberna del Guerrita y la Sacristía del marco de Jerez.
De paseo, charlando primero por la calle Barrameda, luego por la calle Rubiños, como otras veces, como tantas veces. Pero esta vez tropezamos con la Taberna del Guerrita, andaluza, de vinos, de vinos buenos y platos sanluqueños, como debe de ser. Y después de la primera manzanilla, Armando, de manera envolvente, cálida y cordial nos guía por el pasillo, con la bodeguita al fondo, hasta entrar en la Sacristía, como aquellos antiguos recintos eclesiásticos que los propietarios utilizaban para guardar los caldos que destinaban a su consumo particular, de Sacristía a Templo del Vino.
Y entras como en un pequeño santuario, con cierta reverencia, intimidado por extraños pudores, como atenazado por el respeto. Sospecho que estos rincones de mi tierra suponen, ante todo, la estética del silencio, la penumbra exacta y el cabal aroma del silencio, la justa y templada armonía arquitectónica del silencio, y hasta llego a creer que el silencio floral y majestuoso huele a vino viejo y tiene el color del roble antiguo. El caso es que uno, inconscientemente, asume esa estética solemne y la afronta siempre con un cierto talante subreptício, con cierta indefinible sensación de intrusismo, apenas sin voz y respetuosas las pisadas, como si temiera la profanación inevitable de resplandores dormidos y músicas insólitas, escondidas nadie sabe donde.
Eso es lo que pensaba cuando entraba en La Sacristía del marco de Jerez, aquí en la taberna del Guerrita, junto a su hijo Armando, pequeñita, semejante a capilla o iglesia pequeña, aquí donde todo huele a Bodega, a esas de Sanlucar de ventanitas casi pegadas al techo abiertas a los almizcates y celadas por esterones de esparto.
Ya estábamos dentro. Mi amigo descorcha una botella, y luego en la copa, agita por la peana y aspira, como en éxtasis. Al final, lo roza con los labios, cierra los ojos, paladea y retorna perezosamente al mundo:
Fíjate que abocaito. Una gloria. Y en el brillo. Son como descubrimientos luminosos entre andanas sombrías. El vino tiene su tipología, como una fauna exótica, impensable y viva. Vinos gordos, finos, rayados, nubosos, de tercera, de segunda, de abajo, amanzanillados, olorosos, remontados, con flor y con madre, qué sé yo. Crece solo, como los caballos, pero hay que domarlo, hay que educarlo. Tiene su escuela, la solera, pero a veces se tuerce como un potro resabiado, y para eso está uno, el ojo al acecho. Sí, los vinos son como las personas, así, crecen, engordan, languidecen, degeneran, enferman, sanan, adelgazan, se alegran y se entristecen, ya te digo, lo mismito que las personas. El mosto es tal un parvulito que empezara a estudiar, por ejemplo, y al cabo de cuatro años es como si rematara el bachillerato curso a curso, quiero decir graduado en fino o manzanilla. Luego, sigue corriendo clases y se licencia en oloroso. Si lo dejas seguir se doctora en amontillado. Cuestión, lo primero, de que las clases sean como deben ser, esa es la base. En principio, de buenas soleras y botas bien encascadas, vinos buenos, lo primero es lo primero.Pero, escúchame, esta Sacristía, con guitarra y cante, será como el sueño de una noche de verano,¿no?. Y también para pensar. Si acaso, pa hablar en medios tonos.
Como si lo viera, con los pies descalzos, arañando las arenas de la playa, frente a Bajo de Guía, es un mediodía de mes de abril, cuando el sol marca ya sus primeros pasos hacia el verano. Gentes, muchas gentes por el paseo, los soportales ansiosos de clientela, camareros decididos y oferentes y el olorcillo a pescaito frito o a marisco cocido. Entre la luz y Doñana, entre el canal de Bonanza y los barriles verticales con su copita de manzanilla puesta. Sí, esto es Sanlucar, otra vez Sanlucar y siempre Sanlucar, en este Guadalquivir tan cercano, en esta playa tuya y mía, ahora que suenan las sevillanas de aquella Sevilla hermana.
Pregunten por Manuel, en ese primer mostrador acogedor que vean, no se equivocaran porque habrá sido una mañana nueva, distinta, sazonada entre gentes y acedías, botas de manzanilla y guisos marineros, patrones antiguos y copita fresca en el paladar.
e.dominguez rubio
Esta es la barra de "Bigote”, como si dijéramos la obligada antesala del Restaurante “Casa Bigote”, de Fernando y Paco. Tasca inmemorial heredada desde el abuelo, mucho antes de la guerra. Cuando el padre agrandó el primitivo local de esquina con la habitación colindante y la taberna quedó tal cual ahora, especie de tubo con mostrador largo y dos ventanas al callejón.
Y esa primera luz de la tarde, en Bajo de Guía, frente al Coto de Doñana, que entra con tanta nitidez que penetra hasta la pared del fondo y es como si alcanzara de puntillas la baraúnda de anaqueles, botellas, barriles superpuestos y conchas de quelonios, mandíbulas de escualos, más el variado muestrario de crustáceos disecados y barnizados colgados a lo largo del muro, casi a la altura del techo.
Huele a vinazo, a Moscatel, a Manzanilla Fina, a Bogavante, a Brea y a la vez, a Marisma, a Corvina a la Plancha en salsa tártara, a Guadalquivir, pero, sobre todo, huele a Sanlucar y a nuestra Gente.
eduardo j.dominguez rubio
Las vacas invaden Madrid.
Como en una masiva acometida de color y arte. Como si Madrid preparara su particular primavera y su apuesta por las Olimpiadas del 2016 con el símbolo de este nutricio, pacífico y gracioso animal.
Ilusionante, divertido y atrevido acontecimiento artístico, popular ya en muchas ciudades del mundo. La calle se ve invadida, hasta enero, por una manada de vacas artísticas a escala real, en fibra de vidrio, pintadas, transformadas y excéntricamente vestidas por los más diversos artistas.
Es el Cow Parade, que se ha celebrado ya en 65 ciudades de los cinco continentes y que ahora desembarca en Madrid. "Se trata de la mayor exposición de arte público del mundo", explica el director de la exposición José Cardoso, para quien Cow Parade es un evento internacional que "reúne arte, diversión y solidaridad".
Y la gente reacciona bien, excepto algún noctámbulo aburrido que quizá no tenía mejor cosa que hacer, lástima. La gente reacciona incluso apasionadamente, desde los vehículos circundan su paciente espera, con niños corriendo de acera a acera, con viandantes prestos a la foto de turno.
Vacas amparadas por partituras, vacas ecologistas, vacas reporteras, vacas toreras. Es el arte el que mueve a las gentes, el que zamarrea sus espíritu y mueve sus ganas. Incluso parece ser que cualquier paseante que tenga una idea para decorar una vaca puede presentarse al concurso por Internet en la página www.cowparademadrid.com . Porque "CowParade es una invitación al público a disfrutar del arte en todos los sentidos".
eduardo j.dominguez rubio
Siempre ha de haber ocasión para disfrutar de conceptos rejuvenecidos,
de improntas visuales abrazadas a las nostálgicas estancias de siempre.
Y esto ocurre en la exposición que sobre obras de Julio Romero de Torres se realiza en las Bodegas Tradición en Jerez de la Frontera.
Parte esta idea, plasmada sobre botas de roble, del acuerdo entre la Bodega y la Fundación Prasa, propietaria de la colección de pinturas del artista cordobes.
Desde la misma entrada, pasillo bodeguero abrigado por esteras de esparto y blancos de cal, disfrutamos de obras pictóricas envueltas entre las botas, colgando de los techos bodegueros, amparadas por aromas y fragancias. Oleos oscuros, de personalidad definida y clara, que esta vez, si cabe con más contundencia, se apoyan en la penumbra de estas estancias vinateras que tanto saben de vinos envueltos y envejecidos. Penumbra tan solo rota por focos puntuales que dan vida y desvelo a los óleos de Romero de Torres.
Entre otros, “La Rivalidad”, magnífico cuadro, en otro tiempo símbolo de protesta y provocación, por parte del autor, y que hoy parece como mágico baile de estas bellas mujeres entre el suave paladeo de una copita de moscatel o amontillado, sin duda oloroso.
Doble desnudo femenino, como desnuda se presenta la bodega ante el visitante o como desnudo quiere ser este autor de siempre, desprovisto de artificios y vaguedades.
Así que gracias a estos expositores, gracias por esparcir arte, desde la firma barnizada hasta la última bota con amontillado, "brindis por la hospitalidad de estas gentes".
eduardo j.dominguez r.
Este es el personaje, quizá más de moda en estos días. Incómodo viajero entre la pintura, las formas y los materiales. Con él aparecen en revistas y telediarios nuevos modos de hacer o mejor dicho modos usuales no asumidos por todos hasta ahora.
Así, lo vimos encaramado a su “cúpula orgánica”, afillada, salvaje y por domar, abrazada entre críticas y parabienes en el Palacio de Naciones Unidas en Ginebra.
Barceló ha moldeado con sus manos, con manejo de mangueras a presión, a la busqueda de supuestos mares emergentes y olas tempestuosas. En un afán de provocar otras perspectivas en el observador. No es nuevo, otros muchos clásicos, como Tintoretto, provocaban el entendimiento de líneas de fuga según los feligreses se situasen a un lado u otro del presbiterio.
Además, siempre hay que reverenciar al artista que en su talento, con su osadía y riesgo, y buscando parámetros cada vez distintos, va provocando la curiosidad y, por que no, el escándalo acompasado a la mirada del visitante o espectador.
Ojalá que el arte siga significando riesgo, inconformismo e innovación, independientemente de la cotización de las obras, porque así nos estaremos acercando cada vez un poquito más a la esencia del ser humano, disfrutar con la belleza por el solo hecho de contemplarla.
eduardo j. dominguez rubio
Rembrandt, pintor de historias, contador de situaciones y pregonero, a su forma, de emociones personales, pregonero incisivo y conmovedor, a bombo o tambor, cornetín pincelero de colorista vocería.
Lo histórico y cotidiano se viste de académico sobre el escenario solemne del lienzo en blanco. Cómo describe, cómo pinta, en pinceladas burbujeantes, sorpresivas, ingeniosas, trashumantes desde los negros a los blancos en una suerte de colores inigualables. Argumenta con sus óleos las reacciones de los personajes ante situaciones dramáticas, explorando así la condición humana. Como por ejemplo en su “Jeremías”, en el que la pose, la cara en ángulo hacia el vértice inferior del cuadro, los colores sombra tostada y la túnica decaída y pesada, dan testimonio de “palabras” pregonadas al viento sobre el conformismo, la pena y la derrota.
Se trata, por su parte, de utilizar todos los recursos a su mano para trasmitir con la mayor intensidad los sentimientos de los protagonistas.
No es de extrañar por ello que en una etapa posterior siga empeñado en ese “contar” suyo, pero esta vez mediante la quietud de sus personajes y la concentración sicológica. Así, las pinceladas mas que definir formas, las sugieren, es como si el aspecto inacabado de sus obras pregonara más sobre lo que no se ve que sobre lo que se ve. Y es que para Rembrandt, estas obras sí estaban acabadas, porque él había conseguido sus objetivos. Y es que la pintura siempre es algo más que la mera apariencia de las cosas.
Ahora lo tenemos en El Prado, en Madrid, a Rembrandt, donde disfruta de la macropublicidad de los medios, venteado por esa megafonía ambulante, la de los variopintos aficionados al arte que a todas horas llenan las salas de exposición. En definitiva Rembrandt, autentico pintor de historias.
Eduardo j.dominguez rubio
www.edominguezlobato.orgObras Maestras del Museo de Montserrat.
Desde Caravaggio a Picasso, y entre ellos Julio Romero de Torres.
En Madrid, en el Palacio del Marqués de Salamanca, del BBVA, se expone este maravilloso e impactante patrimonio artístico, procedente de donaciones al museo de Montserrat. Este Monasterio que padeció guerras y expolios, amarguras y desaires, logró resurgir, entre su laboriosidad artesanal y cultural y su capacidad de gestión, atesorando en la actualidad este esplendor de cuadros y esculturas. Desde la pintura italiana de los siglos XVII y XVIII, con mas de 150 obras, hasta las pinturas de las vanguardias históricas europeas, con Monet, Sisley, Degas y Pisarro.
Ahora en Madrid se presenta una verdadera antología, con capiteles románicos, obras renacentistas, barrocas o impresionistas. Berruguete, Caravaggio, Rigaud y también los modernistas catalanes como Rusiñol, Casas, Mir o Nonell. No podían faltar Picasso y Dali, con sus pinceladas iniciales en “El viejo pensador”, de Picasso y la composición “Academia neocubista” de Dali.
Permítanme que, por mi parte, como andaluz enamorado de sus colores, estilo y encuadres les resalte el maravilloso “Esperando”, de Julio Romero de Torres, por la pincelada ágil y desenfadada, distinguida y arrogante, con toda la paleta de azules posibles, por lo que en el cuadro se ve y sobre todo, por lo que no se ve, por lo que al espectador le sugiere de reflexión, pausa y disfrute.
Eduardo Jose Domínguez Rubio
Madrid y sus literatos.
Estamos en el “Siglo de Oro”, cuando escritores y artistas se instalan en lo barrios antiguos de Madrid. Mire usted, por ejemplo, junto al Congreso de los Diputados la estatua a Miguel de Cervantes. O a la verita de la calle Lope de Vega, en el Convento de las Trinitarias, mire usted la lápida de mármol en homenaje a Cervantes. Donde cerquita, casualidades de la vida, tuvieron casa Góngora y Quevedo.
Y en la calle Cervantes, más, pues allí vivió Lope de Vega, casa ahora restaurada y abierta al público. Y dicen que se conservan todavía artilugios personales del escritor como un cinturón para el mal de ojo, una mecedora y un costurero.
Mas adelante, la calle león, donde en el número 7 se localizaba el mentidero de los artistas. Lugar donde los lugareños del siglo de oro se reunían para conversar. De los dimes y diretes, de lo divino y de lo humano y hasta de las cosas del comer, esto es, la política y los gobernantes. Estamos en pleno barrio de las letras lo que antes de llamó Plazuela del León.
Así que a golpe de zapato, y al son del chotis, nos envuelve la calle Huertas, reina de corazones de poetas y literatos como Tirso de Molina o Calderón de la Barca. Y es que entre la plaza de santa ana, la calle atocha y la iglesia de San Sebastian, siguen saboreándose los años idos y las letras pasadas, letras con mayúsculas en papeles de eternidad.
Siempre un paso adelante, caminando entre culturas a lo largo de los tiempos, como ese Monumento a Cervantes de la Plaza de España, con Don Quijote y Sancho mirando al frente y caminando, siempre caminando.
eduardo jose dominguez rubiowww.edominguezlobato.org
Fútbol, siempre se vuelve al Fútbol.
Otra vez fuimos al partido o disfrutamos entre aperitivos y televisión de plasma con la hipertensión emocional del forofismo más beligerante. Aunque estuviere desentrenado, volveria a ver, entre el campo verde y las nubes grises de Austria, los colores rojos de esta España nuestra.
¿ Te acuerdas?, cuantas otras veces hemos sufrido y padecido entre regates frustrados, balones al palo, patadones al aire y, siempre, siempre, Italia al fondo. Como si lo estuviera viendo, jóvenes españolas con la cara pintada, pañuelos rojos y amarillos, envolviendo esa belleza hispana, de mujer morena y aterciopelada, y lágrimas, suaves, transparentes, decaídas lágrimas que al final mojaban camisetas e ilusiones.
¿ Te acuerdas ?, Pero hoy ha cambiado algo, son jugadores con vestuario flamante, graderío coqueto, botas de colores, reclamos publicitarios y gentes de verdad, siempre con España.
Salieron los equipos, escuchamos himnos, jugadores abrazados, balones al área, tiros a puerta y …. Gol, Gol, ganamos a Italia por fin, tras los penaltis, seguro,pero por fín, ahora sí, sufriendo, sí, llorando entre emociones, y esta vez de alegría, porque Italia luchó hasta el último minuto.
Así que a gritar, a cantar, a bailar, entre las calles y las plazas. En Colón, en las Tendillas, en los Remedios las Ramblas o Bajo de Guía. España ganó a Italia . Esta vez, sí. ¡ Felicidades !
eduardo j. dominguez rubio
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Aquí empieza, desde aquí camina la Hermandad del Rocío de Sanlúcar de Barrameda, desde Bajo de Guía, este rancho aparte, casi marginal desmembrado de los comunes trajines de otras capitales. Bajo de Guía, entre las antiguas “Chozas de Ubreva” y los aún arenales bravíos.
Esta es la ruta de Sanlúcar, este es el principio del camino, desde aquel descubrimiento de la milagrosa imagen de María Santísima del Rocio. Porque así lo dicen los manuscritos que de esto saben, cómo un hombre que apacentaba ganado o quizás cazara tras la maleza, en el término de la villa de Almonte, en un lugar llamado Rocina, advirtiera el ladrido extraño de unos perros y en la búsqueda encontrara la imagen, bella, peregrina, que así se narra, vestida con túnica de lino entre blanca y verde. Y allí mismo, tiempo después, la primera ermita.
Y es un 25 de abril de 1677 cuando pasito a pasito, comienza el camino, su camino, la Hermandad de Sanlucar. Así que, ¡ adelante hermanos!, desde esta Bajo de Guía, por los pinares, con olor a palangre, a bogavante y a brea. Adelante, entre la mar reciente y la sal descubridora. Adelante, que huele a flores, a pino, a espuma cantaora que canta, cuando sube la marea.
eduardo j. dominguez rubioSigue viva la Poesía, y hoy más que, nunca, 23 de abril, cada 23 de abril, en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, aquella que fundara tras años de esfuerzo y convicción el Cardenal Cisneros, regente de la España de otros tiempos.
Juan Gelman, poeta, premiado buscador de justicias ocultas, en días de desesperación, entre dictaduras maltratantes de aquella otra Argentina. Hoy, Juan Gelman, renacido quizá, premiado con el Cervantes, de manos del Rey de España, de manos de los creyentes en la libertad, la justicia y el arte literario. Por la búsqueda incansable de sus inquebrantables principios. Poesía y Justicia, Hombre y Valor, Juan Gelman, ¡ felicidades ¡
Aquí, cerquita del Paraninfo del Henares, seguimos disfrutando de la cuesta de Moyano, calle de Claudio Moyano, a la vera del museo del Prado, entre los renacientes verdes de la primavera, para el disfrute de paseantes inquietos y ávidos de lectura, o al menos, del deleite entre los más clásicos y atesorados testigos viejos de la impresión y encuadernación pasados.
Treinta y una casetas para, hoy día del libro, disfrutar entre sus gentes, los libreros y sus cosas. ¡ Feliz día del libro ¡
eduardo j. dominguez rubio
www.edominguezlobato.org
Corporales o incorporales, divisibles o indivisibles, cosas, simples o compuestas, lugares, detalles, sensaciones, consumibles o inconsumibles, eso es CAIXA FORUM.
Gentes que vienen y van, suben y bajan, superficies caprichosas en aluminio recién soldado, piedra aparente o, mejor dicho, metal casi pétreo. Una recién nacida primavera brotando de la pared, pared casi infinita de tonos verdes, amarillos y malvas. Sorpresa aflorada en un indescifrable jardín vertical.
Todo eso es CAIXA FORUM, adornado de Arte Contemporáneo, escaleras helicoidales, en espacios blanqueados, casi atornillados al cielo de Madrid.
Obra pictórica, Instalaciones, Oleos y Acrílicos de lujo, pero sobre todo, Espacio, Agua, Luz y Color.
Y otra vez gentes que vienen y van, sorprendidas y embaucadas entre los ocres de la fachada y las enormes esculturas huecas, casi andantes, casi caminantes por las aceras de Madrid, del Paseo del Prado, casi nada.
Ahora en Madrid, CAIXA FORUM….. ¡ casi nada ¡.
eduardo dominguez rubio
Permítanme ustedes esta nueva invocación a nuestro maestro, a nuestro Diego Velázquez, anudado, arropado, aferrado al madrileño museo del Prado, esta vez, a través de “ Fábulas de Velázquez “.
Y si lo quieren, denle un vistazo a estas colas, amarradas al perímetro del Museo, acicaladas, deseosas, impacientes, aniñadamente agitadas a las puertas del mismo Museo, entre el Paseo del Prado y la Iglesia de Los Jerónimos. No parece haber excesiva espera, ni desánimo, ni insatisfacción, todo por Velázquez, colas de colores, de ropaje tímidamente primaveral, y dicen algunos jóvenes, ( yo las he visto ) solo comparables al fenómeno Bruce.
Colas de Cultura, de Interés, de Reconocimiento por el tránsito entre lo nuevo de Moneo, a bordo de espacios y dimensiones acompasados a los moderno y a lo clásico, a lo de siempre. Colas de Admiración hacia el diseño entre las luces mágicas del Claustro y las esperadas y bien venidas escaleras mecánicas. Colas por el óleo firme y compuesto en Genio de Velázquez.
Dentro, gente, mas gente, de componente universal de dimensión casi astronómica, venidas de aquí y de allá, con cámaras de fotos, guías físicas y digitales. Pasillos casi aterciopelados, de rojo, salas resplandecidas, de azul, Velázquez al fondo, de él mismo.
Entre la mitología y la historia sagrada, entre su narración ingeniosa , la sutilidad, la complejidad y la genialidad del Maestro.
Aunque cada vez queden menos días de exposición, si pueden, si les apetece el giro capitalino entre La Cibeles y La Puerta del Sol, castizamente, madrileñamente, amparados en el convencimiento, vengan al Prado, no lo duden…. Habrá merecido la pena.
Eduardo Dominguez Rubio
Fundación Eduardo Dominguez Lobato
www.edominguezlobato.orgTodo cambia, las viejas lecciones, quizá los usos gramaticales, las costumbres escolares, los hábitos, aquellos corrillos de lectura, el aprendizaje memorístico de las capitales del mundo. Y dicen que ahora los niños muestran un nivel disminuido de comprensión lectora, y dicen que desaparecieron de sus renglones a lápiz las antiguas y aún recordadas listas de los Reyes Godos. ¿ Quién recuerda hoy a Valia, a Wamba, a Eurico o Alarico?. ¿Quién desayuna hoy, envuelto en el Cola Cao de nuestras madres y la estufita preparada, con la preocupación de atesorar palabras, frases e ideas en torno a Al-Andalus, la Hégira, las revelaciones de Dios a Mahoma o las implicaciones de la yihad?.
Ahora pudiera parecer, sin duda, que tuvimos suerte los que no hace mucho tiempo pudimos ojear, subrayar y anotar entorno a manuales de Latín y Griego, descifrar las tradiciones sunníes o las heterodoxias de xiítas. Pensar y discernir entre las letras de San Isidoro o discutir las últimas influencias de los almohades.
Ahora qué mas da, que cada palo aguante su vela, y que en cada hogar, antes de cada sueño, después del último aseo de nuestros hijos, antes de ir a la cama, les hablemos de esos buenos antiguos y perennes hábitos de lectura y estudio, esfuerzo y sacrificio, entre las palabras viejas de nuestro castellano y la vieja historia de nuestra humanidad.
Difícilmente los infantes actuales, entonces, olvidarían palabras como castellería, hospedaje, facendera o yantar, porque son más que palabras, son trozos de nosotros mismos que quedaron aparcados en el arcén de la modernidad.
Por lo que si ustedes lo permiten y como hemos de seguir caminando…
“Et porque a los nuestros tiempos pertenece, donde viere que cumple , tenemos por bien que si fuere menester interpretación, ó declaración, ó emendar, ó añadir, ó tirar, ó mudar, que Nos, lo hagamos”.
Eduardo J. Dominguez Rubio
Fundacion Eduardo Dominguez Lobato
www.edominguezlobato.orgDicen de él, Oscar Niemeyer, que es un mago de la arquitectura, una inteligencia viviente, como inmaterial, de casi 100 años. Porque pocos menos años lleva este brasileño desarrollando proyectos y espacios recreados, tridimensionando imaginativos y coloridos cuadros. En hormigón o acero, a caballo de cúpulas y miradores, pasarelas y paseos.
Decíamos al principio que esto significaba el Efecto Niemeyer, ahora en Avilés, a la misma orilla de la ría, el Centro Cultural Niemeyer, con sus futuros 50.000 metros cuadrados, auditorio, torre mirador y su espacio multiusos, ya con las obras a punto de comenzar a principios de año. Y es que la Cultura, su mundo, se transforma por días, porque las generaciones nuevas así lo exigen o, porque si queremos que estos jóvenes vean a la Cultura como algo sugerente, atractivo e interesante, el cambio de rumbo está marcado ya en el cuaderno de bitácora.
Aparece una nueva estrategia, de marketing cultural, rodeada de sinergias, colaboradores, caminantes en el mismo camino y con los mismos intereses, aunando esfuerzos y creando el atractivo del glamour.
Centros magníficos en concepción, diseño, continentes y contenidos, quizá para introducir conciertos de rock o rap, competiciones de videojuegos o concursos de graffiti. Y cuando en tamañas aventuras se enlazan espacios como el Lincon Center, la Biblioteca de Alejandría, la Opera de Sidney o el Centro Pompidou, es que el futuro va por ahí, así que ¡ adelante Avilés!, ¡ enhorabuena Asturias ¡, ¡ Felicidades Fundación Principe de Asturias ¡, porque sabéis y podéis y además contáis con los mejores de cada disciplina. Suerte en la andadura y suerte también para nosotros que anhelamos, algún día, rememorar y asir entre los dedos algo parecido, a lomos de un nuevo Templo del Lucero, reverdecidos Campos Elíseos o reconstruidas torres de Tartessos.
eduardo j.dominguez rubio
fundacion eduardo dominguez lobato
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Acaba en estos días la Semana Gregorio Marañón en Madrid. El hispanista británico Sir John Elliott inauguró estas jornadas con una reflexión sobre la biografía que Marañón dedicó al Conde Duque de Olivares.
El Doctor Gregorio Marañón aunó la magnifica labor como eminente investigador a la admirada vida académica e intelectual. En el caso concreto de esta biografía sobre D. Gaspar de Guzmán y Pimentel, Rivera y Velasco y de Tovar, Conde Duque de Olivares, Valido del Rey Felipe IV, Marañón se desenvuelve admirablemente por los trasiegos de la Corte, los devaneos políticos, las ansias de poder y sobre todo el aspecto personal e intimo del Conde Duque.
Personaje vital de la política española, para Marañón el Valido supone, quizá, el último político universal de la Gran España. Personaje visualizado como dictador pícnico y tirano convencido, generador de deseos, matrimonios de conveniencia y también poseedor de voluntades resquebrajadas y depresiones alternativas. Hombre contradictorio, tortuoso y capaz también de manejar la escena política y palaciega con deslumbrantes fiestas y manifestaciones de grandeza. Grandeza de la España que ambicionaba, reflejo de su idea política, de unión de los reinos españoles, de la fe y de la excesiva confianza en sus poderes y valías.
Por el momento solo nos queda continuar con las lecturas del Doctor Marañón, aprovechar de sus conocimientos e interpretación de personajes y realidades y esperar la celebración del cincuentenario de su fallecimiento que se celebrará en el 2010. Y también esperar que ninguna posible “ley de la memoria histórica” haga cambiar el nombre al magnífico por contenido y formas arquitectónicas Centro Cultural “Conde Duque” de Madrid. Eduardo j. Domínguez Rubiowww.edominguezlobato.org